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Desierto
del Sinaí
Es un mar sin memoria de peces.
En su círculo, la rueda de los siglos
la música celeste de las aguas se llevaron
y el sabor de la sal es un gusto ignorado
en la boca reseca de los dromedarios.
El mar Es, pero de arenas.
Moisés plantó su bastón,
y los vientos de los 4 costados
con sus carros pesados
arrastraron hasta aquí,
el arenal del Universo.
La Tierra,
es una caja cerrada, cuadrada.
Opresión que ciñe el corazón que tapa
una túnica desteñida de azul.
Silencio.
Están muertos los pájaros del mundo.
Silencio.
Me pesa la arena los ojos ociosos.
Silencio de voz de los vivos,
de suspiros de muertos,
silencio que se clava,
que duele en mi costado vacío.
Sopla una brisa vieja con su aliento gastado.
No trae en sus alforjas
noticias de la misericordia
de los besos húmedos de la lluvia.
Es el mar, pero de arena.
Espera inútil, ver un chispazo de hierba
destellando en el crepúsculo,
rompiendo la monotonía terrosa
que toca con sus dedos sucios el horizonte.
El aroma secreto
de catorce flores del desierto,
prisionero está en el cristal de un frasco.
Expandirá su perfume por el Mundo,
Pero no aquí,
donde,
arriba,
El Cielo, está mudo.
Marta Juárez
Abril, 2000
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