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factortierra 2802-3103 (Versión española)

Edición Latinoamericana

El paro

Muévanse las masas o la guerra de camisetas y gorras

 

Cuando Manhattan escucho los cuestionamientos de una incipiente resistencia minera, dijo que eso era imposible pues sus estándares de calidad procurarían reducir los impactos negativos sobre el medio ambiente. La empresa nunca negó la posibilidad de contaminación.

 

Animados por los argumentos en contra de la actividad, y temiendo que la afectada sea la fuente de alimentos, los tambograndinos recompusieron un Frente de Defensa que en décadas anteriores se había enfrentado conexito a otros intereses mineros, y habían logrado sacarlos de la zona.

 

Se eligió como presidente colegiado a Francisco Ojeda, profesor y agricultor de la zona de Pedregal, pueblo ubicado a unos 10 km al noroeste de Tambogrande. La bandera fue preservar un modelo de desarrollo sui generis basado en la agricultura, y su evolución paulatina a la agroindustria.

 

El Frente agrupa a varias bases de un centenar de comunidades campesinas de Tambogrande, lo que para la empresa minera constituía un gran obstáculo.

 

Para entonces, mediados de 2000, ellos ya estaban trabajando con las comunidades de Locuto y de Curván, donde estaban realizando estudios de factibilidad, sobre lo que serían sus otros dos grandes yacimientos llamados TG-3 y TG-2 (sobre el que la empresa oculta hasta hoy mucha información).

 

El TG-1, donde todo comenzaría, estaba en el mismo corazón de la ciudad de Tambogrande, a menos de cien metros del río Piura.

 

El entonces gerente de Manhattan Sechura, Jorge Lanza, y el de Minera Manhattan, Roberto Obradovich, explicaron que para concretar un tajo abierto sobre la ciudad se requeriría mover poco menos de la tercera parte de ésta. La proporción de ciudad removida aumentó hace unas semanas, cuando en un reportaje televisado, Obradovich, dijo que se trataba de tres quintas partes de población removida.

 

El Frente sacó la cara por su comunidad, y los primeros roces comenzaron, cuando la gente comenzó a reclamar a las autoridades sobre una flagrante violación sobre sus propiedades, aún a costa de la oferta de reubicación de la empresa minera.

 

Las baterías se enfilaron contra el alcalde por autorizar la entrada, y contra el gobierno por hacerlos entrar.

 

Memoriales a cuantos lugares pudieran enviar se sucedieron, más de una vez planillones de inundaron de firmas de ciudadanos que a la consigna “Agro Sí, Minas No” guardaban una vaga esperanza de poder salvar sus propiedades. Paralelamente, se presionaba al Frente para que presente un plan de desarrollo agrícola que contrarreste el argumento de Manhattan de la inexistencia de una contraoferta a su proyecto.

 

Las gorras azul marino de la empresa minera y las camisetas blancas con ribetes verdes del Frente hicieron su entrada, ya con la asesoría de una Mesa Técnica compuesta por diez ONGs y organizaciones de acción civil, que se constituyeron luego que dos bandos en el cerro Santa Cruz se enfrentaran por defender o combatir a Manhattan.

 

En la refriega nadie sufrió mayores heridas, excepto que un volquete de la empresa minera terminó carbonizado. La guerra estaba declarada.

 

Manhattan respondió enjuiciando a algunos dirigentes comunales y del Frente; adicionalmente contrató mujeres que sirvieron como ‘escudos’ para proteger su personal y maquinaria. A seis dólares el día, era un empleo provechoso.

 

La comunidad entonces comenzó a hostigar a la empresa, y a expulsarla de varias zonas de Tambogrande, a donde llegaron a entrar incluso sin consentimiento de sus propietarios.

 

Como en Hualtaco, donde un agricultor tuvo que utilizar su escopeta para sacar a algunos exploradores de la empresa que quisieron perforar en su propiedad sin que él lo hubiera autorizado.

 

Manhattan simplemente estaba cosechando la intriga que sembró.

 

©2002 NPC

27/02/04 18:30:10 -0500

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