EDITORIAL
Por Denís Conles Tizado
Amigos lectores:
Vemos que la política tiene, hoy por hoy, muy mala opinión.
Es una actividad una práctica, un arte, una ciencia,
una técnica muy desprestigiada. Gentes cultas y preparadas
intelectuales, artistas, científicos abominan de
ella. No digamos ya las personas comunes y decentes. Es numerosa la
gente señaladamente la más joven que asocian
política con delincuencia. ¿Es esto justo? ¿Es
útil? ¿Por qué es así?
Si entendemos por política la función de gobernar a
los pueblos, la administración de los negocios públicos,
en suma, la actividad propia de la vida en sociedad, debemos entender
que no es a la política como abstracción, como generalidad,
a la que caben aplicar juicios o dictámenes. Es a los políticos.
No es la política en sí, sino los políticos como
personas quienes son honestos o corruptos, idealistas o materialistas,
justos o injustos, generosos o egoístas, patriotas o cipayos...
Pero, hoy por hoy, la mayoría de los políticos las
personas dedicadas a la política y de sus organizaciones
los partidos políticos han dejado de ser representativos
de intereses sociales concretos y legítimos ideológicos,
económicos, regionales, religiosos, etcétera para
convertirse en estructuras para acceder al gobierno para asaltar
las instituciones del Estado sin definiciones netas. Y así
vemos que muchos de los partidos existentes, no obstante, a veces,
tener una larga trayectoria, mantienen con su pasado y sus fundadores
una ligazón puramente mítica, mientras que en la realidad
no pasan de ser formaciones de mercenarios, con intereses muy claros,
pero sin ideales ni principios. Mientras fingen servir a los intereses
de sus votantes, sirven en realidad a los dueños del poder:
los nuevos señores feudales, una elite corporativa y política
anónima que ejerce, en la práctica, una tiranía
impiadosa sobre todo el planeta. El capital transnacional y las instituciones
financieras internacionales que son, en nuestros días,
el ejército imperial y colonialista de otros tiempos
dominan la vida política, económica y cultural de los
pueblos, escudándose tras términos aparentemente técnicos:
el mercado, la desregulación, la flexibilización, la
globalización, etcétera.
El resultado de esta política imperialista cuyo máximo
poder se concentra en los Estados Unidos y en sus intereses particulares
lleva a la liquidación de los demás estados-naciones,
salvo algunos pocos privilegiados, cuyo resultado es la exclusión
social generalizada para la mayoría de los pueblos del mundo.
Alguien que sabe bien de qué se trata, el señor Henry
Kissinger, lo ha dicho con absoluta franqueza: Globalización
es otra denominación para la dominación de los Estados
Unidos.
Al desprestigiar al Estado (es mal administrador, es ineficiente...)
y corromper la actividad política, se desvaloriza el espacio
donde los pueblos pueden expresarse y defender sus intereses. El imperialismo,
a través de sus mil encarnaciones, desprestigia al estado y
a la política, pero utiliza estos medios en su exclusivo beneficio.
Nos recuerda la picardía del Viejo Viscacha, que se cuenta
en el Martín Fierro, que cuando conseguía ser invitado
a un asado, poco antes de que estubiese, primero lo maldecía,
luego después lo escupía, para que nadie comiese.
Es decir, para que el asado quedase para él solo. Así
hace el imperialismo cualquiera sea su apodo de moda que
espanta a los pueblos para que se desentiendan de la política
y del Estado, de modo que los pueda utilizar en su exclusivo beneficio.
Es necesario, por el contrario, que los pueblos ejerzan sus derechos
y participen de la política y del Estado, que no se dejen desalojar
de esos espacios conquistados duramente a lo largo de la historia,
que abandonen a los partidos de mercenarios y construyan su propias
estructuras de poder. Es necesario participar democráticamente
y poner el acento en las cuestiones que interesan realmente a los
pueblos. Es necesario que la sociedad civil se movilice. Estamos,
en realidad, frente a un proceso abierto que tiene varias salidas
posibles.
Frente al poder imperial es menester abroquelarse en la afirmación
nacional, único punto de apoyo válido para defender
los intereses de nuestra sociedad; para establecer espacios regionales
entre iguales que hagan realidad el equilibrio y la igualdad en las
relaciones internacionales; para afirmar una sociedad solidaria, sin
dominadores ni dominados