CUENTOS DE LA MINA

               Por Víctor Montoya

EL TIMBRERO

La mañana en que el Timbrero entró en la mina, sin otro pensamiento que cumplir con la mita, se olvidó llevar su ch’uspa de coca y su botella de quemapecho. No pijchó junto al Tío ni le ch’alló a la dadivosa y protectora Pachamama. Se fue directamente a la galería donde estaba el ascensor, que servía para transportar a los mineros de un nivel a otro. Abrió la puerta de barrotes herrumbrosos, entró en la jaula de dos pisos y esperó la llegada del primer convoy, cuyas ruedas chirriaban sobre los rieles y cuyo contacto eléctrico chisporroteaba en los cables extendidos a lo largo del socavón.

Cuando el convoy se detuvo delante del ascensor, diez mineros se apearon entre risas que barrían las penumbras de la galería. El Timbrero se acomodó en su sitio y esperó que entraran en la jaula. “¿A qué nivel?”, preguntó mirándolos uno a uno. “Al trescincuenta”, contestaron al unísono. El Timbrero aseguró la puerta de acceso, pinchó con el chuzo en la caja de contacto eléctrico y la jaula se elevó lentamente, tras un ligero sacudón que los hizo tambalear como si estuviesen todavía sentados en uno de los vagones del convoy.

Los mineros seguían riéndose en tono burlón de las aventuras amorosas del chasquiri de su cuadrilla, mientras el Timbrero, ajeno a sus palabras y la mirada perdida en la nada, permanecía con el aro del chuzo ensartado en el índice de la mano, hasta que el contrapeso de la jaula, suspendida a doscientos metros de altura, dejó de tirar del cable. Entonces el Timbrero, nervioso y extrañado, se sujetó de los barrotes y dijo algo que nadie entendió. Los mineros se miraron en silencio y, en un abrir y cerrar de ojos, oyeron cómo el cable, lleno de grasa y alquitrán, se desenrolló violentamente del tambor, dejando que la jaula se desplomara en el vacío y se golpeara contra el piso, aplastándose como una lata de sardinas.

El único que sobrevivió al accidente fue el Timbrero, con heridas leves en los brazos y las piernas. “¡Tuvo suerte!”, dijeron todos, al constatar que los demás murieron en el acto, los huesos atravesados, la cabeza hundida en el pecho y el cráneo roto como una cáscara de huevo. El impacto fue tan intenso, que los diez mineros tenían los huesos fracturados y la estatura reducida a menos de un metro.

Los técnicos de la empresa verificaron que el accidente no se debió a fallas humanas sino técnicas; un informe que, empero, no modificó en absoluto los sentimientos de culpabilidad del Timbrero, quien, además de haber adquirido un trauma que sacudió los cimientos de su vida, se negó a retornar a su puesto de trabajo, aduciendo que en sus sueños se le aparecían los diez mineros muertos, levantándose de sus tumbas y clamando venganza a gritos.

La empresa, informada de las consecuencias  funestas del accidente, decidió despedir al Timbrero por razones de salud y pagar una miserable indemnización a las familias de los mineros que perdieron la vida en el ascensor, cuya jaula, de fabricación inglesa, quedó reducida a un montón de chatarra.

El Timbrero, desocupado y presa de un trastorno psíquico, empezó a deambular por las calles como un loco, aunque algunos decían que el verdadero culpable del accidente no fue él, ni las fallas técnicas, sino el Tío, ese ser vengativo que no perdona a los mineros que olvidan tributarle hojas de coca, k’uyunas y quemapechos.

El Timbrero padecía de ideas delirantes y tenía tendencias al suicidio. La tragedia se le apoderó del alma y la autoacusación le iba rayando la mente. Todas las mañanas, al despertar con el cuerpo empapado en sudor, presentaba aspecto de abatimiento, la mirada ausente y la incapacidad de reaccionar a las palabras de ánimo de su esposa, quien trasladó la cama conyugal al cuarto contiguo, cansada ya de atenderlo como a un niño de pecho. El Timbrero, por su parte, no cesaba de pedirle que lo dejara en paz y a solas, pues el simple hecho de levantarse de la cama le suponía un gran esfuerzo. La depresión y la autoacusación eran tan grandes que, a pesar de estar con vida, parecía estar sufriendo un castigo en el infierno. Quizás por eso, todos los días y todas las noches, se lo oía repetir a gritos: “¡No sirvo para nada! ¡Soy una basura! ¡Un asesino!...”.

