Julio
Ruiz de Alda
Tolerarás
al inmigrante
Antonio Martín Beaumont
España,
antes monárquica que rota
Emilio L. Sánchez Toro
Editorial FE
Reconciliación
José Mª Gª de Tuñón
Una
cuestión de dignidad
Miguel Ángel Loma
Puerto
Rico
Redacción
Una
prez por España
Enrique Olagüe
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Las circunstancias obligan a adaptar la terminología; el tiempo muestra fehacientemente que la lengua siempre es dinámica. Por ello, los movimientos políticos se ven impelidos a un constante ejercicio de modernización de las expresiones, aun cuando se refieran a contenidos profundos y no coyunturales de sus ideologías
El falangismo no es una excepción; las diferentes épocas en que le ha tocado vivir le han exigido este ejercicio, si bien, en honor a la verdad, hay que decir que no siempre ha salido airoso del trance. Así, siempre ha habido quienes se han empeñado en mantener la sonoridad de un discurso o la rotundidad de un término, sin advertir que su significado connotativo era otro muy distinto del uso en la época pretérita.
Y, a la inversa, hay quienes considerando que había que acelerar el proceso lingüístico, desechando expresiones y palabras que pudieran “sentar mal”, con la ingenua pretensión o deseo de que, alterando el discurso, lloverían las adhesiones y se disiparían los recelos. Unos y otros creían en el valor mágico del lenguaje, más que en su relación con la realidad y con las ideas.
Eso nos ha ocurrido, por ejemplo, con el vocablo “democracia”, y que conste que el que suscribe no dudó en matizarlo convenientemente en su (única) aventura electoral, en los primeros comicios de la transición cuando se intentó que unas siglas unitarias recogieran voluntades de varias generaciones azules.
“Democracia” es un término tomado del adversario. Así, rotundamente, lo afirmo, sin quererme remontar a los atenienses ni nada por el estilo. Otra cosa es el concepto: participación de los ciudadanos en la cosa pública (no sólo representación). Por ello, José Antonio no dudó en tomar del krausismo, de Fernando de los Rios, de Salvador de Madariaga y de Besteiro, lo que luego sería denominado “democracia orgánica” (expresión actualmente peyorativa, connotativamente), que, en el fondo, no es más que la corrección del individualismo liberal hecha por los liberales españoles más lúcidos y por socialistas moderados.
Pero, ¿define la palabra “democracia” las aspiraciones exactas del Nacionalsindicalismo?
Ya sé que se le puede adjetivar lo de “verdadera” para oponer nuestro
concepto al de la democracia formalista (falsa hasta el tuétano) del Sistema
vigente. Claro que no hablo de estrategias, sino de ideología.
Creo no escandalizar si aventuro que definiría mejor nuestras aspiraciones una conjunción de los conceptos (no sé si de los términos) “democracia” y “aristocracia”, o quizás este último atemperado por el primero. El lector fugaz creerá que me refiero a la ya manida frase de una sociedad ideal, en la que los mejores han surgido de entre todos, es sus respectivos ámbitos de convivencia y función social, para cumplir las tareas de representación, participación y dirección. Es decir, se ha creado una nueva aristocracia, caracterizada por el servicio, como debió de ser en sus orígenes la antigua, según el “nobleza obliga” que nos ha llegado.
Se me objetará que éste es, poco más o menos, el planteamiento democrático del sistema, en el que los candidatos de los partidos son elegidos por sufragio entre todos los ciudadanos. Craso error: si precisamente de algo no puede tildarse el Sistema es de democrático (en el sentido originario de la palabra) y de aristocrático (idem de lienzo), porque encierra en su germen la morbosidad de un totalitarismo (ahora en sentido peyorativo) y de una oligarquía.
Empecemos por lo segundo, que no merece un comentario muy exhaustivo: el político se ha constituido en “clase”, casi en estamento cerrado; la diferenciación entre la España oficial (¿o virtual?) y la España real aparece como diáfana a los ojos de casi todos. Los partidos son maquinarias electorales a mayor gloria de sus cúspides; estas, a muestra de corporativismo negativo; cuando hay suerte -y honradez- podemos todo lo más asemejarnos a un cierto despotismo ilustrado: “para el pueblo, pero sin el pueblo”.
En cuanto a lo segundo, parece una paradoja afirmar que la democracia ha devenido en un totalitarismo. Ortega ya lo definió certeramente cuando aludió a la “democracia morbosa”, que es, en el fondo, lo que tenemos. De ser una forma política, ha alcanzado terrenos que ni le son propios ni convenientes: el arte, en sus diversas manifestaciones (objeto de consumo, de éxitos de venta, por una parte; el mal gusto y la “cutrez” premiados, por la otra); la religión (con ese horizontalismo sentimental que suplanta, o pretende suplantar, el Catolicismo, o el cada día más extendido “mercado de sectas”, al alcance de los ejecutivos), y, sobre todo, el pensamiento, débil y, por ende, mayoritario, con pretensiones inquisitoriales de ser “único”.
La democracia morbosa pretende predominar en la Milicia, la Judicatura,
la Clerecía, la Calle. La masa exige y vence; prevalece en su vulgaridad
y, como también decía Ortega, la impone;
cualquier reivindicación -por muy justa que sea- deja de ser equilibrada
y se convierte en demagógica: es exigencia y poder seguro, especialmente
si coincide con el pensamiento mayoritario. La morbosidad amenaza con
invadir toda la sociedad, que no exista un resquicio ajeno a ella; esa
es la característica de esa suerte de “totalitarismo”.
Urge tender hacia esa nueva aristocracia, como proyecto ético y sociológico del falangismo. Esa es la tarea de todos quienes, por profesión, por vocación o por ambas cosas a la vez, nos movemos en los difíciles terrenos de la educación. Y nuestros mejores instrumentos puede ser enumerados del siguiente modo: hacer pensar, sin ningún respeto al “pensamiento débil y único”; suscitar la crítica que proponga alternativa; deshacer el mito; informar (cultura) y formar (carácter); transmitir valores que reemplacen a los ídolos; desdeñar, ironizar, ilusionar sin utopismos; y, especialmente, enseñar el valor del servicio como camino y como meta.
Manuel
Parra Celaya
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