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La Virgen María y los Santos
Ante
Ella, Juan Diego se postró, y escuchó la voz de la dulce y afable Señora
del Cielo, en idioma Mexicano, “le dijo: «Escucha, hijo mío el menor,
Juanito. ¿A dónde te diriges?» Y él le contestó: «Mi Señora, Reina,
Muchachita mía, allá llegaré, a tu casita de México Tlatilolco, a seguir
las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son las imágenes de
Nuestro Señor, nuestros Sacerdotes.»” De esta manera, dialogando con
Juan Diego, la preciosa Doncella le manifiestó quién era y su voluntad “«Sábelo,
ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre
Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el creador
de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño
del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me
levanten mi casita sagrada, en donde lo mostré, lo ensalzaré al ponerlo de
manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada
compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra
madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en
uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí
clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí escucharé
su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes
penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que pretende mi
compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México, y le
dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí
me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás,
cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.” Y la Señora del Cielo
le hace una especial promesa: “ten por seguro que mucho lo agradeceré y
lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré; y mucho de allí
merecerás con que yo retribuya tu cansancio, tu servicio con que vas a
solicitar el asunto al que te envío.”
Así, de esta manera tan sublime, la Señora del cielo envía a Juan Diego
como su mensajero ante la cabeza de la Iglesia en México, el obispo fray
Juan de Zumárraga. El humilde y obediente Juan Diego se postró por tierra
y pronto se puso en camino, derecho a la Ciudad de México, para cumplir el
deseo de la Señora del Cielo.
Llegó a la casa del obispo, el franciscano fray Juan de Zumárraga, y le
pidió a los servidores y ayudantes que le avisaran que traía un mensaje
para él, pero estos al verlo tan pobre y humilde, simplemente, lo ignoraron
y lo hicieron esperar; pero Juan Diego, con infinita paciencia, estaba
dispuesto ha cumplir con su misión así que esperó, hasta que por fin le
avisaron al Obispo y este pidió que lo trajeran a su presencia. Juan Diego
entró y se arrodilló ante él, inmediatamente le comunicó todo lo que
admiró, contempló y escuchó, le dijo puntualmente el mensaje de la Señora
del Cielo, la Madre de Dios, que le había enviado y cual era su voluntad.
El Obispo escuchó al indio incrédulo de sus palabras, juzgando que era
parte de la imaginación del indio, máxime que era un recién convertido, y
aunque le hizo muchas preguntas acerca de lo que había referido, y captó
que era constante y claro su mensaje, de todos modos no hizo mucho aprecio a
sus palabras; así que lo despidió, si bien con respeto y cordialidad, pero
sin darle crédito a lo que le había dicho; el Obispo se tomaría un tiempo
para reflexionar sobre este mensaje. Salió el indio de la casa del Obispo
muy triste y desconsolado, ya que se dio cuenta que no se le había dado crédito
ni fe a sus palabras, como por no haber podido fructificar la voluntad de
María Santísima.
Juan Diego regresó al cerrillo al mismo punto en donde se le había
aparecido la Madre de Dios “y en cuanto la vio, ante Ella se postró, se
arrojó por tierra, le dijo: «Patroncita, Señora, Reina, Hija mía la más
pequeña, mi Muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable
aliento, tu amable palabra; aunque difícilmente entré a donde es el lugar
del Gobernante Sacerdote, lo vi, ante él expuse tu aliento, tu palabra,
como me lo mandaste. Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente,
pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por
cierto. Me dijo: «Otra vez vendrás; aún con calma te escucharé, bien aun
desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad».”
Juan Diego entendió que el obispo pensaba que le mentía o que fantaseaba,
y con toda humildad le dice a la Señora del Cielo: “«mucho te
suplico, Señora mía, Reina, Muchachita mía, que a alguno de los nobles,
estimados, que sea conocido, respetado, honrado, le encargues que conduzca,
que lleve tu amable aliento, tu amable palabra para que le crean. Porque en
verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy
ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi
andar ni de mi detenerme allá a donde me envías. Virgencita mía, Hija mía
menor, Señora, Niña; por favor dispénsame: afligiré con pena tu rostro,
tu corazón; iré a caer en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña mía».”
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