doDK un pasaje al mundo de las matemáticas

 

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2001 Una Odisea del Espacio: el misterioso monolito 

por Paulino Valderas

 

Quizás lo más recordado de esta película sea su banda sonora, donde aparece esa magnífica composición titulada Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Los acordes rotundos se escuchan mientras un supuesto precursor del homo sapiens aprende a manejar un hueso golpeándolo violentamente contra otros huesos esparcidos por el suelo. Mientras tanto la escena está siendo contemplada por un misterioso monolito que ha aparecido de no se sabe dónde y que se convierte después en el núcleo de la película.

El monolito negro y enigmático aparece en ese momento en que comienza el despertar de la raza humana. Parece una especie de guía, un objeto cuya presencia es la causante del desarrollo del hombre. No se sabe quién lo colocó allí pero es de suponer que una inteligencia superior que quiere que el ser humano despierte.

Posteriormente la película da un salto hacia una época futura situada en los albores del año 2001. Es descubierto en la Luna otro monolito semejante y más grande, y al ser encontrado el objeto manda una especie de transmisión hacia Júpiter. Cuando los científicos de la Luna detectan esta transmisión deciden enviar una nave hacia el planeta joviano, tripulada por varios cosmonautas entre los que se encuentra el protagonista, David Bowman. Tras sufrir ciertos contratiempos con el ordenador de a bordo HAL 9000, Bowman llega por fin a las cercanías de Júpiter y se encuentra otro monolito, semejante a los dos primeros, pero de un tamaño gigantesco...

La película, dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela homónima de Arthur C. Clarke, es ya todo un clásico, no solo en el género de ciencia ficción, sino en toda la historia del cine. La elección de los objetos encontrados es un acierto: monolitos, por llamarlos de alguna manera, de unas características muy concretas. Su color es negro, opaco, sin reflejo. El material del que están hechos es desconocido y se resiste a todo análisis. Lo único que se puede asegurar es que están hechos por alguna inteligencia no humana. Pero esta afirmación apenas se insinúa... Es como una verdad que nadie se atreve a aceptar y menos a decir... Todo es misterio...

¿Qué es lo que asegura que los monolitos están creados por una inteligencia? En realidad no su color ni su material, sino su forma geométrica. Las matemáticas son las encargadas de darnos la prueba de que no se trata de objetos aparecidos al azar. Cada uno de ellos es un ortoedro perfecto con unas dimensiones exactas. Si consideramos el ancho como 1 unidad, el largo serían 4 unidades y el alto 9 unidades, es decir, sus dimensiones son proporcionales a los números 1, 4 y 9.

Para hacernos una idea, no se me ocurre otra cosa que compararlo con una pequeña tableta de turrón, que tuviera 1 centímetro de grueso, 4 de ancho y 9 de largo. O bien otra de 2 centímetros de grueso, 8 de ancho y 18 de largo. Ambas tabletas serían semejantes en sentido matemático, aunque por supuesto una sería más grande que la otra, pero las dimensiones de ambas seguirían las mismas proporciones 1:4:9.

Eso es lo que ocurre con los monolitos. Los tres son semejantes, los tres siguen exactamente las mismas proporciones, aunque son de distinto tamaño. En la película, los científicos que se encargan de medirlos reconocen con asombro que las medidas son exactas hasta donde llega la precisión de sus aparatos de medida: no hay el más mínimo error en su fabricación. Son tan perfectos que no parecen del mundo real, como si fueran verdaderamente entes matemáticos ideales plasmados físicamente.

Las proporciones seguidas tampoco son al azar. 1, 4 y 9 son los cuadrados de los tres primeros números naturales, 1, 2 y 3. Al elegir esas proporciones se ha hecho una elección simple pero elegante. En efecto, el porte de los monolitos es estilizado e imponente.

Todo el género de películas de ciencia ficción debería aprender de la simplicidad de 2001 Una Odisea del Espacio. El exceso de efectos especiales de las películas actuales no le da espectacularidad a la película, sino que satura al espectador. Como si fuera un continuo despliegue de fuegos artificiales, se suceden las explosiones, las naves atravesando la pantalla, las hazañas imposibles en el último segundo. Los guionistas no se paran a estudiar cómo es el espacio realmente.

En el espacio no hay ningún medio por el que se pueda transmitir el sonido, esto ya lo tenemos sabido hasta la saciedad. Pero insisten en meternos el estruendo de las naves y las explosiones de los disparos láser. En el espacio, sobre todo si no se viaja a la velocidad de la luz, los vuelos son larguísimos, y tardan meses e incluso años en llegar de un cuerpo celeste a otro. Además cada planeta es diferente en peso, composición, vida... Un astronauta que llegara a un planeta distinto, aunque este planeta fuera semejante a la Tierra, necesitaría probablemente un periodo de adaptación. Por supuesto, habría un terrible peligro en los posibles virus y bacterias extraterrestres.

No hace falta salir del planeta Tierra para tener que sufrir esa adaptación. Cuando viajamos a ciertos países tropicales, necesitamos vacunarnos de numerosas enfermedades. En otros países es corriente padecer males pasajeros por el cambio de agua y de alimentos, así en México es frecuente que los visitantes españoles sufran la venganza de Moctezuma, unas diarreas fuertes que aparecen los primeros días de estancia por culpa del cambio de agua. Imaginemos entonces lo que es aterrizar en otro planeta.

De hecho lo normal es que en otros planetas haya otra fuerza gravitatoria. Si es más ligera ocurriría como en la Luna, los astronautas darían pasos que parecerían saltos, y cualquier objeto lanzado parecería moverse a cámara lenta. Pero en los planetas con mayor masa gravitatoria el cuerpo humano se vería sometido a un peso mayor y los huesos de los astronautas sufrirían horriblemente, les costaría mucho trabajo andar y se agotarían por el más mínimo esfuerzo. Un objeto lanzado al aire caería a plomo sobre el suelo.

Estos pequeños detalles que cualquiera puede entender no han sido explotados por los guionistas de Hollywood, pero son la realidad. Tan solo películas como 2001 se han acercado al espacio real, y sorprendentemente, el resultado ha sido magnífico. La escena en la que el transbordador y la base orbital giran perfectamente acompasados mientras se acoplan, con la música del Danubio Azul de fondo, es de las mejor conseguidas. Contemplar la alargada nave que viaja hacia Júpiter moviéndose mes tras mes en el terrible vacío del espacio, en medio del silencio absoluto, es sobrecogedor. Acercarse a la inmensa mole del planeta más grande del sistema solar realizando maniobras que llevan días enteros te hace respetar y comprender lo que significa un planeta, un planeta entero, gigantesco, para la insignificancia que somos los seres humanos.

Por último la película desemboca en un final medio incomprendido, abierto a todo tipo de especulaciones. Es uno más de los aciertos del film. Para explicar el final es necesario comprender las características de la cuarta dimensión. Y eso puede ser el tema de otro artículo.

 

Última actualización de esta página en la web: 12/10/2006 . Publicada por primera vez: 01/10/2003

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