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TEORIA GENERAL DE PSICOLOGIA


LIBRO:
LAS LEYES DEL PSIQUISMO

Alberto E. Fresina


CAPITULO 17
-(páginas 353 a 415 del libro de 426)


Indice del capítulo:

LA PREMISA DEL SOCIALISMO
1. El materialismo histórico
2. Dervirtualización del socialismo
3. Esencia del valor económico
4. El trabajo como creador de valor económico
5. El modo de producción capitalista y la plusvalía
6. Conceptos de clase trabajadora, proletariado y clase obrera
7. El proletariado industrial en relación al resto de la clase trabajadora
8. El valor económico del trabajo en el socialismo
9. El dinero
10. Ley de la tendencia a la dismunución de la tasa de ganancia
11. Impotencia del capitalismo frente a las necesidades superiores del hombre
12. Papel del proletariado de los países más desarrollados
13. Democracia y dictadura
14. El insuperable poder de la clase trabajadora
15. Conveniencia y realismo de la posibilidad del socialismo científico


BIBLIOGRAFIA BASICA - INDICE (páginas 416 a 426)





CAPITULO 17


LA PREMISA DEL SOCIALISMO


Para hacer realidad lo visto en el capítulo anterior, sobre la posibilidad de una transformación general en la naturaleza y el carácter del trabajo y las actividades sociales, es indispensable, primero, el paralelismo de los intereses materiales en toda la sociedad y la justa distribución de los productos del trabajo, así como del trabajo mismo, es decir el equitativo reparto de las cargas. Los trabajadores, por ejemplo, no pueden sentir una plena satisfacción moral por ganar en aquellas competencias por el mejor rendimiento, si son conscientes de que sus esfuerzos están siendo usados y manipulados por las patronales para aumentar los niveles de explotación y de ganancias. Ese solo hecho, que no es algo insignificante si tenemos en cuenta que abarca a toda la clase trabajadora, que es la mayoría de la sociedad, ya nos muestra que todo aquello, planteado bienintencionadamente, es impensable sin el socialismo.

La condición del socialismo, del socialismo científico como lo entendió Marx, significa, entre otros elementos que enseguida observaremos, que el poder social se encuentra en forma directa en manos de los trabajadores. Esa es la única garantía de justicia social y ausencia de explotación. El proletariado es la única clase que no puede explotar a otra, por constituir el único objeto posible de explotación. Cuando se habla de socialismo, pero donde en los hechos no se ejerce la voluntad, el poder real, protagónico, de los trabajadores concretos, no se trata de socialismo, sino simplemente de alguna de las formas por las que se consigue continuar con el engaño, la injusticia, los privilegios y el sometimiento de los trabajadores. Solamente a través del poder y el liderazgo reales de la clase trabajadora, y a nivel mundial, se podrá poner fin a la marginación, la injusticia y el hambre en el mundo, para recién entonces hacer pensable y honesta cualquier otra propuesta o iniciativa tendiente al mejoramiento de la vida y de la sociedad.

No es que resulte divertido “hacer política” a esta altura del libro. Hubiera sido preferible no tener la necesidad de penetrar en un terreno tan polémico, donde los distintos intereses y las pasiones de las posturas políticas e ideológicas ya asumidas, por lo general hacen de los argumentos científicos lo menos importante. Sólo se trata de que es la obligación llevar la propuesta hasta el final. Es decir, manteniendo el encuadre científico que aquí se pretende tener, que en este caso es todo lo importante, corresponde mostrar lo que sería el camino lógico y científicamente viable para alcanzar aquella transformación de la vida social. De lo contrario, todo lo dicho no sería más que una utopía, una fantasía irrealizable, o, peor aún, una estupidez teórica. En tal sentido, es muy acertada la opinión de Marx, de que la cuestión no es solamente interpretar o entender el mundo, sino que (sobre todo desde los intereses de los perjudicados por cierto estado de cosas) de lo que se trata es de transformarlo.

De todas maneras, lo que se tratará en este último capítulo puede considerarse si se quiere como un apéndice, como un punto de vista por fuera de la teoría psicológica, a la que ya podemos dar por terminada.

Lo que motiva el siguiente desarrollo es la certeza, basada en los argumentos científicos del marxismo, de que la transformación en la estructura de las relaciones económicas de la sociedad, a cargo de la clase trabajadora, es una condición previa, algo que se debe hacer primero, para luego poder pensar más seriamente en cualquier otro mejoramiento significativo de la vida laboral y social, como sería, en este caso, lo propuesto en el capítulo anterior.

Hay quienes, a pesar de ver con simpatía la orientación histórica del marxismo, en el sentido de augurar y promover el fin de las injusticias, se dejan llevar fácilmente por la opinión de que la sociedad que vivió Marx ya no existe, y que por lo tanto lo que podía ser válido en aquel entonces hoy es anticuado como forma de pensar. El argumento de esto es la presunta modificación en la constitución de las clases sociales, el gran desarrollo tecnológico, con los consiguientes cambios en la forma de vida y de trabajo, la complejización de la vida social y económica, la mayor incidencia del capital financiero, y otros fenómenos, algunos más nuevos que otros. Pero esto es no saber distinguir lo esencial de lo que no lo es. Tal manera de pensar es lo mismo que si dijéramos que debido a los profundos cambios de la vida moderna, a las nuevas motivaciones y necesidades de las personas, la ley general del psiquismo ya ha perdido vigencia y es "obsoleta"; que quizás podía ser válida en la época de Epicuro, pero no ya en nuestros tiempos “tan avanzados”.

Lo cierto es que toda la nueva complejidad de la vida social y económica no ha alterado en lo esencial la estructura básica de las relaciones de producción o económicas. Dicha esencia general es la misma desde la época de la esclavitud, y es la existencia de una clase dominante, propietaria de las tierras y demás medios de producción, y otra desposeída de dichos medios, que es la que trabaja, y que para poder subsistir debe aceptar obligadamente las condiciones de trabajo y de explotación que impone esa clase propietaria. Luego se agregan otras capas sociales, de mayor o menor número de integrantes (pequeños comerciantes, profesionales, cuentapropistas en general), que consiguen subsistir de otra manera, pero que son periféricas respecto al proceso central de producción. Estas capas medias, en lo esencial, dependen de la distribución de lo producido, y por tanto son económicamente neutras (aunque políticamente ambiguas) en esa lucha desigual entre aquellas clases que tienen que ver directamente con la producción.

Ha habido cambios importantes en la superestructura de la actual sociedad capitalista, pero se ha mantenido invariable su base material, su estructura económica, su esencia. Los fenómenos nuevos del capitalismo son sólo eso: fenómenos; la esencia es la misma.


