Bajo su aspecto meditabundo y retraído, característico de ese intelectual piadoso que Shore lleva dentro, hallamos una de las mentes más calculadoras y lúcidas del panorama musical americano; a él debemos tanto el lascivo fisicismo de la nihilista Crash (1996) o los pentagramas de la brutalmente trágica Dead Ringers (Inseparables, 1980), como la sensibilidad lírica de Nobody´s Fool (Ni un pelo de tonto, 1994) o la de ese bellísimo concierto para arpa y viento que es MButterfly (1993). Siguiendo paso a paso los esquemas que definen la turbadora pulcritud de su concrección narrativa, el canadiense desarrolla el sencillo tema principal hasta sus últimas consecuencias, incluyendo ocasionales fragmentos para instrumentos electrónicos, como el teremín, aquí convenientemente funcionales (y que dan fe de la madurez de Shore, alejado por completo de la radicalidad de Videodrome (1983). Esta armonía instrumental, apoyada en un conjunto sinfónico (la London Philharmonic Orchestra) y ensalzada por el moderado uso del color electrónico es prueba de que Shore entiende la historia que plantea Cronenberg como una historia de seres humanos en la que media la tecnología, aquí de características semiorgánicas, que sustituye los placeres vitales arrebatando al ser humano su condición de tal. Por tanto, el compositor elucubra una música lánguida, dramática y reiterativa, una especie de oda a la desintegración existencial, que por tanto se conecta con el discurso de Dead Ringers y que responde elocuentemente a las necesidades de la película. Así, los postulados básicos de su filosofía están expuestos con claridad meridiana: frente al previsible desarrollo de su discurso elemental, en el que desarrolla ese falso minimalismo que había venido cultivando en sus últimas obras, la mirada entomológica de Shore alumbra una obra coherente y concisa, en la que apreciamos esa afinidad cai patológica de su autor por el uso de una orquestación heterodoxa, pero necesaria para la definición de esa "sonoridad orgánica" conseguida a través de yuxtaposiciones sonoras atípicas y de texturas expansivas y refundidas, con densos pasajes para cuerda y metales. Y es aquí donde se descubre el único, pero capital fallo de la obra: la ausencia de novedad sonora, lo que resulta en una obra algo intrascendente en la carrera de Shore, en la que hallamos ciertas similitudes con sus últimas obras, en especial con CopLand (1997), algo que antes se antojaba impensable. D.R.C.



/ RCA VICTOR 09026 63478-2 / 47'
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