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San
Francisco y La Virgen María (cont.)
María,
elegida y consagrada por la Trinidad
María
está tan íntimamente vinculada al misterio de la encarnación que
Francisco la contempla en el designio eterno de Dios, cuyo centro es la
Encarnación. Hay que tener en cuenta al respecto sobre todo las oraciones
que le dirige, y que sorprenden por la seguridad teológica de un hombre sin
cultura especial. Refiriéndose a ellas, escribe Celano: «Le tributaba
peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos
y tales como no puede expresar lengua humana (2 Cel 198). Reproducimos las
dos oraciones que han llegado hasta nosotros.
Saludo
a la bienaventurada Virgen María (SalVM)
1¡Salve,
Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen convertida en
templo (virgen hecha iglesia),
2y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada
por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito;
3que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo
bien!
4¡Salve, palacio de Dios!
¡Salve, tabernáculo de Dios!
¡Salve, casa de Dios!
5¡Salve, vestidura de Dios!
¡Salve, esclava de Dios!
¡Salve, Madre de Dios!
6¡Salve también todas vosotras, santas virtudes, que, por
la gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los
corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios!
Antífona
del Oficio de la Pasión (OfP Ant)
Santa
Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna
semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial,
madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo:
ruega por nosotros, junto con el arcángel san Miguel y todas las virtudes
del cielo y con todos los santos, ante tu santísimo Hijo amado, Señor y
maestro.
Con
palabras sencillas y tradicionales, Francisco expone la síntesis de lo que
la fe puede afirmar de María, en base a la Escritura. Destaquemos:
-- en
primer lugar, las afirmaciones doctrinales centrales sobre María, Madre de
Dios y Virgen, punto de partida de cualquier reflexión sobre María (SalVM
1; OfP Ant 1-2);
--
seguidamente, la insistencia en un doble título derivado de la maternidad
divina y que representa también un homenaje: María es Reina (SalVM 1),
pues es «hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial» (OfP Ant);
María es «Domina», Señora (SalVM 1). Si el primero de estos títulos es
tradicional, el segundo refleja un aspecto original de Francisco: como el
caballero honra a su Dama y vive para ella, Francisco «ofrecía a María
los afectos de su corazón» (offerebat illi affectus -2 Cel 198-);
-- la
fe en la elección de María, «elegida por el santísimo Padre del cielo»
(SalVM 2); su misión corresponde a su elección por Dios desde toda la
eternidad;
-- la
certeza de que esta elección ha desembocado en su consagración por toda la
Trinidad: «consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu
Santo Paráclito» (SalVM 2). La Antífona aclara la relación de María con
cada una de las tres divinas personas. María es «hija y esclava del altísimo
Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo,
esposa del Espíritu Santo» (OfP Ant 2).
Con el
P. Efrén Longpré puede advertirse que Francisco no habla de purificación
y de santificación de María, sino únicamente de su consagración; afirma
que María tuvo desde siempre la plenitud de la gracia y todo bien (SalVM) y
que no ha nacido entre las mujeres ninguna semejante a ella (OfP Ant). Así,
ilustres defensores del dogma de la Inmaculada Concepción han podido evocar
estos textos como particularmente acordes con dicho dogma (3).
Es
menester dejarse impregnar por la mirada de Francisco, que contempla a María
en su relación con los Tres que son Dios, y por el clima de infinito
respeto que se desprende de estas oraciones, para adivinar a través de
palabras tan sencillas la solidez de su doctrina mariana y, a la vez, algo
de la profundidad y delicadeza de su amor hacia la Virgen.
En el Saludo
a la bienaventurada Virgen María, Francisco despliega su veneración a
María en una especie de letanía, de Laudes, en que enumera los atributos
de la Madre de Dios. Esta letanía requeriría no pocas observaciones
interesantes. Advirtamos simplemente la acumulación de términos que
presentan a María como teófora, que lleva y contiene a Dios:
Palacio de Dios, Tabernáculo de Dios, Casa de Dios, Vestidura de Dios. La
lectura del v. 1 retenida por la última edición crítica: «quae es
virgo ecclesia facta», cobra mayor credibilidad: María, «hecha
iglesia», elegida y consagrada por Dios, es Palacio, Tabernáculo, Casa,
Vestidura de Dios... Además, la enumeración va en el sentido de una
humildad creciente y de una ascendente intimidad (¡de Palacio a
Vestidura!), para desembocar en el triunfo de la humildad: «Esclava de Dios»,
convertida en «Madre de Dios». Profundísima expresión poética del lugar
de María en este misterio del anonadamiento del Verbo que se hace hombre y
permanece entre nosotros.
La
parte final del Saludo hace pensar en el Saludo a las Virtudes.
Por lo demás, este último escrito lleva en varios de los buenos
manuscritos el título de: Las Virtudes (o bien, Saludo de las
Virtudes) con las que fue adornada la bienaventurada Virgen María y debe
serlo toda alma santa.
María, modelo de los fieles
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