1. El materialismo histórico

Observemos porqué la clase trabajadora es la única en condiciones de reemplazar a la clase capitalista o burguesía en la conducción de los destinos de la humanidad. El materialismo histórico, como ciencia de la sociedad, nos lo explica. Repasemos brevemente la idea central de lo planteado por Marx al respecto. En primer lugar, el elemento condicionante y determinante de la vida de la sociedad, y antes que nada de su propia existencia, es la producción material. Toda la sociedad depende de esa producción y de su distribución. Esto todavía no ha cambiado, y no cambiará mientras haya una sociedad formada por hombres con necesidades para satisfacer. Luego, en base al análisis de ese elemento esencial que es la producción, especialmente material, surge la deducción, la necesaria aceptación del hecho, sugerido por el sentido común y demostrado por la historia, de que solamente las clases relacionadas en forma directa con la producción, y dentro de éstas las que tienen la propiedad, el control sobre los medios fundamentales de producción, son las que ejercen el poder económico, y por añadidura el poder político. Por tanto, son las que conducen la sociedad. La clase que dirige la producción, que es dueña de ésta, es, obviamente, la que también dirige la distribución, el destino de los bienes producidos, de los que depende el resto de la sociedad.

Desde que surgió la sociedad dividida en clases, las clases que tenían el papel dominante terminaban siendo reemplazadas por otras, cada vez que se agotaba la capacidad de cierta formación economicosocial o sistema económico, que ellas dirigían, de favorecer el progreso de las fuerzas productivas en su tendencia al ininterrumpido desarrollo. Mirándolo en forma resumida, esas clases fueron: en principio los esclavistas, luego la nobleza real y los feudales, y hasta hoy la burguesía o clase capitalista.*


* No es necesario considerar, en este enfoque, el accionar político de los gobernantes de turno. Los políticos que acceden a los cargos de gobierno, aunque aparenten poseer grandes iniciativas, por las razones señaladas no pueden hacer nada que no sea avalado por esa clase dominante. Pero por lo general son individuos que en los hechos, o sea una vez terminados los discursos, están para ejecutar la voluntad de la clase que ostenta el poder económico. Esto decían Marx y Engels: “el gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. (Marx y Engels, Manifiesto del partido comunista. Editorial Anteo. Buenos Aires 1983. Pág. 37). Pero actualmente los políticos son muchas veces los propios burgueses directos, que al no ocuparse ya de dirigir y administrar directamente sus propiedades, destinan su “tiempo libre” a la política y utilizan los cargos como las oficinas ideales para mejorar sus negocios.

El reemplazo en el poder político del Estado, de la vieja clase dominante por la nueva, así como del sistema económico y de relaciones de producción y distribución que aquélla dirigía, ha sido siempre el resultado de la necesidad de establecer nuevas relaciones de producción que se ajusten mejor a las exigencias y condiciones del nivel alcanzado por las fuerzas productivas, a las que el antiguo régimen no se podía ajustar. En otros términos, el factor desequilibrante, que va “presionando” y obligando al cambio de los sistemas económicos, a través de las revoluciones sociales, es ese incremento ininterrumpido de las fuerzas productivas. Este es un elemento que es anterior a cualquier análisis, y viene operándose desde los antecesores del hombre hasta hoy. Así, el nuevo sistema de relaciones de producción, encabezado por otra clase dominante, surge como adaptación, como adecuación a cierto nivel alcanzado por las fuerzas productivas, y destraba el obstáculo que significaba el régimen anterior, permitiendo, a esas fuerzas productivas, su avance más acelerado. Pero luego, cuando se llega a un punto determinado de ese desarrollo, tal sistema, que en un principio favorecía el progreso, comienza a convertirse en la nueva traba que impide su continuación. Tal es el momento en que se abre una nueva época revolucionaria, tendiente a modificar las relaciones de producción, de modo de adecuarlas al nivel alcanzado por las fuerzas productivas. Por eso Marx llamó a las revoluciones sociales las “locomotoras de la historia”; porque eran las que retiraban el obstáculo que significaba el viejo régimen económico, por medio de desplazar del poder a la clase dominante que lo sostenía, para que, con el nuevo esquema, las fuerzas productivas avanzaran rápidamente en ese primer período de la nueva sociedad, como “recuperando” el tiempo perdido por la acción del obstáculo.

Estas relaciones dialécticas entre un factor cuantitativo en continuo crecimiento, que en su avance va provocando o exigiendo cambios cualitativos del sistema que lo contiene, no es una propiedad exclusiva de la historia, sino que ésta se ajusta a una ley más general. Para que tengamos una idea clara de lo que significa esa ley universal de la relación entre un factor que progresa ininterrumpidamente, y el carácter necesario del cambio o salto cualitativo del sistema que lo contiene, veremos un ejemplo de otro campo de la realidad donde se presenta con toda simpleza, ésto es: los cambios de marcha de un vehículo. Considerando un aumento progresivo de la velocidad, una aceleración continua, en principio será adecuada la primera marcha. Luego, ante el incremento de la velocidad, esa marcha, que era el sistema de engranajes en funcionamiento más adecuado, pasa a ser un obstáculo, una limitación para el progreso de la velocidad, y debe ceder el paso a la segunda marcha, la que significa un cambio cualitativo en la relación de los engranajes que accionan. Esta dará todo lo que tiene para dar, hasta que llegará un punto en que se convierte también en una limitación a ese progreso, correspondiéndole el turno a la tercera, y así sucesivamente. Lo mismo se puede decir, por ejemplo, de la necesidad del cambio de vestimenta de un niño, para hacerla corresponder a su nivel de crecimiento; o, también, de los sistemas de entrenamiento de un atleta, que se deben ir reemplazando según el nivel alcanzado en el progreso de su rendimiento.

Claro que en la historia de la sociedad no es tan lineal el proceso, sino que se produce a modo de tendencia histórica, la que puede ser influida de distintas maneras, e incluso contrarrestada, a causa de la complejidad de los factores que intervienen en los fenómenos sociales. Pero lo que es seguro aquí, a pesar de esos complejos factores, es que el sistema de turno, sus relaciones de producción, cuando ya dieron todo lo positivo que podían dar, se transforman en una traba, constituyendo un obstáculo objetivo a ese progreso.

El capitalismo, en sus comienzos, con la revolución burguesa que abrió el paso al desarrollo de la industria, fue el elemento que permitió el progreso de las fuerzas productivas y de la vida social, destrabando el freno, el impedimento del sistema feudal. Pero actualmente ya ha dado todo lo positivo que podía dar, y se ha convertido desde hace un tiempo en el nuevo freno, en un obstáculo para el progreso material y cultural de la sociedad, para el mejoramiento de la vida de la humanidad. Las tendencias que se observan son inclusive hacia el retroceso de los pueblos, y a una situación de trabas y de crisis casi permanentes, que obstaculizan de manera absurda el aprovechamiento racional del enorme potencial de las fuerzas productivas que se ha alcanzado con los avances de la ciencia y la tecnología. Tal situación nos demuestra que a ese potencial de las fuerzas productivas le queda muy “ajustado” el capitalismo; no le permite desplegarse.

