Comarca Viedma - Patagones - Patagonia Argentina

 

   
 

Como eran aquellos tiempos

La vida cotidiana: Las comodidades no eran corrientes en la vida de la población Las casas, algunas de ladrillo y teja, eran en su mayoría, ranchos de adobe grueso de tierra negra y paja de trigo, de paredes anchas, sin pintura exterior y alumbradas por faroles de aceite. En las calles los peatones se hundían hasta los tobillos en la arena y las zonas aledañas eran pantanosas y acumulaban abundante basura.

En las inmediaciones de Mercedes, se extendía una gran laguna llamada "El Juncal", cuyo desbordes siempre eran peligrosos. En ella se podían pasar agradables momentos dedicados a la caza de: cisnes, patos, avestruces, gamas y otros.
Las quintas que bordeaban el río y las islas presentaban un solaz para el viajero.

La llegada de un barco al puerto eran siempre acontecimiento muy esperado, una multitud integrada por amigos, familiares y curiosos, recibía al pasajero.

Las diversiones y entretenimientos eran numerosos y variados y diferían según los sectores sociales.

En las familias acomodadas eran comunes las tertulias, amenizadas con romanzas o nocturnos tocados en el piano. Las mazurcas, los valses, las polcas al son de guitarras, animaban las fiestas populares, donde además eran frecuentes los bailes ( minué, gavota, lanceros ).

En todas las reuniones circulaba el mate y el guindado, muy alabado este último por los viajeros.

La mayoría de las personas, sin distinción de clases, concurría a las carrera de caballos, las riñas de gallo y a las cancha de pelota vasca.

Los juegos de azar estaban tan extendidos que llegaron a preocupar a las autoridades, así en 1854 el juez de paz y comisario de policía, Marcelino Crespo, los prohibió mencionando expresamente: la taba y los naipes. Extendió la prohibición a los jóvenes que estuvieran en la calle jugando a la cañita, al hoyito y a la bolita.

Para atenuar los rigores del verano, las familias más pudientes acostumbraban a pasar sus días en las estancias o se dirigían a orillas del mar a tomar baños de sol.
Hay dos características de esta sociedad que son resaltadas por los viajeros en sus relatos. Una de ellas era la amabilidad y hospitalidad de las que hacían gala sus habitantes , destacándose las damas por modales y sencillez. Remarcaban su asombro al hallarlo en un lugar tan alejado de los centros poblados del país.

El otro rasgo era la violencia, que se manifestaba en los frecuentes robos, asesinatos, riñas, en el abuso del cuchillo y de las armas de fuego, en el afán desmedido de ganancias que conllevaba a la utilización de métodos inescrupulosos en el comercio.

El mate ocupaba buena parte del tiempo de casi todas las familias. Se mateaba a la mañana temprano, a la tarde y después de la cena. Las comidas más comunes la constituían el puchero, el asado y el guiso, en ellas la carne era la base más importante. En las fiestas y banquetes campestres el asado con cuero era el plato principal, que a veces finalizaba con postres como el arroz y la harina con leche.

Las mujeres, además de la limpieza de la casa y la preparación de la comida, se dedicaban a la costura y al bordado, mientras que el hombre tenia sus ocupaciones fuera del hogar.

Las familias más acaudaladas acostumbraban a recibir y a salir de visitas por la tarde en invierno y en verano luego de la cena.
En estas reuniones circulaba el mate y se servia al principio y al final, guindado ( que era de origen local ya que existían dos fabricas). Por esta época comenzó a extenderse la costumbre europea de ofrecer café con alguna copita de licor.
Estas mismas familias ofrecían con mucha frecuencia en sus casas tertulias que transcurrían luego de la cena: las parejas jóvenes bailaban valses y mazurcas, tocados por algún aficionado en el piano de los anfitriones, mientras los hombres mayores charlaban sobre política y negocios y las damas comentaban alguna novedad social.
Además de las tertulias familiares, que festejaban cumpleaños o una conmemoración patria, estaban los bailes que se ofrecían en los salones de los clubes sociales, a los que concurría la juventud de la alta sociedad. Los obreros y artesanos tenían sus reuniones y bailes, organizados por la Sociedad de Artesanos que los congregaba. Sin duda las tabernas constituían el lugar de reunión preferido por la mayoría de los hombres: en 1897 existían 36 tabernas en Patagones.

Los prostíbulos  fueron también otro de los lugares muy frecuentados por los hombres de la época. Las resoluciones municipales disponían que las prostitutas no podían mostrarse en público, ya sea por ventana y puertas ni salir a la calle en traje indecoroso o estado de embriaguez; además, los establecimientos debían estar regenteados por mujeres y no podían ubicarse en un radio cercano a templos, teatros, colegios y edificios públicos ni tener signos exteriores que los identifiquen.

El mundo de los niños y adolescentes transcurrida entre la escuela y los juegos. Entre estos los más comunes eran: la bolita, la rayuela, el rescate, el venga escondida y de visita.

Durante el verano las familias acostumbraban pasar la temporada en quintas y los establecimientos de campo de su propiedad.
El mar comenzaba a constituirse en un atractivo para las vacaciones a lo que se sumaba las recomendaciones médicas por sus propiedades curativas.
Los Salesianos y sus alumnos iniciaron las excursiones al balneario, ubicado en la costa atlántica en la desembocadura del río, al que llegaban navegando río abajo. La estadía duraba dos o tres semanas, entre baños, paseos al faro, caza y pesca. A ellos se sumaron posteriormente los contingentes de las hermanas de María Auxiliadora y las familias, quienes se establecían en carpas, luego de que los carros que las transportaban sorteaban las dificultades de la huella que bordeaba la costa del río.

Las calles eran recorridas por personajes como el afilador, el aguatero, el criado ( casi siempre un indio o mestizo) que acompañaba a las damas cuando asistían a tertulias por la noche. Junto a ellos estaba el barbero, que además aplicaba sanguijuelas, sacaba muelas y era músico; y el poeta, un gaucho que animaba las fiestas patrias con recitados de su autoría.

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