Muévanse
las masas o la guerra de camisetas y gorras
Cuando
Manhattan escucho los cuestionamientos de una incipiente resistencia
minera, dijo que eso era imposible pues sus estándares de calidad
procurarían reducir los impactos negativos sobre el medio ambiente. La
empresa nunca negó la posibilidad de contaminación.
Animados
por los argumentos en contra de la actividad, y temiendo que la afectada
sea la fuente de alimentos, los tambograndinos recompusieron un Frente de
Defensa que en décadas anteriores se había enfrentado conexito a otros
intereses mineros, y habían logrado sacarlos de la zona.
Se
eligió como presidente colegiado a Francisco Ojeda, profesor y agricultor
de la zona de Pedregal, pueblo ubicado a unos 10 km al noroeste de
Tambogrande. La bandera fue preservar un modelo de desarrollo sui
generis basado en la agricultura, y su evolución paulatina a la
agroindustria.
El
Frente agrupa a varias bases de un centenar de comunidades campesinas de
Tambogrande, lo que para la empresa minera constituía un gran obstáculo.
Para
entonces, mediados de 2000, ellos ya estaban trabajando con las
comunidades de Locuto y de Curván, donde estaban realizando estudios de
factibilidad, sobre lo que serían sus otros dos grandes yacimientos
llamados TG-3 y TG-2 (sobre el que la empresa oculta hasta hoy mucha
información).
El
TG-1, donde todo comenzaría, estaba en el mismo corazón de la ciudad de
Tambogrande, a menos de cien metros del río Piura.
El
entonces gerente de Manhattan Sechura, Jorge Lanza, y el de Minera
Manhattan, Roberto Obradovich, explicaron que para concretar un tajo
abierto sobre la ciudad se requeriría mover poco menos de la tercera
parte de ésta. La proporción de ciudad removida aumentó hace unas
semanas, cuando en un reportaje televisado, Obradovich, dijo que se
trataba de tres quintas partes de población removida.
El
Frente sacó la cara por su comunidad, y los primeros roces comenzaron,
cuando la gente comenzó a reclamar a las autoridades sobre una flagrante
violación sobre sus propiedades, aún a costa de la oferta de reubicación
de la empresa minera.
Las
baterías se enfilaron contra el alcalde por autorizar la entrada, y
contra el gobierno por hacerlos entrar.
Memoriales
a cuantos lugares pudieran enviar se sucedieron, más de una vez
planillones de inundaron de firmas de ciudadanos que a la consigna “Agro
Sí, Minas No” guardaban una vaga esperanza de poder salvar sus
propiedades. Paralelamente, se presionaba al Frente para que presente un
plan de desarrollo agrícola que contrarreste el argumento de Manhattan de
la inexistencia de una contraoferta a su proyecto.
Las
gorras azul marino de la empresa minera y las camisetas blancas con
ribetes verdes del Frente hicieron su entrada, ya con la asesoría de una
Mesa Técnica compuesta por diez ONGs y organizaciones de acción civil,
que se constituyeron luego que dos bandos en el cerro Santa Cruz se
enfrentaran por defender o combatir a Manhattan.
En
la refriega nadie sufrió mayores heridas, excepto que un volquete de la
empresa minera terminó carbonizado. La guerra estaba declarada.
Manhattan
respondió enjuiciando a algunos dirigentes comunales y del Frente;
adicionalmente contrató mujeres que sirvieron como ‘escudos’ para
proteger su personal y maquinaria. A seis dólares el día, era un empleo
provechoso.
La
comunidad entonces comenzó a hostigar a la empresa, y a expulsarla de
varias zonas de Tambogrande, a donde llegaron a entrar incluso sin
consentimiento de sus propietarios.
Como
en Hualtaco, donde un agricultor tuvo que utilizar su escopeta para sacar
a algunos exploradores de la empresa que quisieron perforar en su
propiedad sin que él lo hubiera autorizado.
Manhattan
simplemente estaba cosechando la intriga que sembró.
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NPC
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