Así pasaba cada día, llorando y golpeándose el pecho, con la mente invadida por la obsesión de quitarse la vida. Mas su caso llegó al extremo cuando su esposa, una chola oriunda del Norte de Potosí, se vio obligada a atarlo de pies y manos para evitar un desenlace trágico, aun sabiendo que el Timbrero estaba incapacitado para realizar cualquier acto que implicara un mínimo esfuerzo.

Por mucho tiempo, nadie pudo salvarlo de la depresión, salvo un sueño misterioso del que despertó con su alma otra vez metida en el cuerpo. Su esposa fue la primera en notarlo, porque cuando entró en el dormitorio, lo encontró risueño y tarareando un wayño. Ella se acercó a la cama y el Timbrero le pidió que le desatara las cuerdas de los pies y las manos, y le sirviera el desayuno como era habitual. Su esposa cumplió el mandato a pie juntillas; frió los huevos en la sartén y tostó los panes en aceite. Sirvió un vaso de té y lo endulzó con cinco cucharillas de azúcar. El Timbrero se lavó la cara y se vistió con el mismo traje que usó el día de su matrimonio. Se sentó a la mesa de la cocina y se sirvió el desayuno, remojando el pan en el líquido humeante del vaso, mientras su esposa, sentada frente a él, se quedó mirándolo asombrada, sin saber a qué se debía semejante cambio.

El Timbrero se retiró de la mesa y se alistó para salir. Su esposa, acostumbrada al silencio y a la sumisión, no le preguntó adónde iba. El Timbrero franqueó la puerta y ganó la calle, perdiéndose rumbo a la pampa. Sólo una vecina que lo vio cruzar por la puerta, dijo que el Timbrero, de pelo hirsuto y pómulos salientes, caminaba como alma que lleva el diablo, desafiando al viento que embestía desde la punta de los cerros. 

Cuando el Timbrero llegó a la pampa, donde las trombas polvorientas corrían girando como cholas en comparsa y los truenos se desataban como víboras de fuego, fue sorprendido por una lluvia que trocó la tierra en lodo. El Timbrero se refugió debajo de un árbol, cuyas frondas eran sacudidas por las ráfagas de la lluvia que, avanzando con fragor de norte a sur, parecía una cortina gris descolgándose del cielo.

En ese instante, un relámpago deslumbró sus ojos y un rayo se abatió contra el árbol, reduciéndolo a una ridícula porción de cenizas, mientras a él lo zarandeó en el aire y lo lanzó a varios metros de distancia, la cabellera chamuscada y las ropas en jirones. Pero como nadie presenció el suceso, salvo las fuerzas misteriosas de la naturaleza, el Timbrero fue muerto y resucitado por un rayo que le concedió poderes sobrehumanos.

Al despertar, como retornando de la muerte, miró en derredor y no vio más que el lejano horizonte de la pampa, un cielo que se incendiaba en relámpagos y un río que se encajonaba quebrada adentro. Después se puso de pie y se alejó por una senda abierta en la ladera del cerro. Cruzó por el puente tendido sobre el caudaloso río y avanzó a paso apretado, como si el viento acicateara su prisa. Tenía las manos cruzadas sobre el sexo y los hombros suspendidos a la altura de las orejas. Ni bien entró en el campamento minero, donde el viento silbaba en los techos de calamina y en los huecos de los muros de adobe, fue recibido por el ladrido de un perro que lo devolvió a sus cinco sentidos, porque cuando llegó a su casa y se encontró con su esposa, que lo espera sentada junto al rescoldo del fogón, él no se acordaba de haber sido muerto y resucitado por un rayo, y menos del accidente ocurrido en el ascensor de la mina.

Su  esposa  rompió a  llorar  de alegría y el Timbrero, que sufrió una suerte de amnesia que lo retornó a sus años mozos, se acostó en la cama conyugal, dispuesto a disfrutar de los encantos de la mujer que lo aguantó en las buenas y en las malas. Ella se desvistió como la primera vez y se entregó entera, aceptando que su marido volviera a ser el mismo de antes. Sin embargo, durante la cópula carnal, se dio cuenta de que el hombre de su vida había adquirido poderes sobrehumanos, porque la levitó en el aire como a una pluma y la mantuvo despierta dos días y dos noches consecutivas.

