IV
La
columna de septiembre la escribí más o menos en septiembre
del 2002, si no es que del 2001, o sea, hace harto tiempo, cuando yo
estaba en un estado que, definitivamente, no es el mismo que en el
que estoy ahora tratando de escribir cosas “directo desde el
inconsciente”.
Entonces tuve que recurrir a otros medios para poder lograr de nuevo
ese estado y conectarme con mi inconsciente (alcohol, drogas, etc)
pero tampoco resultó. También pensé en recortar
palabras de diarios, meterlas en una bolsa y después irlas escribiendo
en el orden en que fueran saliendo, pero eso ya se ha hecho y no estoy
inventando ningún “ismo” como para hacerle un manifiesto.
Se me ocurrió otra idea: mejor, en vez de hacer algo “directo
desde el inconsciente”, voy a hacer algo “directo desde
el consciente” ¡Qué más inconsciente que
eso!
El otro día estaba “navegando” por la web y me encontré con
una cosa que me recordó (valga la redundancia) ciertas otras
cosas de mi vida. En ella aparecía la foto de una mujer con
guantes de boxeo copiada 4 veces, usando estas técnicas nuevas
digitales de Photoshop (al estilo del argentino que le sacaba fotos
a una mina sin ropa por las calles de la capital), pero, en todo caso,
no es la técnica ni “la artisticidad” de la obra
lo que me traumó, fue que cuando la vi me acordé de una
niña de mi colegio que es igual a la que sale en la foto, o
sea, no tan igual pero parecida. Bueno, pero de nuevo ése no
es el punto.
“
Yo iba en la micro a eso de las ocho de la noche por la Alameda, iba
sentada al lado de una mina que iba leyendo una revista farandulera
del estilo y, casi al frente de nuestro asiento, venía sentado
un loco que, hasta antes de San Francisco, venía callado. San
Francisco: Suena un celular que, seguramente, no estaba en “discreto”.
El loco en cuestión contesta. Pero mi amor, si sólo fue
una comida, era pollo con papas fritas. No podía decir que no,
si era una cosa de amigos... Sí, si yo te amo, pero siempre
me hacís la misma weá, ¿tenís confianza
en mi? ¿o no? (Tiempo) Suena de nuevo el mismo celular. Puta,
pero pa qué me cortai, siempre el mismo show... Pero si es la
Carola... Pero si no alcancé a avisarte... Si solamente era
pollo con papas fritas. (Tiempo) Lo mismo. ¡Te estoy diciendo
que sólo fue pollo con papas fritas!... ¿Qué hice?
Salí temprano, fui a trabajar y almorcé con la Carola. ¡No
me grites! No ves que se escucha todo en la micro... Si, si voy pa
la casa, si no estoy con la Carola... Cuarenta y cinco minutos, no
más. ¡No me grites! Los problemas hay que solucionarlos
conversando... Si, como de las dos y cuarto a las tres... (Tiempo)
Supongo que el loco apagó el celular. Me acuerdo que miré a
la mina de la revista farandulera y me sonrió, como de acuerdo
en una cosa conmigo: la historia del loco y el pollo con papas fritas
era muy chistosa. Y yo estuve a punto de sonreírle, pero, afortunadamente,
un momento de lucidez me contuvo. ¿Y si la mina no me estaba
sonriendo por eso? ¿y si ella no estaba escuchando la misma
ridiculez que era la conversación del loco? ¿y si ella
había salido del Carmela Carvajal y me estaba mirando con otros
ojos? Menos mal que desvié la vista e hice como que no la vi
y miré para afuera. Me acordé de los 16 años de
educación en prestigiosas instituciones, y de las recomendaciones
de Don Graf y de las noticias y de “tan mala que está la
gente en estos tiempos” y de “hace 30 años había
mucha menos delincuencia”, etc. Y ahí me acordé que
no se mira a la gente en la calle, que todos están contra mi,
que todos son mi competencia, que los que iban parados en la micro
querían puro irse sentados en mi asiento, y que el acto de sonreírme
de la mina era de un terrorismo espantoso en el cual yo no debía
caer ni, mucho menos, hacerme cómplice, así que, preventivamente,
giré mi cabeza y seguí pensando en todo lo que tenía
que hacer el día siguiente...”
|