Las crisis comerciales o de superproducción relativa, por ejemplo, inherentes al capitalismo, son el efecto de la contradictoria situación de que el crecimiento de la producción en ciertas ramas de la industria, llega a un límite en que, agotados todos los esfuerzos de la promoción y la publicidad, se terminan los compradores. Esto se debe a que las grandes mayorías, por las propias leyes del sistema, no tienen ni pueden tener el poder adquisitivo para acceder fácilmente a esos bienes. Por tal motivo, se debe interrumpir abruptamente la producción en determinados rubros, con los consecuentes cierres de plantas de fabricación, despidos masivos, caídas en las bolsas de las acciones de las empresas correspondientes, y demás circunstancias derivadas. En cambio, si el límite de la producción no fuera el mercado, o la capacidad de compra de la población, sino las necesidades de toda la sociedad, aquella superproducción no podría significar jamás un elemento negativo, sino todo lo contrario. Simplemente favorecería su fácil acceso para las mayorías. Y si la superproducción llegara al punto de sobrepasar la satisfacción de todas las necesidades, sólo se reduciría en forma equilibrada la jornada de trabajo, lo que permitiría disfrutar más el tiempo libre.

Hay algunos casos en que el límite del mercado coincide con la capacidad de consumo, es decir, la saturación del mercado llega junto a la saturación de las necesidades, a la posibilidad de su consumo. Pero esto ocurre con productos de muy bajo precio (por lo general de mala calidad), accesibles prácticamente a todo el mundo, y no con lo importante, con lo que hace al mejoramiento de la vida de los pueblos, como por ejemplo: la construcción de viviendas (cómodas y de buen material), la producción de alimentos en buena cantidad y calidad, medicamentos, vestimenta, libros, útiles escolares, etc.; sin excluir los bienes y servicios de gran confort, que indudablemente mejoran la calidad de vida, y que hoy constituyen privilegios para pocos individuos, pero que podrían estar al alcance de todos sin la acción de las mencionadas trabas.*


* Tal vez alguien pueda horrorizarse imaginando el hecho de que si todos tuvieran lujos, éstos dejarían de ser tales, y por tanto nadie podría ostentarlos. Pero era la decisión no penetrar mayormente en los posibles desajustes del normal y saludable funcionamiento psíquico, como sería en este caso la severa distorsión de los valores morales y espirituales de una típica y no del todo generosa personalidad burguesa de la época. Pero si hay que responder, diremos: exacto, lamentablemente eso pasaría.

Así, la producción creciente de todo aquello que podría mejorar la vida de la humanidad, a pesar de contarse con la posibilidad material dada por ese gran desarrollo del potencial productivo, mientras haya capitalismo, será siempre considerada “desaconsejable” por cualquier estudio de mercado o “márketing”.

Por todo ello, se hace clara la necesidad del cambio. Otra clase debe dirigir la sociedad y en el marco de nuevas relaciones de producción. Pero como ya vimos que sólo las clases que participan directamente en el proceso central de producción, son objetivamente las que pueden conducir la economía, y por consecuencia el resto de la vida social, solamente queda, fuera de las clases dominantes que se sucedieron en la historia, los trabajadores en general. Estos conforman la otra clase ligada directamente a la producción, y tan ligada que es la que produce prácticamente todo. Por eso es la destinada a dirigir la sociedad, por el hecho de ser la que puede controlar y hacer funcionar la producción. Al tener el control y la dirección de la producción, se ejerce por tanto el control sobre el destino en la distribución de lo producido, así como en la determinación de qué y cuánto producir, y qué apoyar y fomentar en relación a actividades como el arte, el deporte, la ciencia, la salud, la educación y la cultura en general. Todo ello, en base a las necesidades e intereses de los trabajadores y de toda la sociedad.

Estas razones sobre el carácter necesario de que, bajo la premisa de un cierto nivel del potencial alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas, los trabajadores sean los que asuman el poder económico, social y político, para dar un nuevo impulso al progreso, es el fundamento clave del socialismo científico. Es el “método” realista que no contemplaban las bienintencionadas pero ingenuas tendencias ideológicas a las que Marx y Engels llamaban “socialismo utópico”. Estas se basaban solamente en confiar en la buena voluntad de los hombres en general, sin tener en cuenta las distintas condiciones materiales, tanto del desarrollo de las fuerzas productivas, como de las relaciones objetivas entre los hombres con respecto al proceso de producción y distribución sociales.

Dejemos a Lenin que opine sobre todo esto:

...“Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperaban hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado”
(Lenin V.I. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo. En: Lenin V.I. Obras Completas. Editorial Cartago. Buenos Aires 1970. Pág. 209)


2. Desvirtualización del socialismo

Con respecto al llamado “socialismo real”, al de la práctica, el hecho de su temprana deformación, que derivó en su mal funcionamiento y su posterior derrumbe en muchos países, luego de un primer período verdaderamente auspicioso como lo fue el de los primeros años de la revolución bolchevique, ha llevado, en muchos casos, a la convicción de que en la práctica “eso” nunca puede funcionar. Pero los fracasos no siempre son una prueba de la imposibilidad del éxito. Muchas veces solamente indican la presencia de errores o problemas a superar. La situación sería equivalente, por ejemplo, a lo que sucedía en los comienzos de la aviación. Allí, en las pruebas iniciales, ante la sorpresa de los diseñadores, la teoría era refutada severamente por la práctica. Los primeros modelos volaban unos pocos metros y caían estrepitosamente. En ese entonces, probablemente debían haber quienes afirmaran que tales aparatos “nunca” podían volar. Pero con motivo de esos fracasos, se fueron corrigiendo los errores y superando los problemas, hasta que finalmente se logró algo que los estudios científicos veían que reunía las condiciones para que fuera materialmente posible.

Por eso, una vez corregidos los errores, y mejorada la capacidad de prever y controlar ciertas circunstancias adversas de la lucha política e ideológica que deben afrontar los trabajadores, el socialismo científico, la verdadera democracia en definitiva, que es el ejercicio real del poder y la voluntad del pueblo trabajador, puede ser una realidad. Son los trabajadores del mundo, y en especial de las sociedades más industrializadas, quienes tienen el futuro de la humanidad en sus manos.

Entre los errores a corregir, se podría contar el no haberse tomado del todo “en serio” que los contenidos y la orientación social de la conciencia y la voluntad de los hombres están determinados por su existencia material. No se puede confiar porque sí en la buena voluntad, sin tenerse en cuenta la base material, los intereses concretos y cotidianos de los hombres. Esto se traduce a la necesidad de que sean los trabajadores mismos los que impongan sus intereses y su voluntad, y no supuestos representantes, como la llamada clase dirigente, o burocracia, fácilmente corrompible por no compartir esa existencia material, cotidiana, de los trabajadores.

Corresponde hacer la salvedad de lo sucedido en los primeros años de la revolución bolchevique, liderada por Lenin, porque allí sí se tenía en cuenta esta situación, y por eso se hacía hincapié permanentemente en la consigna: “todo el poder a los sóviets”, que eran los organismos de los propios trabajadores. Pero luego, con el posterior triunfo interno del grupo de dirigentes encabezado por Stalin, que evidentemente pensaban distinto, se dejó “sin efecto” aquella consigna tendiente a consolidar el ejercicio directo del poder y la voluntad de los trabajadores.

