La Copa de Champaña
A
la tienda del señor Sufí llegó una mujer profundamente
religiosa, muy preocupada por el significado de las
escrituras, quería llevar una vida dedicada a sus seres
queridos.
Con voz temblorosa y lágrimas en los ojos dijo:
- Sufí, dime cómo lograr que todos mis seres queridos estén
felices.
Y agregó:
- Esto es lo que más anhelo en mi vida, cuando lo logre, podré dedicarme
a mí y estar en paz.
El Sufí la escuchó en silencio y luego le dijo:
- Siéntate que te contaré una historia.
El Sufí comenzó su relato:
- En el mundo de las cosas, vivía allá hace mucho tiempo y allá a
los lejos, una copa llamada Quierememucho. Era una copa muy buena y un día
organizó una fiesta. Estaban invitadas todas las copas de la comarca.
A la fiesta llegaron todas. Entre ellas estaban sus amigas más queridas:
Copafeliz, Coparrota y Dadavuelta.
Dadavuelta era, según la opinión de todas, directamente un ser
negativo. Era como si todo lo viese al revés. Nada le parecía bien.
Es más, afirmaba que el mundo estaba "dado vuelta". Ella, si
bien era consciente que no lo podía enderezar sola, estaba dispuesta a
protestar durante toda la vida, si hiciera falta. De este modo, finalmente el
mundo entraría en razones. Pero, a pesar de todo, Quierememucho la había
invitado. En el fondo era una más de la familia.
Al llegar el momento del brindis, Quierememucho tomó una botella de champaña
y la descorchó alegremente. Todas las copas se acercaron y ella comenzó a
llenarlas. Comenzó por aquellas copas que creyó que necesitaban
estar más alegres. Primero con Coparrota. Pero por más que Quierememucho
se esforzaba por llenarla, el líquido no podía contenerse. Este
se escapaba por el agujero y se desparramaba sobre la mesa. Intentó luego
con Dadavuelta. Pero ésta, como siempre, estaba muy sanita y con las patas
para arriba. Era como si no quisiera recibir la champaña. Por supuesto
todo intento de llenar a Coparrota y a Dadavuelta resultó inútil.
Cuando Quierememucho se dio cuenta ya era tarde: no quedaba champaña
para llenar las otras copas, ni pensar siquiera en llenar la suya.
Quierememucho era tan buena y considerada que tomó otra botella e hizo
lo mismo, volvió a tratar de llenar de champaña a Coparrota y a
Dadavuelta. El resultado fue el mismo, no le quedó ni una sola gota para
las demás. Volvió a buscar otra botella y se dio cuenta de que ésta
era la única que le quedaba para brindar.
Un enorme desafío se le planteaba: ¿cómo hacer para llenar
todas las copas con la única botella que le quedaba para esa fiesta? Mañana
podría conseguir más champaña, pero hoy ya no, era imposible.
Tendría que arreglarse de algún modo con su única botella.
Mientras pensaba y pensaba, muchas ideas se le cruzaban por la mente. Algunas,
como la siguiente, las descartó por considerarlas totalmente egoístas: "quizás
yo debo tomar el líquido, pues en definitiva no es culpa mía que
la copa de los demás esté rota o dada vuelta".
Quiso cambiar de pensamiento y se encontró con otro que la angustió: "quizás
yo no me merezco tener la copa llena".
Finalmente el rostro de Quierememucho se iluminó: la solución le
apareció claramente en su mente. Había tenido una idea feliz. Tomó la
botella de champaña, se paró sobre una silla alta y le pidió a
todas las presentes que la rodearan formando un círculo. Ahí estaban
a su lado todos sus seres queridos: Copafeliz, Coparrota y Dadavuelta.
Quierememucho estaba allí, arriba de la silla, parada bien alta y a su
alrededor todas sus amigas. Entonces descorchó la botella y comenzó a
llenar su copa. Por supuesto enseguida se completó y comenzó a
desbordarse. Nunca se había sentido tan feliz mientras seguía derramando
el contenido de la botella sobre su copa y el líquido continuaba desbordando
por sus costados. Éste caía naturalmente sobre sus amigas que
estaban debajo.
Quierememucho ya no necesitaba hacer ningún esfuerzo ni sacrificio para
darle el líquido a las demás, éste fluía naturalmente
hacia los otros.
Coparrota recibió el líquido y no pudo contenerlo, sele escapaba
por el agujero de su base. Dadavuelta enojada como siempre, sintió el
líquido que la hacía cosquillas a su alrededor pero no permitió que
ni una gota entrara en su interior; en cambio, Copafeliz lo recibía con
alegría y su copa se llenó rápidamente, desbordando
a su vez.
El objetivo se había cumplido. Quierememucho estaba desbordando de alegría,
lo mismo que Copafeliz. Coparrota ya sin líquido, empezaba a preguntarse
si la vida necesariamente tendría que ser así: "no poder retener
los momentos felices". Dadavuelta seguía tan cascarrabias como siempre, ¡pero
era tan querible! Algún día cambiará y se permitirá llenar
su copa.
El Sufí, una vez terminado el cuento, guardó silencio por unos
minutos y luego tomó a la mujer de las manos, la miró firmemente
a los ojos y le dijo:
- Hija mía, busca entender el significado de las escrituras. Ellas dicen
que quieras a los demás como a ti mismo, no primero a ti, ni tampoco primero
a los demás.
Y agregó:
- Si quieres la felicidad de los demás, primero busca
la felicidad dentro de ti.
Luego el Sufí la acompañó hasta la puerta
y le dijo:
- Hija, ve en paz y llénate de amor y cuidados, luego, naturalmente desbordarás
sobre los otros ese amor y cuidado.
La mujer salió, miró el sol de frente y sintió sus cálidos
rayos en la piel. Dejó que los perfumes de las flores del lugar se impregnaran
en su cuerpo, y tomó consciencia de que llegaba la primavera. Luego, con
un andar tranquilo se perdió en el horizonte. Iba con su corazón
en paz.
