atacaría todas y cada una de las instituciones de origen religioso en general y judías en particular. La Iglesia Católica no constituyó la excepción y si hubo cierta gradación en el ataque, fue no por consideración o duda, sino por un mero manejo de los tiempos como parte de una estrategia política. No se trataba de repetir la mala prensa de México, España o Rusia. No se trataba de generar mártires como en tiempos de Dioclesano, sino de ir minando las almas, poniendo trabas, proscribiendo y finalmente si todo eso no era suficiente: eliminando. El proclamado "cristianismo positivo" del Reich tenía mucho más que ver con los tiempos del emperador Juliano.

Ahora bien, para el III Reich no se trataba de una simple disputa por el poder o espacio mundano, no era una cuestión de mera ideología, aquí suponía algo más siniestro, se trataba de una anti religión; una cosmovisión inversa (Weltanschauung) que abarcaba mucho más que el problema institucional, como bien señala Gaspari: "una verdadera cultura de la muerte" y así caerían bajo su arbitrio y en aras del gran monstruo racial (inspirado por Nietzsche, Gobinau y Chamberlain): gitanos, eslavos, mestizos, enfermos mentales, disminuidos físicos, etc.etc. Las hojas de "Mein Kampf" de Hitler y el "Mito del siglo XX" de Alfred Rosemberg plantaban la semilla de la nueva "Fe" nutriéndose en la sangre de los inocentes. Todo lo demás se entregaba al fuego.

El partido nacionalsocialista contenía en su programa un postulado que rezaba: "Nosotros queremos la libertad de todos los credos religiosos dentro del Estado alemán, siempre que no pongan en peligro su existencia o no choquen contra las costumbres y la disciplina moral del pueblo alemán. El partido, como tal
profesa un cristianismo positivo, sin ligarse, bajo el aspecto confesional a ningún credo determinado."

La incompatibilidad evidente con los principios católicos, la pretendida glorificación y mesianismo de esa entelequia denominada "raza germánica" llevo a que en septiembre de 1930 el obispado de Maguncia ordenara negar los sacramentos a los afiliados a dicho partido. De allí en más las cartas apostólicas y los sermones que se sucedían incitaban a no votar por el nuevo movimiento. El 30 de mayo de 1932 el canciller Bruening (que en alguna medida expresaba a los cristianos alemanes) debió renunciar por falta de apoyo parlamentario. De las esta

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