Y este no es un factor menor. Es la diferencia entre socialismo y su caricatura, su ausencia. Implica la diferencia entre un extremo y otro en relación al poder de decisión de los trabajadores. De hecho, es la opresión y el sometimiento por parte de una minoría dominante, convertida prácticamente en una clase social distinta a los trabajadores, que es la que manda y decide, y vive mejor en lo material.

Claro que los trabajadores, por el sólo hecho de no estar bajo el dominio directo de la burguesía, tenían un nivel de vida superior al de los proletarios del capitalismo tomados en su conjunto (seguridad de trabajo, vivienda, salud, educación, etc.). De eso no se olvidan los obreros, empleados, y toda la clase trabajadora que está sufriendo el retorno al capitalismo, que es hacia donde finalmente tendía a conducir el accionar de esa minoría acomodada. Pero el socialismo verdadero, el que es obra y acción del proletariado como clase, significa el ejercicio real de su voluntad, empleando su poder de decisión democráticamente, como resultado de amplios debates organizados por los propios trabajadores, para disponer qué se hace y qué no en cuanto a lo que concierne a sus vidas y a la de toda la sociedad.

Como es sabido, en aquellos países ya no había nada de eso, es decir, no estaba lo esencial que define al socialismo. En otras palabras, el socialismo no se define por el hecho de que las empresas, por ejemplo, sean propiedad del Estado. De lo que se trata es de ver qué clase social ejerce el poder y el control de ese Estado y dispone sobre la vida de la sociedad. Es socialismo cuando esa clase es la trabajadora. Pero allí los trabajadores solamente obedecían. Cualquier iniciativa de abajo hacia arriba se perdía en la impotencia o chocaba con la opresión y la omnipotencia de los dirigentes políticos “preparados” para decidir lo que convenía o no.

Sin embargo, algunos pueden creer, influidos por las valoraciones degradantes hacia los trabajadores, que éstos no están capacitados para “semejante” tarea de conducción. Pero ello es algo que, fuera de ese desprecio, no tiene otro fundamento. Entre millones de trabajadores, sobrarían individuos talentosos y abnegados en todas las áreas para aportar en lo que hace a la vida económica y social. Por supuesto que harían falta, por ejemplo en el caso de la producción material, los ingenieros, que son los que más saben al respecto. Pero éstos no deciden qué se produce, ni cúanto ni para quiénes. Ellos solamente asisten técnicamente a quienes le encomiendan la tarea, a quienes mandan. Se trata sencillamente de que los distintos especialistas (ingenieros, arquitectos, administradores de empresas, economistas, y los expertos en las diversas ciencias, que serían sólo trabajadores especializados, pero en iguales condiciones económicas que el resto), en vez de servir y asesorar técnicamente a los capitalistas (al respecto no más capacitados que cualquier obrero), servirían a los intereses de la nueva clase dominante, a lo que ésta considere que es conveniente para la sociedad.

Lo importante es que los que ejerzan funciones de dirección en lo económico y político, los que formen parte de organismos que ejecuten decisiones, con el apoyo técnico de los especialistas, y en función directa de los mandatos y el control permanente de las bases, además de ser responsables y capacitados, sean trabajadores y no dejen de serlo. Pero si eventualmente, y por un período limitado, deben dejar sus puestos de trabajo luego de haber sido elegidos por sus compañeros para cumplir ciertas responsabilidades, deberán instrumentarse los medios para que en ningún caso dejen de compartir las condiciones materiales de vida de la clase trabajadora. Todo interés por mejorar el propio nivel de vida debe significar inevitablemente el esfuerzo por contribuir a mejorar el de los trabajadores y el de toda la sociedad. Más adelante (punto 13) volveremos sobre las condiciones que hacen a la posibilidad realista del exitoso y responsable ejercicio real y directo de la voluntad de los trabajadores.


3. Esencia del valor económico

Hay que reconocer que todo esto se ha ido muy lejos, como escapándose de las manos con respecto a los fines originales del libro, que en principio era sólo mostrar una teoría psicológica. Pero existe la confianza de que se sabrá entender que el materialismo dialéctico, como método filosófico y científico general, descubierto y desarrollado por Marx y Engels, y que es el aplicado desde un comienzo en el presente desarrollo teórico, favorece el surgimiento de derivaciones que avanzan con vida propia, atravesando, tal como lo hace la misma realidad, las fronteras artificiales entre una ciencia y otra. Si bien son útiles esos “cortes” que hacemos de la realidad (división de las ciencias), y que se ajustan aproximadamente a los distintos niveles cualitativos de la organización de la materia, así como a los diversos aspectos de la vida humana, no por eso debemos olvidar que la realidad objetiva es una sola continuidad, una sola interrelación general. Fuera de esas barreras "provisorias" establecidas a los fines prácticos por la subjetividad humana, no hay motivos valederos para detenernos en algún punto de la continuidad que va desde los reflejos del sistema nervioso, pasando por los impulsos, bipulsiones, aparatos, hasta los fenómenos sociológicos, que en última instancia son el modo en el que funcionan los distintos elementos psicológicos del conjunto de individuos que forman la sociedad. Tampoco hay un estricto punto de separación entre lo que va desde los remotos tiempos de las tribus primitivas, donde se formó la estructura esencial de nuestro psiquismo con toda la gama de necesidades y tendencias esenciales, y lo que, en base a ello, debería ser el futuro de la sociedad y de la vida humana.

Aquellas derivaciones han marchado por sí solas, siguiendo los carriles lógicos del desarrollo teórico, hasta empalmar en este caso con el camino “asfaltado” del materialismo histórico, camino que vale la pena seguir, porque estamos tratando con la mejor argumentación científica disponible sobre la posibilidad de un futuro más prometedor para la humanidad.

En lo que sigue, observaremos porqué es más correcto hablar de clase trabajadora en general, haciendo equivaler su significado al de clase obrera o proletariado, como una única clase sometida por igual en el sistema capitalista. Las nociones de clase obrera o proletariado siempre estuvieron más ligadas a lo que sería la parte de los trabajadores que se desempeñan en la industria, en la producción material; mientras que el concepto de clase trabajadora, por lo general ha sido más “difuso”, sin una delimitación clara, y hasta se lo ha ligado incorrectamente a la idea de “clase media”. Pero lo que haremos es ver porqué debe extenderse y ampliarse la noción de proletariado o clase obrera en general, al concepto más exacto, más científico, de clase trabajadora.

Para que se entienda esto, debemos necesariamente detenernos en el análisis de lo que significa el trabajo como elemento creador de valor económico. La importancia de considerar este punto radica en que se trata del elemento básico para la explicación del funcionamiento de la sociedad. El trabajo como creador de valor económico es el factor más esencial sobre el que se basa el funcionamiento de la economía y de toda la vida social. El valor (económico o de intercambio), entendiéndolo correctamente, es decir como elemento generado por el trabajo, equivale a la ley general en relación a la explicación del funcionamiento psíquico. Es el factor cuyos movimientos y relaciones dan orden lógico a todo el funcionamiento de la economía y de la vida social.

