Ensayo: Evolución del pensamiento autárquico en los escritos evadidos/// III/// IV / « Bodies. The Exhibition »

 

II

El otro día, estaba en las afueras del metro Santa Ana esperando algo que no es importante para la historia. Y si hay algo que no me gusta, es esperar. Alguien dijo alguna vez por ahí: “La vida es una larga espera de la muerte”. Bueno, no lo acepto. No pienso esperar nada, ni a la muerte ni a ese algo que no es importante para la historia... pero no me queda otra: me voy a morir igual y ese algo que no es importante para la historia va a llegar igual, tarde o temprano. Entonces, decidida a no hacer de mi espera una espera sino que un conjunto de acciones “no-esperadas”, me dediqué a cruzar una y otra vez las calles y a caminar por las veredas.

En eso estaba, cuando se me acercó un tipo joven y me preguntó con un tono de voz que encontré por lo menos inadecuado, en vista y considerando que yo era la jovencita abordada en mi reflexión metropolitana y que era yo la que le iba a hacer un favor en la coyuntura de que yo le contestara o no lo que me preguntaba: “Disculpa, ¿te llamai Lissette?”. Y como yo no me llamo ni Pepi ni Lissette, me inspiré y le respondí: “No” y él dijo algo así como: “Ah” y se fue.

Y ahí empezó todo. Mi cabeza empezó a inventar distintas teorías respecto al porqué de lo recién ocurrido y, después de descartar algunas que rozaban la ciencia ficción (como que yo era igual a alguien que salía en la tele que se llamaba Lissette y que yo no conocía, o, peor aún, que yo era la que salía en la tele y que mi vida era transmitida en tiempo real por Internet en un experimento mediático) llegué a la conclusión de que lo más probable era que hubiera ocurrido lo siguiente:

“El sujeto que me hizo la pregunta (de ahora en adelante: “X”), pasó los últimos dos meses conectado en un chat, “chatiando” (valga la redundancia) con quien le confesaría más tarde que se llamaba Lissette (de ahora en adelante: L). Hasta que, el día anterior a mi involuntaria intervención en el transcurso de los hechos, L y X quedaron de juntarse a cierta hora en el metro Santa Ana. Ella le había afirmado que, después de tanto tiempo de charlar, se sentía amorosamente atraída por aquel ser humano que respondía a sus mensajes instantáneos y que deseaba fervientemente poderlo expresar en carne y hueso, cara a cara. No es que ella quisiera ver cómo era físicamente X, ella tenía claro que la belleza interior se traspasa eficazmente mediante Microsoft MSN Messenger 6.1 (Por algo había bajado la última versión). X, en tanto, estaba acostumbrado a esta clase de encuentros. Consideraba a la red la mejor manera de comunicarse y conocer a otros. Claro, una conversación por chat es intrínsecamente sincera: si el que está al otro lado le cae mal, sólo tiene que apretar la X de la ventana de quien desagrada y se ahorra el hecho de aparentar que disfruta de una conversación. Es más, puede “dejar de existir” para otro al “no admitirlo”, el chat perfeccionaría la comunicación humana al librarla de tanto relleno que implica un encuentro personal. Después de que L le dijo que quería juntarse con él, no dudó en decir que sí. Total, igual era verano y hacía calor y no tenía que gastar plata en cine, café y flores. Por algo pagaba Terra ADSL Premium.

La cosa es que la cita estaba concertada para cierta hora en Santa Ana, pero, por alguna extraña razón que honestamente no me atrevo a siquiera explicar con alguna teoría, L no pudo llegar y, cuando ya habían pasado 15 minutos desde la cierta hora mencionada, X le preguntó si se llamaba Lissette a la primera persona que vio que cruzaba las calles y caminaba por las veredas, como si esperara algo...

Y después de esperar 30 minutos más, X, frustrado por la ausencia de L, sólo pensó que finalmente la vida es una larga espera de la muerte”.


PS: Diez minutos después de que el joven me hiciera la pregunta ya extensamente analizada, un escolar (o alguien vestido de escolar) me preguntó: “¿Estai esperando al Francisco?” Yo, ni me llamo Pepi ni Lissette ni estaba esperando al Francisco.