Retando
a la naturaleza
Las
87 mil hectáreas concedidas a Manhattan se superponen a la parte central
del valle de San Lorenzo, producto de una visión agrarista y del trabajo
de hombres y mujeres, quienes, de sol a sol, sepultaron bajo toneladas de
frutales, cereales, verduras y varias especies de árboles, un desierto
que parecía eterno.
La
agricultura en el Perú no es la mejor actividad productiva desde el punto
de vista macroeconómico, debido a la generación de activos a largo
plazo. Pero para campesinos y pobladores en un radio de 100 kilómetros
desde Tambogrande, es una fuente de alimentos seguros y a bajo precio.
El
costo de vida en Piura es uno de los más bajos precisamente gracias a la
agricultura, la que al no realizarse en forma extensiva, y por carecer de
apoyo por parte del Estado, no genera mucho dinero por sus transacciones,
lo cual no quiere decir que sean inexistentes.
De
hecho, hay más trueques de alimentos al día o faenas artesanales en las
tierras de cultivos, que compras o ventas formales de fletes de productos.
Es obvio que el dinero occidental está proscrito de las operaciones, pues
ni siquiera hace falta, en una sociedad pantófila.
Tierra
y personas han sido un binomio, casi un matrimonio, un vínculo
indisoluble. Hombres y mujeres la cuidaban y ella, a cambio, les
proporcionaba hogar, alimento, abrigo y esperanza.
El
tema minero no alarmó mucho a la gente hasta que se supo que los
intereses mineros estaban superpuestos a los agrícolas, quienes desde
hace 40 años trabajan en la zona. Entonces todo el mundo se preguntó que
iba a pasar con la propiedad, si se la quitarían, la negociarían o qué
iba a pasar.
No
habían respuestas, pues ni la empresa minera lo había tomado en cuenta.
Sólo había la promesa de un futuro mejor, de más progreso, es decir, más
plata en los bolsillos para gente que a veces ni siquiera la necesita.
En
las ciudades, para algunas personas, el fantasma era otro. Era harto
conocido que el resultado de las actividades mineras, para las
comunidades, no era riqueza, sino contaminación y muerte.
Godofredo
García fue una de estas personas. Preocupado por el tema comenzó a
investigar, y descubrió que el destino de Tambogrande estaba echado. Se
reunió con varias personas y analizó la situación.
Pero
García, ingeniero agrónomo y a la vez productor en la zona de San
Lorenzo tenía la virtud de entenderse perfectamente con auditorios
doctos, y en simultáneo, con humildes campesinos, por ello pudo conocer
la preocupación de éstos por lo que pasaría con sus tierras.
La
contaminación y la propiedad no eran temas desligados, y la minería y
sus recovecos casi mafiosos no le eran desconocidos. En 1996, García
inició y ganó una causa contra Energoproject, una contratista yugoslava
que explotó ilegalmente una cantera en el cerro Somatillo, exactamente
detrás de su propiedad en la zona de Somate Bajo, a unos 40 kilómetros
del norte de la ciudad de Sullana.
Pero
el aporte más estremecedor llegó después. El biólogo Fidel Torres,
tras cotejar una serie de parámetros sobre mecánica de vientos en el
departamento de Piura, encontró que era uno de los más propensos a
corrientes de alta velocidad en toda la costa peruana.
En
realidad, Piura es el punto más occidental de América del Sur, por lo
tanto, los vientos que vienen del sur, desde el mar, se sentían con mayor
fuerza que en ningún otro lugar.
El
riesgo estuvo en la existencia de la Cordillera de los Andes, la que al
servir de barrera a los vientos, los obligaban a virar su curso hacia las
ciudades más importantes de la costa del departamento de Piura, produciéndose
un intercambio eólico en una ruta de unos 50 kilómetros.
Si
agentes contaminantes remanentes de la minería se ponían en contacto con
la corriente, el impacto podría ser fatal para unas 500 mil personas que
viven en el área, y también comen de los alimentos que producen los
valles del Alto y Medio Piura, y el Medio y Bajo Chira.
A
fines de 1999, Manhattan confirmó que el método de explotación minera
será el de tajo abierto, o cielo abierto, que dos años después dijeron
mediría 1 kilómetro de largo, 600 metros de ancho y 350 de profundidad.
Ello
asocia otro problema. La zona de Piura se está sometiendo a cada vez más
frecuentes periodos pluviales de mucha fuerza. En 2001, el valle de San
Lorenzo llegó a registrar precipitaciones de hasta 350 litros por metro
cuadrado, a fines de marzo.
El
causante es El Niño, con un historial de destrucción muy fuerte en la
zona, especialmente desde 1983, cuando aisló al norte peruano por casi
cuatro meses, a partir de febrero, y fue capaz de convertir al desierto de
Sechura en una gran laguna (hasta fines del Terciario, la zona era lecho
marino).
Si
las lluvias inundaran el tajo abierto, la debacle ambiental sería
irreversible.
©2002
NPC
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