Decíamos que para entender correctamente el concepto de clase trabajadora, era necesario tener en claro lo que es el valor, como elemento generado por el trabajo. Pero a su vez, para comprender plenamente lo que es el valor, es indispensable primero ir a su esencia, a la base última del fenómeno.

Del mismo modo que los distintos fenómenos psicológicos tienen su base en la fisiología del sistema nervioso, la economía en general, y en este caso el acto de determinar el valor de los bienes o productos del trabajo, tiene su raíz en el único lugar posible, que es el mismo en el que tienen su raíz todos los valores, sean o no económicos: en las leyes psicológicas generales de las que ya hemos tratado.

Comencemos por el principio. La realidad más palpable de cualquier sociedad es que se compone de hombres concretos. Estos vivencian una serie de necesidades, y tienen la capacidad de trabajar para producir aquello que les dé satisfacción. Tales necesidades, como ya sabemos, tienen su esencia, en última instancia, en el funcionamiento de la ley general del psiquismo; es decir, los seres humanos procuran suprimir el displacer y lograr el placer. Luego, y dejando de lado lo que es menos esencial o general (bipulsiones, aparatos, etc.), dicha tendencia general se ramifica en los impulsos o necesidades primarias, como las formas particulares en que existe. Por su parte, tales impulsos se fijan, según las distintas circunstancias de vida, una diversidad de metas-medio y metas-fin, que son los variables caminos que llevan a darle satisfacción a los impulsos y a cumplir con aquella tendencia general. Como habíamos observado oportunamente (cap. 7, punto 6), esas metas-medio y metas-fin de los impulsos, como aspecto variable de la motivación, eran las que podíamos llamar: necesidades adquiridas, y que desde el enfoque sociológico e histórico se traducen a lo que se entiende como nuevas necesidades histórica y socialmente determinadas.

La propia complejización de la sociedad va diversificando esas nuevas necesidades y haciéndolas más numerosas y variables. Así teníamos por ejemplo: zapatos, lavarropas, transportes, bebidas, información, colchones, licuadoras, entretenimientos, cacerolas, enseñanza, teléfonos, etc. Si consideramos cada bien material o servicio de tipo específico que se producen y consumen, y que por tanto constituyen nuevas necesidades histórica y socialmente determinadas, probablemente superemos el millar, pero supongamos que son mil.

La fórmula, en términos generales correcta, de la determinación del valor económico de esas “cosas”, y que Marx empleó como base de sus desarrollos teóricos, consiste en la cantidad de trabajo humano necesario, promediado socialmente, para producir un determinado bien de uso (o sea que satisface alguna necesidad), y que a su vez pueda ser un bien de cambio, esto es, que se pueda intercambiar por otro bien que haya requerido una cantidad de trabajo similar.

La medida de la cantidad de trabajo surgiría de combinar básicamente tres factores: duración, intensidad y riesgo. Cualquier otro elemento que tenga que ver con la consideración de la cantidad de trabajo, y por tanto con la evaluación de su valor, se reduciría en última instancia a esos factores básicos o esenciales. El riesgo incluiría: peligro directo (ejemplo: trabajo en altura), insalubridad, y también debemos incluir aquí responsabilidad, que no es más que el mayor riesgo de que algo salga mal y a lo que luego habrá que responder. La intensidad incluiría lo desgastante del trabajo, el grado de comodidad-incomodidad de las condiciones generales del trabajo, así como la insalubridad, e incluso a veces la excesiva responsabilidad, que supone un estado de continua tensión, factores que también aquí tendrían su participación. Pero para simplificar se considera sólo el factor restante: la duración, el tiempo de trabajo, como indicador de su cantidad, porque en los hechos es el elemento de más peso, de más incidencia general en el cálculo.

Pero ¿porqué el trabajo ?. Porque, de la misma manera que se toma la duración de éste y se “desprecia” el resto de factores cuando se determina su cantidad, el propio trabajo en sí mismo, junto a su producto, se toman como lo más importante y representativo socialmente de algo más esencial y general: el placer-displacer. Es decir, el trabajo es displacentero, es un esfuerzo y un tiempo “perdido” en sí mismo; pero que es compensado (o recompensado) por el carácter placentero del producto, de su resultado, del bien generado y de su capacidad de satisfacer una necesidad. Así, el trabajo, considerado en su proceso completo, en términos generales es anímicamente neutro; o sea, la molestia del esfuerzo en sí (displacer), considerado aislado, es compensado por el beneficio que supone el producto o su resultado (placer). Por eso el esfuerzo del trabajo “vale” la “pena”, o sea, lo que “vale” es la “pena” del esfuerzo o sacrificio, porque crea algo bueno que satisface alguna necesidad. De tal manera, el proceso de la creación del valor económico tiene como elementos: causa = sacrificio = negativo = displacentero = trabajo; efecto = beneficio = positivo = placentero = producto. En síntesis, las cosas “valen” lo que “cuestan”.

Hay veces que puede ser un poco displacentero o un poco placentero ese balance total (en el capítulo anterior hemos tratado sobre cómo hacer para que sea placentero). Por ejemplo: se agrega en mayor o menor medida el entusiasmo y la agradable “idea” de lo próximo a lograr, lo que neutraliza y supera el sacrificio, o bien es mayor el resultado displacentero. Pero para hacerlo más simple hay que suponerlo neutro en cuanto al balance del proceso total. Así entonces, si alguien trabaja para elaborar un bien determinado, y al finalizar se le “rompe” el producto, o se lo quitan y salen corriendo, quedaría sólo el displacer del esfuerzo realizado y del tiempo perdido, sin la recompensa equilibrante del producto.

La importancia de la duración del trabajo en la determinación del valor reside, por un lado, en que es el indicador de la “extensión” del despliegue del esfuerzo, como elemento fundamental que hace a su cantidad. Pero por otro lado, y especialmente en el trabajo que se “vende”, es decir el que no se hace para disfrutar directamente su resultado, sino para su intercambio, también significa invertir un tiempo destinado a ello, y que por tanto no se puede ocupar en otra cosa. Se enajena una parte, un “espacio” de la vida, siendo por ello también una pérdida, algo que se sacrifica, que se entrega. Dicha pérdida es un hecho negativo, y se suma como elemento displacentero a lo que es el esfuerzo en sí.

De tal modo, lo que hace al trabajo proveedor de valor es, en definitiva, la cantidad de displacer invertido durante el tiempo que lleve la generación del bien o producto. Por eso veíamos los tres factores que hacen a la “cantidad” de trabajo: duración, intensidad y riesgo; porque hacen a los elementos cuantitativos del displacer, que la ley de la decisión toma en consideración cuando compara las distintas opciones, como por ejemplo, qué otro bien (o por cuánto dinero) intercambiarlo para que sea equivalente a ese esfuerzo, sacrificio o molestia, o al menos para que no sea inconveniente o un “mal negocio”. Por ello, lo más básico que se tiene en cuenta es la conveniencia-inconveniencia de ciertos intercambios, el beneficio del producto en relación al perjuicio del esfuerzo que supone obtenerlo, su intercambio o no por otro, etc., y según la ley de la decisión. Se intercambia placer por placer o displacer por displacer. Y la cantidad de trabajo cuyo producto se intercambia, aunque muy importante y de categórica incidencia económica-social, es sólo uno de los posibles elementos “negociables”. Estos abarcan hasta las más íntimas relaciones humanas (reciprocidad en el intercambio de favores, o el exigir equidad en el reparto de las tareas domésticas, compensación por un perjuicio ocasionado, etc.).

