Julio
Ruiz de Alda
Tolerarás
al inmigrante
Antonio Martín Beaumont
España,
antes monárquica que rota
Emilio L. Sánchez Toro
Editorial FE
Reconciliación
José Mª Gª de Tuñón
Una
cuestión de dignidad
Miguel Ángel Loma
Puerto
Rico
Redacción
Una
prez por España
Enrique Olagüe
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Existe una grabación inédita de esa noche.
En las últimas semanas han aparecido un aluvión de libros y artículos sobre el 23-F. El veinte aniversario ha servido, gracias a la ecuanimidad que da el tiempo, para que nuevas tesis y explicaciones ya conocidas, pero por todos silenciadas, salgan a la luz.
El fundamental papel del ciudadano Juan Carlos de
Borbón; la decisiva actuación del CESID; el papel de oscuros personajes
como Cortina y Calderón;
el pago que tuvo años después su fidelidad a la Corona -no a la Constitución,
al sistema democrático y a España- y la traición a sus compañeros que
les supuso importantes cargos, altas remuneraciones económicas y un pasaporte
camino a Tailandia para uno de los bateadores del Retiro. Lo mejor está
aún por llegar.
En el mundillo de la televisión se habla de una cinta magnetofónica en
la que surgen de manera irrefutable nuevos testimonios que cambian algunos
de los detalles claves para comprender la trama militar y civil del 23-F.
En ella aparece la verdad de la participación del grupo azul liderado
por José Antonio Girón de Velasco y García
Carres en la conspiración y desarrollo del golpe de estado de febrero
de hace veinte años.
Al parecer, el papel de algunos destacados azules resulto fundamental para que se desencadenara todo la serie de sucesos que, sin lugar a dudas, a pesar del fracasar, cambiaron la historia inmediata de nuestra patria.
En un mundo en el que las sociedades desarrolladas y acomodaticias delegan toda las responsabilidad y derechos que tanto le ha costado conseguir en políticos profesionales, en soldados profesionales, en ONGs profesionales, el golpismo es una muestra de la vitalidad de un pueblo. En una sociedad en la que más de la mitad de los ciudadanos no van a votar, pues prefieren quedarse en casa viendo la televisión porque hace frío o si hace buen tiempo hacer caravana para ir al chalecito de la sierra, el hecho de que un grupo de hombres se juegue todo, vida y hacienda, su futuro, a una carta, por motivos estrictamente políticos, sin que la mayoría de ellos tengan nada material y concreto que ganar y mucho, muchísimo, que perder, resulta una muestra casi irrefutable de civismo y de compromiso con su sociedad.
Hace dos décadas nuestros camaradas jugaron, acertadamente o no, la última
gran baza política que han tenido los azules para influir en el futuro
de España. Antes Arrese intentó sin éxito impedir el acceso al trono de
España del ciudadano Juan Carlos de Bórbon. En 1981 un grupo de falangistas
y militares, alguno de ellos claramente azules, como el general
Iniesta Cano, intentaron por última vez dar un golpe de timón con
el claro objetivo de lograr una presencia activa del ideario falangista
en la política y en la sociedad española. ¿Era García Carres el designado
para ser ministro de Trabajo?.
El 23-F fracasó y desde entonces la Falange, el fascismo español, a languidecido en sus cuarteles de invierno o iniciado el camino a su entierro y total desaparición. Sólo el tiempo lo dirá. Lo que sí está claro es que si los falangistas tienen que volver al poder, a decir algo en la política española del siglo XXI, es aceptando el actual sistema democrático, al igual que ocurrió en la Alemania e Italia de los años 20´y 30´ y hoy ocurre en Italia, Austria, etc. Las partidas se juegan con las cartas que están encima de la mesa.
Los azules tenemos que asumir plenamente nuestro pasado y mirar al futuro
con decisión y sin complejos. Planteando soluciones actuales a los nuevos
problemas a los que se enfrenta la patria, pero siempre conservado el
viejo estilo que nos permitía afrontar los malos tiempos, e incluso la
muerte, con la sonrisa en los labios mientras escupíamos con desprecio
el viejo grito de los camisas negras Me ne frego!
(¡Me importa un comino!).
Farinacci
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