A partir de entonces, el Timbrero no era más el loco que deambulaba por las calles, sino el yatiri y adivino del pueblo, a cuyos servicios acudían desde los enfermos desahuciados por los médicos hasta los padres preocupados por el futuro de sus hijos. El Timbrero, que recobró el respeto por sí mismo y el sentido de la confianza, volvió a ganarse el pan del día con el sudor de la frente. Curaba los dolores de amor mediante una curiosa suerte de infusión casera cuya dudosa procedencia se remontaba a las épocas de una antigua civilización indígena. Leía la suerte en las hojas de la coca y adivinaba los pensamientos de la gente, con sólo mirarles a los ojos y ponerles la mano en la frente. Y, como si su aliento hubiese adquirido poderes mágicos para expulsar a los espíritus malignos, podía curar a los pacientes soplándoles en el oído por medio de un cuerno de vaca y podía escuchar la voz de los difuntos en las corrientes de aire, los recovecos del río y las ch’aqas de la mina. Así es como el Timbrero, que parecía un ser poseído por el demonio, se convirtió en un personaje más importante que el gerente de la empresa minera y el alcalde del pueblo, no sólo porque era el único que podía ayudar a las mujeres infieles y despejar las dudas de los maridos celosos, sino también porque poseía los dones sobrehumanos de ponerse en contacto con los espíritus protectores del más aquí y del más allá. Y lo que era más sorprendente, podía realizar pruebas que dejaban a todos con la boca abierta; se sumergía en el agua sin mojarse y se metía en el fuego sin quemarse; tenía la capacidad de reducirse al tamaño de una hormiga, de meterse en las botellas vacías, de atravesar por el ojo de la cerradura y trepar por las paredes con la agilidad de un mosquito.

Todos aceptaron la idea de que el Timbrero era un ser prodigioso, que hacía milagros con sólo hablar y tocar a la gente con las manos. El cura del pueblo, en defensa de los valores sagrados de la Santa Iglesia, fue el primero en acusarlo de embustero y estafador, aclarando que no existen seres que hayan sido muertos y resucitados por un rayo, ni adivinos que tengan más poderes que la palabra de Dios. Pero mayor fue la cólera del cura cuando se enteró de que el Timbrero resucitó con el soplo de su aliento a una niña, quien abrió los ojos, echó gusanos por la boca y se levantó del camastro como saliendo de un sopor profundo. “Eso no puede ser —dijo—. Sólo nuestro Señor Jesucristo podía curar al enfermo y devolverle vida al muerto. El Timbrero no merece llegar al reino de los cielos por haber pactado con el demonio y haberse convertido en hechicero. Las personas que se atribuyen poderes sobrehumanos son enfermas mentales, cuyas fantasías esotéricas guardan relación con el satanismo y la magia negra. No hay un solo hombre sobre la Tierra capaz de resucitar a un muerto con sólo soplarle su aliento...”.

El Timbrero, como todos los días, seguía atendiendo a los más necesitados, ajeno a los sermones del cura, quien había llegado al extremo de excomulgar a varios de los feligreses, advirtiéndoles que las supercherías nada tenían que ver con la obra del Creador, sino con los delirios de posesión y con las supersticiones paganas de otros tiempos. “Cuando el ser humano se encuentra abrumado por la impotencia y cercado por las adversidades decía—, recurre a las fuerzas sobrenaturales, pidiendo la realización de un milagro. Estos momentos de impotencia e irrealidad, dan origen a las artes ocultas de brujos y hechiceros, quienes no hacen otra cosa que aliarse con el demonio para contrariar la voluntad de Dios...”

La esposa del Timbrero, recatada y querendona de su casa, era la única que creía a ojos cerrados en los milagros de su marido, quien, aun teniendo una actitud apacible, era un hombre obstinado en sus propósitos. Así, en cumplimiento de su dignidad y orgullo de macho, hizo todos los esfuerzos por embarazarla sin lograr su cometido. “Las mujeres que no pueden parir, no son mujeres”, le reprochó un día, al comprobar que nada podía contra la esterilidad femenina, ni los brebajes de yerbas medicinales, ni los ungüentos para estimular el apetito sexual, ni las artes de birlibirloque. Todo era en vano. Entonces su esposa, herida en lo más hondo de su ser, estalló en sollozos, puso en duda su condición de hembra y desapareció del campamento minero, a poco de cortarse las trenzas en actitud de resignación y protesta.

A partir de ese día se precipitaron los acontecimientos en la vida del Timbrero. Quedó solo y desamparado, perdió la confianza de la gente y fue muerto por las brujerías de otro hechicero, en cuyo ritual satánico se descuartizaron una lagartija y un sapo, invocando el nombre de la víctima que, según contaron los vecinos, se retorció en la cama como un reptil en la brasa, rogando que le echaran cruces y agua bendita antes de ser sepultado.

Después se supo que la muerte del Timbrero fue un simple ajuste de cuentas, ya que detrás del maleficio estaban los familiares de los diez mineros que perdieron la vida en el ascensor de la mina, donde el Timbrero trabajó disciplinadamente, hasta la vez en que olvidó llevar su ch’uspa de coca y su botella de quemapecho.

 


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Copyright © Jhonny Tórrez S.   -  febrero 2002