Por tales razones, cuando se trata de considerar la cantidad de trabajo que contienen los bienes o productos, esto tiende a ser muy exacto al momento de promediarse socialmente. Es la mejor de las computadoras la que hace los cálculos: el cerebro, en sus funciones de procesar los datos para la ley de la decisión. Así, cuando se trata de los bienes a intercambiar (promediando otros factores, como la oferta y la demanda) la cantidad de trabajo, y en especial su duración, es lo que más influye, como resultado de un acuerdo social implícito, por ser lo más representativo de todo aquello. Esto siempre se tomó así, y es plenamente válido como medida práctica en los desarrollos teóricos económicos generales. Pero si de comprender la esencia se trata, la economía misma, aunque se manifieste como cantidad de beneficio-perjuicio, ganancia-pérdida económicos, "más caro" - "más barato", conveniente-inconveniente, etc., en el fondo, y en ésto es igual que cualquier cosa que haga a la vida humana, no es más que el movimiento de placer-displacer. Y no es de extrañar que sea así, cuando ya habíamos aceptado que nada puede salir de la ley general o de la decisión.

El esfuerzo como elemento displacentero puede inclusive crear un valor no intercambiable, o sea no económico, pero de igual naturaleza esencial como valor material. Por ejemplo, si un sujeto hace ejercicio físico para mejorar su estado corporal y su salud, allí encontramos el mismo mecanismo. El esfuerzo de la gimnasia, o de correr, etc., produce un beneficio, implica satisfacer una necesidad, que es la de mantenerse en “forma”. La diferencia con respecto al trabajo es que el producto del esfuerzo no es intercambiable. El beneficio o recompensa del sacrificio que supone el someterse al displacer del esfuerzo y del “tiempo” invertido en ello es sólo individual. No se puede hacer ese esfuerzo y “transferir” el resultado positivo a otro individuo. Pero si imagináramos que eso fuera posible, entonces sería como un trabajo más, y hasta se podría “vender el producto”. Así, el que quisiera tener un buen estado corporal y fisiológico, pero no está dispuesto a hacer el esfuerzo de la gimnasia, y/o no dispone de ese tiempo, entonces “compraría” el producto. El valor del mismo, nuevamente, estaría dado por la cantidad del esfuerzo o sacrificio de quien lo genere, es decir, en última instancia por el displacer invertido en ello. De ese modo, dicho “trabajo” tendría la recompensa de un dinero, como elemento esencialmente placentero, equivalente al beneficio del buen estado corporal y fisiológico que se “entrega”.

Pero al no ser transferible o intercambiable el producto de ese esfuerzo, no es un bien material económico, no es valor económico, sino un bien o valor material no económico. En otras palabras, todo esfuerzo tiende a crear bienes o valores materiales (obviamente no consideramos aquí los valores morales o espirituales, etc.), pero para que además de materiales, sean bienes o valores económicos, tienen que ser intercambiables o permutables. Solamente en función del intercambio es cuando se cuantifica el valor, cuando se lo hace objetivo por medio de hacerlo intersubjetivo, y sólo allí pasa a adoptar el carácter de valor económico.

Por tal motivo, en la vida social, el displacer del esfuerzo y del tiempo empleado durante el despliegue de ese sacrificio que es el trabajo, en relación al beneficio del producto, son elementos generalizados, promediados y estandarizados, y que por tanto, dada su regularidad, adquieren autonomía y carácter de ley económica, como lo es la determinación del valor según la cantidad de trabajo empleado.


4. El trabajo como creador de valor económico

Desde la esencia más general del valor económico, y que es la misma esencia de todos los valores (placer-displacer), tenemos enfrente un mejor panorama para apreciar el rol del trabajo y su cantidad como elemento determinante del valor de los productos. La conclusión que se deriva por el momento, a los fines de explicar porqué debemos considerar a la clase trabajadora en general como una única clase en la que sus miembros comparten idénticas condiciones, es que todos los trabajos destinados a dar satisfacción a alguna de las “mil” necesidades, son creadores de valor económico. Así, aunque sea un trabajo que corresponda al rubro de los servicios, y cuyo producto es “inmaterial”, ejemplo: un servicio de noticias, siempre genera valor económico, por el hecho de ser un trabajo cuyo producto o resultado da satisfacción a una necesidad; en este caso a la necesidad del impulso de curiosidad. Como se ve, esto no se diferencia esencialmente, considerando el psiquismo y sus impulsos, con el trabajo que produce alimentos, y que dan satisfacción al impulso alimenticio. Así por ejemplo, si hay un grupo de padres que viven aislados en el campo, que producen bienes materiales, ejemplo: alimentos, y con eso pagan a un maestro para que enseñe a sus hijos, hay un claro intercambio de valor, de trabajo material, concreto. Hay, y esta es la clave, una recíproca satisfacción de necesidades a través de los respectivos trabajos. El maestro satisface la necesidad de los padres (impulso fraterno), al beneficiarlos educando a sus hijos. Eso lleva trabajo, y como el mismo genera valor económico, el docente recibe su equivalente en productos alimenticios, que suponen una cantidad de trabajo similar. Si a esto le agregamos el dinero como instrumento de cambio (o la “sal” si queremos), veremos que da lo mismo que el maestro reciba los alimentos, o bien el dinero por su trabajo, y con los mismos billetes compre los alimentos a esos padres, o que prefiera ir con el dinero al poblado a comprar un mueble, y luego el carpintero compre con esos billetes los alimentos a aquéllos.

El valor de intercambio de los bienes, productos, servicios, que satisfacen alguna necesidad, está determinado, entonces, por la cantidad de trabajo que requiere su producción o provisión. Pero esta “fórmula” sólo es válida considerando constantes otras circunstancias, las que rara vez lo son, sino que casi siempre influyen quitándole pureza a su manifestación. Uno de esos elementos es la productividad del trabajo, que no siempre es la misma. Por eso, el valor de mercado de cierto producto no surge directamente de la cantidad de trabajo que empleó, por ejemplo, un individuo particular, sino que se trata del promedio social del tiempo de trabajo que requiere su producción. Así, si ese individuo utiliza métodos anticuados y demora 8 horas para construir una mesa, en otro lugar puede suceder que con el empleo de técnicas adecuadas un sujeto demore 4 horas para hacer la misma mesa. Si suponemos estos dos casos como extremos equidistantes de lo que sería la media social, el valor de mercado de ese tipo de mesas, su precio, sería el equivalente a 6 horas de trabajo. Por eso, el que fue más eficiente obtiene una ventaja, que es poder vender a un precio de 6 horas de trabajo lo que le llevó 4. Esas 2 horas que gana respecto al promedio son las mismas que pierde el que demoró 8 horas. Pero fuera de los casos extremos de mínima y máxima productividad, la mayoría de los carpinteros, en el ejemplo, se ubicarían alrededor del promedio, demorando aproximadamente las 6 horas. Por lo tanto, el valor de los bienes no está determinado por la cantidad de trabajo en un caso particular, sino por la cantidad media de trabajo necesario para su producción.

