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El
milagro de la Misa
El prefacio Eucarístico
Antes de llegar al momento central de la eucaristía, que es la
consagración, en la santa misa hacemos una oración que llamamos
prefacio.
Esta oración se introduce con una invitación a dar gracias al Señor,
a la que todos respondemos. “Es justo y necesario”. La finalidad de
esta oración, del prefacio, es agradecer a Dios todos los dones, todos
los beneficios que a lo largo de la historia de la salvación nos ha
concedido. Este reconocer su grandeza, este reconocer sus obras conlleva
dos actitudes.
En primer lugar una acción de gracias porque esas obras han sido
realizadas de modo gratuito en nuestras almas para que nosotros podamos
alcanzar la salvación.
Pero también el reconocer las grandezas de Dios conlleva una segunda
actitud: la de alabanza. Y alabamos a Dios porque realmente esas obras
son magníficas, esas obras son grandes, esas obras son realmente dignas
de un Dios poderoso, de un Dios que ama.
Por ejemplo, uno de los prefacios de la Virgen María agradece y alaba a
Dios porque “Ella, como humilde sierva, escuchó tu palabra y la
conservó en su corazón, y admirablemente unida al misterio de la
redención perseveró con los apóstoles en la plegaria mientras
esperaban al Espíritu Santo y ahora brilla en nuestro camino como un
signo de consuelo y de firme esperanza”. Y terminamos diciendo: “Por
este don de tu benevolencia...”, es decir, el don de María, muestra
del amor que nos tiene a toda la humanidad, “...proclamamos tu
alabanza” por la belleza, por la grandeza de ese don que es María.
Esta actitud que expresamos en la Santa Misa es necesario también
mantenerla durante toda la vida. Durante toda nuestra jornada tenemos
que reconocer las continuas obras que Dios va realizando momento a
momento, día a día, en nuestra vida y tenemos que saber agradecer
todos esos actos. Debemos estar atentos para encontrar la mano de Dios
que continuamente nos está ayudando, continuamente nos está guiando,
continuamente está pensando cómo puede servirnos. Alabarlo, reconocer
que todo lo que somos, lo somos gracias a Él, gracias a su amor,
gracias a ese deseo que tiene de salvarnos. La conciencia de esta
realidad debe ser el principal motivo para acercarnos a Él.
Este agradecimiento y esta alabanza no se hace nada más por el hecho de
ser Él Dios. Es cierto que cualquier persona que ocupa un puesto de
dignidad requiere y merece cierto respeto; al director de un colegio, al
director de una empresa o al presidente de un país se les debe respeto
por el puesto que ocupa. Dios, por ser quien es, merece todo nuestro
respeto y adoración. Pero nuestro agradecimiento y alabanza a Dios se
debe también a que Él ha hecho grandes obras en beneficio mío, yo
estoy agradecido porque hasta su ser divino lo comparte conmigo, yo lo
alabo por todo el bien que hace Él en mí. Es por eso que este
agradecimiento y esta alabanza son justos y necesarios como decimos al
inicio del prefacio.
Consecuencias prácticas
El prefacio de la misa comporta también consecuencias prácticas para
nuestra vida. En primer lugar, prestar atención a esta parte de la misa
para que en esos momentos reflexionemos y reconozcamos las grandezas de
Dios que el sacerdote va diciendo en la oración y nos unamos a ese
agradecimiento. Pero no agradezcamos solamente las obras que ha
realizado en toda la humanidad sino también las obras concretas que ha
hecho en mí, esas obras buenas que hizo el día anterior, esas gracias
que el día anterior Él me ha concedido.
Y en segundo lugar, ver en nuestra jornada diaria la mano de Dios, notar
cómo Él continuamente nos da su gracia, cómo continuamente nos ayuda,
cómo nos cuida. Convierte tu día en una jornada de acción de gracias
a Dios y en una acción de alabanza a Aquel que hace tantas obras
grandes en nuestra vida sólo por amor.
1-Acto
Penitencial
2-Liturgia
de la Palabra
3-Ofertorio
4-Prefacio
Eucarístico
5-Consagración
6-Las
Peticiones 7-La
Aclamación Cristológica 8-Preparación
para la Comunión 9-La
Comunión Vivencia
de la Santa Misa Ordinario
de la Misa |