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La Virgen María y los Santos
La
Reina del Cielo escuchó con ternura y bondad, y con firmeza le respondió
al indio: “«Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no
son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quien encargue que lleven mi
aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú,
personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve
a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con
rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte
hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi
templo que le pido. Y bien, de nuevo dile de qué modo yo, personalmente, la
siempre Virgen Santa María, yo, que soy la Madre de Dios, te mando».”
Juan Diego, todavía entristecido por lo que había sucedido, se
despidió de la Señora del Cielo asegurándole que al día siguiente
realizaría su voluntad, aunque guardaba la duda de que fuera creída su
palabra, aún así, le aseguró que obedecería y esperaría; se despidió
de María Santísima y se fue a su casa a descansar.
Al día siguiente, Domingo diez de diciembre, Juan Diego se preparó
muy temprano y salió directo a Tlatelolco, y después de haber oído Misa y
asistir a la catequesis, se dirigió a la casa del Obispo, en donde,
nuevamente, los ayudantes del obispo lo hicieron esperar mucho tiempo; al
entrar ante él, Juan Diego se arrodilló y entre lágrimas le comunicó la
voluntad de la Señora del Cielo, certificándole que se trataba de la Madre
de Dios, la Siempre Virgen María y que pedía le edificase su casita
sagrada en aquel lugar del Tepeyac. El Obispo lo escuchó con gran interés,
pero para certificar la verdad del mensaje de Juan Diego le hizo varias
preguntas acerca de lo que afirmaba, de cómo era esa Señora del Cielo, de
todo lo que había visto y escuchado. El Obispo comenzó a comprender que no
era posible que hubiera sido un sueño o una fantasía lo que Juan Diego le
refería, pero le pidió una señal para constatar la verdad de las palabras
del indio. Juan Diego, sin turbarse, aceptó ir con María Santísima con la
petición del Obispo. Al tiempo que Juan Diego se ponía en marcha, el
Obispo mandó dos personas de su entera confianza que vigilaran a Juan Diego
y que, sin perderlo de vista, lo siguieran para saber a dónde se dirigía y
con quién hablaba. Juan Diego llegó a un puente en donde pasaba un río, y
ahí los sirvientes lo perdieron de vista y, por más que lo buscaron, no
lograron encontrarlo; los sirvientes estaban muy molestos por lo que había
sucedido y, al regresar, le dijeron al Obispo que Juan Diego era un
embaucador, mentiroso y hechicero y le advirtieron que no le creyera que sólo
lo engañaba por lo que, si volvía, merecía ser castigado.
Mientras tanto, Juan Diego había llegado nuevamente al Tepeyac y
encontró a María Santísima que lo aguardaba; Juan Diego se arrodilló
ante Ella y le comunicó todo lo que había acontecido en la casa del
Obispo; quien le preguntó minuciosamente todo lo que había visto y oído,
y le pidió una señal para que pudiera dar crédito a su mensaje.
María Santísima le agradeció a Juan Diego la diligencia e interés que
había demostrado para cumplir su voluntad con palabras amables y llenas de
cariño, y le mandó que regresara al día siguiente al mismo lugar y que ahí
le daría la señal que solicitaba el Obispo.
Al día siguiente, Lunes once de Diciembre,
Juan Diego no pudo volver ante la Señora del Cielo para llevar la señal
al Obispo; pues su tío, de nombre Juan Bernardino, a quien amaba entrañablemente
como si fuera su mismo padre, estaba gravemente enfermo de lo que los indios
llamaban Cocoliztli; buscó un médico para lograr su curación pero
no logró encontrar a nadie. Ya de madrugada, el Martes doce de Diciembre,
el tío le rogó a su sobrino que se dirigiera al Convento de Santiago
Tlatelolco a llamar a uno de los Religiosos para que lo confesase y
preparase porque era conciente de que le quedaba poco tiempo de vida. Juan
Diego se dirigió presuroso a Tlatelolco para cumplir la voluntad del
moribundo y habiendo llegado cerca del sitio en donde se le aparecía la Señora
del Cielo, reflexionó con candidez, que era mejor desviar sus pasos por
otro camino, rodeando el cerro del Tepeyac por la parte Oriente y, de esta
manera, no entretenerse con Ella y poder llegar lo más pronto posible al
convento de Tlatelolco, pensando que más tarde podría regresar ante la Señora
del Cielo para cumplir con llevar la señal al Obispo.
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