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Me carga
el metro, me desespera. Me carga que sea tan perfecto, tan azul, tan
subterráneo. Partiendo por la simetría del logo
y la uniformidad de los carros (obviamente, exceptuando los que están
llenos de publicidad, que son aún más apestosos).
También me carga que el metro sea tan artístico, que cuando uno
espera a alguien en Santa Lucía hayan fragmentos de no sé que
cosas pegados en las ¿baldosas? cuadradas de las estaciones y, como
no hay nada más que hacer, uno lee y lee una y otra vez en diferentes
idiomas el mismo cuento. Ah, pero si hay algo que hacer. Prueben sentarse en
el suelo y entrarán en un estado de “fin del mundo” increíble:
cada vez que el metro pasa, el piso se mueve y yo me imagino que está temblando
y que no nos damos cuenta creyendo que es el metro pero no, verdaderamente
las miles de personas que estamos bajo el nivel del mar y quizás bajo
el nivel de qué otras cosas, moriremos aplastados...
Pero nunca pasa... pero es buena la sensación.
En el metro no hay nada redondo, o sea, como que todo pretende ser redondo,
pero no le resulta. Los asientos, la forma del carro del metro, la cosa donde
se echan las monedas cuando se paga, los letreros, etc. Cada una de esas cosas
parece configurada para la redondez, pero se queda en la intención y
de intenciones nadie vive, excepto algunos que no son el metro.
Cuando uno anda en metro, además, está condenado a la certeza.
Que si uno se baja en la estación que el letrero dice “Parque
Bustamante”, verdaderamente uno sale de las escaleras y se encuentra
con el parque Bustamante. Y uno se cierra a la opción de que el caballero
que puso los letreros se haya equivocado y uno se baje y se encuentre con la
Plaza Italia, o, en el mejor/peor de los casos, con el Plaza Vespucio. Con
el metro se pierde el sabor de la ambigüedad de la micro. Nunca pasa que
el metro se pase y que uno tenga que caminar de, por ejemplo, Bellas Artes
a Baquedano, o que pare ENTRE Mirador y Bellavista. El metro está configurado
para que eso no pase. Y uno está condenado a llegar al lugar donde va.
A menos que se corte la luz y el metro se quede parado justo donde está la
publicidad de Coca-Cola, esa que se mueve, como la tele... ahí uno se
pone a pensar que a lo mejor no quería llegar adonde va...
Algo que me gustó del metro fue un cuento de un concurso que hicieron
en que había que hacer un cuento en 100 palabras. En un arranque de “Derecho
de autor” transcribo uno que me gustó mucho, especialmente la
parte del “por joder”, porque “por joder” de repente
escribimos cosas como ¿qué opinamos del metro?” Ahí va:
Ahí aparece la 141. Se demoró, pero viene vacía. Luego
de pagar me doy cuenta de que no viene vacía, es decir, no literalmente
vacía, sino que ocupada nada más que por un pasajero, que va
sentado justo en la mitad del corredor, al lado del pasillo. Entonces examino
los abundantes asientos disponibles, al tiempo que camino hacia el señor.
Me inclino levemente y susurro un convincente "Permiso". El pasajero,
entonces, me da permiso pero no sin mirarme horrorizado, como preguntando: "¿Por
qué? ¿Por qué?". Y yo lo miro de vuelto queriéndole
responder: "Por joder.... sólo por joder".

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