La
vida vale más que el oro
Nadie
quiso escuchar arriba. Ni los encargados de volver e encarrillar una
historia que aún sigue herida de intenciones personales o grupales por
encima del bien común, ni quienes decían tener un aparente estado de diálogo
bajo control.
Para
ellos, unas cuantas personas auspiciadas por inescrupulosas instituciones
internacionales querían ponerle piedras en el zapato porque simplemente
desconocían la oferta. Estas cuantas personas debían ser azuzadas, pues,
por aquellas instituciones, que a cambio de apoyar esa causa, engrosarían
su caja chica y vivirían bien a costa de la controversia.
Sin
embargo, la comunidad de Tambogrande no tenía un enfoque monetario del
problema que se les avecinaba, sino más vivencial, más de pertenencia.
Se estaban jugando su propia vida en lo que parecía ser un enfrentamiento
en el que ellos serían David y los “grandes” intereses económicos al
gigantón que fue derribado con sólo una piedra.
La
empresa canadiense Manhattan Minerals Corporation Inc. había constituido
una filial, Minera Manhattan S.A., que a su vez creó una segunda filial
que estableció en Piura, Manhattan Sechura Compañía Minera S.A. (MSCM).
Como
lo dice el nombre, MSCM originalmente estuvo atraída por explotar los
fosfatos de Bayóvar, ubicados en el desierto de Sechura, al sur del
departamento de Piura. Sin embargo, en 1996, vieron que al norte de esa
ubicación se presentaba una oportunidad que no se repetiría.
Con
bases en el noroeste de México, la empresa necesitaba una similar
operando desde el Perú, pues se había vislumbrado que el periodo útil
de sus negocios en el país azteca se estaba extinguiendo.
Los
primeros resultados emocionaron a los mineros. La zona de Tambogrande les
permitiría no sólo asegurar un futuro económico incierto, sino que
lograrían cierto mayor estatus para una empresa junior, con la
posibilidad de conseguir nuevos negocios en Sudamérica.
Los
tambograndinos, hasta ese momento, sólo dejaban hacer. Muchas empresas
mineras ya habían hecho estudios similares años antes –unas muestras
de suelo—pero nada había pasado más allá de intenciones, pues cuando
la empresa francesa BRGM pretendió ir más allá avalada, en 1982, por el
gobierno del entonces presidente Fernando Belaúnde, la reacción fue
violenta.
El
entonces ministro de Energía y Minas, Pedro Pablo Kuczynski, llegó en
helicóptero a Tambogrande a dar la “buena nueva” a la gente, la que
no entendió en ese sentido el mensaje redentor, y atacó con lo que pudo
al atrevido servidor público, quien de milagro no murió lapidado.
BRGM
no quiso líos. Entre gallos y medianoche salió de la ciudad. El problema
es que tenía estudios avanzados, inversiones hechas, y no sabía cómo
deshacerse del paquete. Es cuando Manhattan aparece y funge de buen
samaritano.
En
1997, consigue que el gobierno del presidente Alberto Fujimori se interese
por el tema, y con la firma del hoy prófugo acusado, incluso, de delitos
de lesa humanidad, al año siguiente, obtener una concesión sobre un área
de 87 mil hectáreas abarcando casi todo el distrito de Tambogrande, y
sectores de los de Chulucanas, al sur, Las Lomas, al norte, y Sullana, al
oeste.
Manhattan
se la tuvo muy guardadita. Por eso a nadie, ni al alcalde Alfredo Rengifo,
le extrañó que los mineros regresaran para realizar nuevos estudios, que
determinaron que la riqueza potencial de Tambogrande radicaba en extraer y
procesar oro, plata, cobre y zinc, con la mayor facilidad del mundo,
puesto que los depósitos estaban a flor de tierra.
En
mayo de 1999, la empresa anunció oficialmente su entrada a Tambogrande,
obtuvo una resolución del alcalde Rengifo y se dedicó a perforar el
suelo de la ciudad y los alrededores, y cuando los tambograndinos pudieron
reaccionar, se encontraron con que su tierra, por decreto supremo, técnicamente
ya no les pertenecía.
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