El pueblo de
Patagones
Imposibilitado de utilizar diez
definiciones para calificar al
pueblo de Patagones, escalonaré
unas cuantas. El público puede
quedarse con la que más le
agrade. Ahí van:
Patagones es un pueblo donde
se puede morir de muerte
romántica.
Patagones
es una niña bien. Aspira.
Patagones podría ser una ciudad
costera de Brasil. Es más quieto
y denso que una de aquellas
ciudades del trópico donde José
Mojica y la Rubia Platinada se
desvanecen escuchando una rumba
ejecutada por la orquesta de Don
Aspiazu.
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Patagones es bonito
como un beso de novia. (En un día de
lluvia). En Patagones
se puede escribir una novela de amor tan
amoroso, que después de leerla los
amantes no escojan sino entre el
suicidio o la felicidad. |
Patagones
es noble, rústico y severo y, al
mismo tiempo, dulce como un
menino.
Para escribir sobre Patagones hay
que ponerse una mano sobre el
corazón y entornar dulcemente
los ojos, y no tener miedo del
ridículo al afirmar que es diez
veces más bonito que Bahía
Blanca, que Rosario y que Tandil,
a pesar de ser diez veces más
pequeño que la parroquia de
Caballito. Todas estas y otras
innumerables virtudes se le
pueden descubrir a Patagones en
un día nublado.
Patagones:
Situado en una loma, su
declive se precipita sobre el
río Negro. En dicho declive,
liso como paño de billar (grava
tan apisonada que el agua de los
carritos regadores no penetra,
sino corre), Patagones tiene el
color verdoso del cemento
portland.
Hasta
el río se baja por escaleras de
noventa escalones, callejuelas
tortuosas, limpias y estrechas,
con aceras de mosaicos y
escalones de baldosas.
¿Qué
diré del centro?: En estas
calles de grava, color ceniza, se
descubren peluquerías niqueladas
donde se aplican fomentos
faciales y rayos ultravioletas.
También un instituto de belleza.
Calles
estrechas y perfectas.
Encajonadas por altas fachadas.
El trescientos de la calle
Rivadavia es tan inusitadamente
parejo y solitario, que se
podría tender una mesa en medio
de la calle y almorzar en la más
enternecedora intimidad.
En
la misma esquina del trescientos,
hay una farmacia desparramando un
tan poético olor a cloroformo,
que se cree habilitar en esos
pueblos de sierras, de gente con
una renta superior a quinientos
pesos mensuales que va a morirse
de languidez. Un pueblo donde no
se toleran ruidos indiscretos.
Por eso digo que en Patagones
podría fallecer violentamente de
una muerta romántica y oír el
canto del cisne.
Y
junto a esta maravilla de lisura,
silencio, soledad, estructurado
el Patagones antiguo, estallando
aquí, allá, abajo la forma de
viviendas truncas y barrosas que
parecen sobrevivir al furor de un
terremoto, muros de cuarenta
centímetros de adobe,
derrumbados definitivamente,
murallas con las aberturas de las
puertas desaparecidas,
verdegueantes de higos de tuna y
flores amarillas de cactus
espinosos, ranchos
definitivamente clausurados, con
altas veredas truncadas, a las
que se sube escaleritas de
peldaños gastados y que ya nadie
usa.
Pastel
desolado que complementa el
paisaje de las murallas color
ceniza, de ladrillo de juntas
tomadas con cemento portland,
pulidas por el viento y sobre
cuyas crestas asoman los bucles
de las enredaderas y los
espinosos tallos de los rosales.
Si
uno se sienta en la plaza, en un
banco blanco, a la orilla de un
cantero esmaltado de florecillas
blancas (¡oh, los clásicos de
la literatura con sus canteros
esmaltados de florecillas blancas!)
distingue a su frente, a una
profundidad de treinta metros, el
manso cauce del Río Negro
lamiendo las orillas empenachadas
de vegetales, candelabros de
siete brazos.
un barco
negro, el toro,
carga fardos de lana y bolsas de
trigo.
Si
se vuelve la cabeza a la
izquierda, más allá del Banco
de la Nación, en un fondo
accidentado de zigzags de
murallas, se descubre la curva de
un alto médano, gris acero, y si
se gira los ojos a la plaza, a
los árboles de tronco grueso que
dejan llover cabelleras de verde
emperador, se emociona por un
instante, y en vez de pensar que
se encuentra en un pueblo del Sur,
piensa que está en el Norte,
Río de Janeiro,
la
Isla de Paquetá...:
Silencio, paz, el viento eterno
que pasa y lima el ladrillo y
redondea los médanos y riza el
agua. Subiendo el declive, hacia
la estación del Ferrocarril del
Sur, se tropieza con una plaza
mocha, una especie de campo de
juegos atléticos con un obelisco
rematado por un general
impersonal que resulta el
intrépido marino Villarino. Esto
después de aventar el polvo del
olvido, pues la estatua carece
del nombre del prócer.
De
allí al correo hay un paso, y
juro que sólo un ciego puede
desear vivir lejos del correo de
Patagones, pues en él se
encuentra empleada Venus Afrodita,
disfrazada de morocha. Cuanto
viajero entra al correo de
Patagones y mira la
tal
empleada, recibe
como una descarga eléctrica y
luego, cuando se repone, pide
cinco pesos en estampillas de
medio centavo... y contadas una
por una por la susodicha empleada.
Relato
realizado durante su viaje a la
Patagonia, en 1934. El autor de
Los siete locos
escribió estos artículos para
el diario El Mundo,
de Buenos Aires.
Patagones
podría ser una ciudad costera de
Brasil. Es más quieto y denso
que una de aquellas ciudades del
trópico donde José Mojica y la
Rubia Platinada se desvanecen
escuchando una rumba ejecutada
por la orquesta de Don Aspiazu.
Patagones es bonito como un beso
de novia. (En un día de lluvia)
Roberto
Arlt (1900-1942
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