La otra circunstancia que también había que considerar constante o promediada, para que la cantidad de trabajo sea el factor directamente determinante del valor, es el de la oferta y la demanda, o sea, hay que considerarlas estabilizadas, de manera que se anulen mutuamente en su influencia. Porque cuando no es así, obviamente, será más valioso algo que se necesita y no se consigue. Al constituir un elemento muy necesitado (o sólo muy deseado), el que quisiera adquirirlo estará dispuesto a sacrificar más trabajo o esfuerzo (displacer) para obtenerlo. Y de ello se puede aprovechar su poseedor. Pero en general, y a modo de ley del mercado, hay una tendencia a la rápida estabilización de la oferta y demanda. Ante tal situación de gran conveniencia, inmediatamente se “despiertan” muchos, hasta que en poco tiempo ese objeto tan difícil de obtener queda al alcance de todos, y termina valiendo sólo el trabajo que lleva producirlo. Es decir, se estabilizan y se anulan entre sí la oferta y la demanda, quedando otra vez el trabajo y su cantidad como factor determinante del valor. Excepto, por supuesto, que aquel individuo, a través del poder de la fuerza, o de otros métodos, impida la competencia de los otros. Allí estaríamos ante un caso de monopolio, donde el producto se vende por encima del valor generado por el trabajo. Pero obsérvese que incluso aquí, considerando el precio artificialmente elevado, el mismo igual se mide por la cantidad de trabajo (aunque se exprese en dinero) que esté dispuesto a sacrificar o entregar el que quisiera obtenerlo. Sin embargo, estas son situaciones que salen de las leyes de la autorregulación y mutua anulación de la oferta y la demanda del mercado, y son casos equivalentes a la extorsión de un secuestro, donde se exige el pago de una cantidad sin ninguna base de intercambio de trabajo. De todas formas, se podrá apreciar que inclusive aquí el valor a pagar es también una cantidad de trabajo socialmente promediada en el valor del dinero.

En definitiva, la cantidad de trabajo, promediado socialmente, es el elemento determinante del valor, considerando siempre una situación normal de mercado, de libre negociación e intercambio de los productos del trabajo o de su equivalente en dinero. Claro que esto no siempre sucede en el capitalismo actual, donde los poderes monopólicos ejercen un papel extorsivo sobre los precios. Pero como estamos analizando la esencia del valor del trabajo, debemos comenzar por lo más simple, y considerar una situación de libre mercado o “libre concurrencia”, donde en general el precio coincide con el valor real de los productos, determinado por la cantidad promedio de trabajo que se requiere para generarlos.


5. El modo de producción capitalista y la plusvalía

Lo que hemos visto hasta ahora es la determinación del valor en general como categoría económica, y su aplicación a cualquier trabajo cuyo producto satisface alguna necesidad. Y como podremos notar, según los impulsos que conocemos en el hombre, de los que se derivan aquellas “mil” necesidades adquiridas, pero reales y concretas en una sociedad dada, no sólo la producción material les da satisfacción, sino todos los trabajos. La única diferencia, y que no es algo menor si lo miramos en otro sentido, es que la producción material, o que genera bienes de uso materiales, objetos concretos, se orienta a satisfacer las necesidades más básicas para la vida, además de proveer lo indispensable para la infraestructura y el funcionamiento de la sociedad, y de allí su importancia especial.

Pero veamos qué pasa cuando todo esto se aplica al modo de producción y apropiación del capitalismo. Cuando un capitalista, que es propietario de los medios de producción, de los medios e instrumentos de trabajo, emplea trabajadores, encontramos que para obtener alguna ganancia, como es sabido, no les paga el equivalente al valor que producen. Si así fuera, simplemente no le quedaría nada. Por eso les paga menos. Por ejemplo, luego de vender el producto, y una vez deducidos ciertos costos de lo invertido, de lo que queda (que es el nuevo valor producido), les paga por ejemplo el 50% al conjunto de los trabajadores y el 50% restante es su ganancia, es decir, la plusvalía, que Marx definió como la parte del valor producido por el trabajo que no recibe su equivalente en salario, y que (si todo lo demás coincide con los promedios sociales) se traduce a la ganancia del capitalista.

En términos puramente económicos, esa es la explotación, es la apropiación de plusvalía, como característica esencial de las relaciones de producción capitalistas, del modo de funcionar el sistema capitalista. Ahora, es curioso que este mecanismo de generación de valor y sustracción de plusvalía, por lo general, se lo atribuyera únicamente a la producción de bienes materiales, como si los obreros industriales fueran los únicos generadores de valor y plusvalía. De ser así, esa plusvalía, como parte no reintegrada a los obreros industriales, del valor generado por su trabajo, sería la única plusvalía disponible como valor genuino, para repartir al resto de la sociedad; para con eso, por ejemplo, pagar los sueldos a los trabajadores en general. Siendo así, estos últimos estarían en algún sentido distanciados y hasta enfrentados económicamente con aquéllos, que al parecer serían los únicos que producirían valor económico.

Pero veamos cómo son las cosas. Aunque es cierto que los alimentos, por ejemplo, que toda la sociedad consume, surgen únicamente del trabajo de los obreros industriales o rural-industriales del ramo, a su vez los maestros son los “únicos” que proveen educación básica a todos los niños de la sociedad, incluyendo a los hijos de esos obreros. O también, los médicos y enfermeros atienden a todos los demás, incluyendo a los obreros que producen alimentos. Esa atención o servicio de salud vale más que los medicamentos “materiales” aislados. En otras palabras, tales trabajadores de la salud satisfacen, con su trabajo material y concreto, una necesidad de todos. Por lo tanto su trabajo tiene el mismo valor económico. Es una cantidad de trabajo vivo que genera valor, que es intercambiable. Ello significa que es susceptible de generar plusvalía. Así, en el modo y las relaciones de producción capitalistas, si el dueño de una clínica, por ejemplo, emplea médicos, enfermeros, administrativos, personal de limpieza, como sus trabajadores, toda ganancia que extraiga será producto de la explotación económica, de haberles pagado a sus empleados menos del valor generado por su trabajo. En otros términos, la generación de plusvalía y la explotación implicada son propiedad del modo de producción capitalista y no del “tipo de trabajo”. Todo trabajo vivo, concreto, material en definitiva, que satisface alguna necesidad, es creador de valor y, en el capitalismo, de plusvalía. Esto es aplicable a todos los trabajadores asalariados cuyo producto de su trabajo, sea material o no, es intercambiable o factible de ser vendido por el propietario o empleador. Desde el momento en que se cumple un trabajo que cubre alguna necesidad, ya genera valor, es un bien, una mercancía (sea o no un objeto material) que es intercambiable o que se puede vender. Y si lo recibido en salario es menor que el valor total de ese producto o servicio intercambiable que ha creado el trabajo, entonces hay explotación y plusvalía.

El “secreto” está en los impulsos correspondientes a la estructura psicológica del hombre y en las “mil” necesidades derivadas de ellos. Los productos materiales sólo satisfacen unos pocos impulsos, ejemplo: el alimenticio, de bebida (cuesta trabajo producir agua potable), de calefacción (abrigos, calefactores, combustibles). A esto se puede agregar la construcción de viviendas, de muebles, utensilios, que hacen a la necesidad de protección (impulso de conservación) y de comodidad, y algún impulso más o parte de un impulso. Pero quedan varios impulsos, o necesidades primarias en el sentido de que son del mismo nivel básico de los impulsos, que también reclaman satisfacción. Así por ejemplo, el impulso de curiosidad tiene necesidad de medios de información, y ello supone miles de trabajadores que se desempeñan en esa función, a cambio de un salario. El mismo impulso de curiosidad, más el fraterno de los padres, fundamentan la necesidad de aprendizaje o instrucción de los niños y jóvenes. Para eso hacen falta miles y miles de trabajadores de la educación (maestros, profesores, personal de limpieza y mantenimiento, trabajadores del transporte escolar). Luego, el impulso recreativo y de variación buscan su satisfacción en todo lo que implique entretenimientos, y allí encontramos miles de trabajadores asalariados de radio, televisión, revistas, espectáculos artísticos y deportivos, de mantenimiento de plazas y espacios verdes para el esparcimiento, etc. El impulso de comunicación necesita los correos y teléfonos, y para dar satisfacción a ello son necesarios miles de trabajadores. Los medios de transporte de pasajeros satisfacen al menos el impulso mediador; son precisamente medios para algo importante, como por ejemplo dirigirse al trabajo o a cualquier parte. Los trabajadores del turismo cumplen con la satisfacción del impulso de descanso, asistiendo en todo lo que requieren los centros vacacionales. Los trabajadores que distribuyen las mercaderías, así como los empleados de comercio, cumplen con la necesidad de trasladar, acercar, separar y colocar a la vista las mercaderías en los centros de distribución. Los consumidores pagan el trabajo que supone ir a buscarlas a las fábricas. Se amontonarían millones de consumidores en las fábricas si no hubiera quienes se ocupen de todo lo que hace a la distribución de los productos. Luego están los trabajadores de las empresas que proveen energía eléctrica, producto de “dudosa” existencia material, a diferencia del agua corriente o gas natural, pero que se los incluye por igual en el rubro de los servicios. A esto habría que agregar los trabajadores de las empresas de recolección de residuos, y muchos más que trabajan en los distintos sectores de servicios.

La materialidad o no de los bienes de uso y de cambio que producen los distintos trabajos es algo irrelevante. En términos absolutos todos son materiales porque no existe nada fuera de la realidad material. Y tanto un alimento que se ingiere, como la satisfacción de cualquier necesidad, terminan por igual en las vías del sistema nervioso del consumidor, estimulando los centros cerebrales materiales que hacen al estado de satisfacción de la necesidad. En el caso de los servicios, al tratarse de trabajos que satisfacen necesidades, y que por tanto producen valor económico, y por eso son intercambiables, en el modo de producción capitalista también generan plusvalía (parte no pagada de ese valor producido), y por consecuencia explotación de los trabajadores. Los dueños de las empresas respectivas, que venden esos servicios, los venden a su valor real. O sea, el precio es el del valor creado por el trabajo material, concreto, de “carne y hueso”, realizado por los trabajadores. Pero para obtener sus ganancias, sólo pueden hacerlo con el habitual procedimiento de “práctica”, que es pagar a los trabajadores la menor fracción posible del valor económico (de venta) producido por su trabajo.

En el caso de los muchos trabajadores asalariados que trabajan para empresas o reparticiones del Estado, la situación es la misma. El Estado capitalista, al momento de dar empleo y fijar el salario de sus trabajadores, se basa en los precios del mercado laboral; es decir, mira los precios en la “subasta de proletarios”. Así, si en promedio los trabajadores del resto de la sociedad producen un valor de 5 pesos en una hora de trabajo, el Estado burgués no pagará eso, sino por ejemplo los 2,50 pesos que se paga en promedio en el resto de trabajos privados. La diferencia es plusvalía, la misma que se obtiene del resto de la clase trabajadora, pero que el Estado introduce en la bolsa mayor de los impuestos que recauda, pasando desapercibida.

Por otra parte, fuera de los trabajos realmente útiles y que satisfacen necesidades de todos, hay en el capitalismo muchos trabajos volcados a satisfacer necesidades que solamente son de los propios capitalistas, y que hacen a sus negocios y manejos diversos, actividades éstas que esencialmente no son de utilidad para el resto de la sociedad. A ello se agregan muchos gustos, caprichos, excentricidades de la clase burguesa, que son costosísimos en cuanto al esfuerzo y la cantidad de trabajo que requieren, y que son el resultado de no saber qué hacer con tanto dinero de la plusvalía extraída al proletariado. Los trabajadores que se emplean para esto, como todo trabajo, generan valor; y si son empleados de una empresa que ofrece tales servicios, una parte de ese valor será la plusvalía que quedará para el empresario.

Esos bienes y servicios, en general, son superfluos desde el punto de vista de los trabajadores. Son una pérdida de capacidad productiva y de trabajo. Hay diversos trabajos que deben dejar de hacerse en el socialismo, para volcar esos mismos esfuerzos, que implican el desperdicio de millones de horas-hombre, a aumentar la producción de lo que tienda a satisfacer necesidades más elementales o prioritarias, o por lo menos "razonables". Ya que el trabajo, el esfuerzo, es lo que vale, son los propios trabajadores, y no los que no trabajan, los que deben decidir cómo conviene invertir esa fuerza de trabajo, y hasta donde es realmente necesario.

Hay que reconocer que en el caso de un capitalista “tradicional”, que maneja y dirige personalmente su empresa, sea de producción de bienes o de servicios, su trabajo también genera valor. Es el trabajo de coordinador de las tareas, y muchas veces se arremanga y ayuda. Pero dicho valor constituye una mínima fracción de sus ganancias. Por ejemplo, si cuenta con 100 trabajadores, por lo que cada uno aporta aproximadamente el 1% del valor total producido, su participación en la creación de dicho valor sería también cercana al 1%; o concedámosle el 2% si imaginamos que dedica muchas horas a la empresa, lo que significaría el doble de trabajo. En tal caso, al obtener de ese nuevo valor producido (sin contar lo que sería la recuperación de otros costos) una ganancia del 50%, como habíamos supuesto en la anterior hipótesis, quiere decir que solamente aportó como máximo el 2% con su trabajo, y el restante 48% es plusvalía, es trabajo no pagado a sus obreros. Cada uno de ellos recibió alrededor del 0,50% del valor generado por el conjunto, y no cerca del 1% con el que su esfuerzo aportó a la creación del valor producido.

Con respecto a los grandes capitalistas, a los principales accionistas de importantes empresas, al no ocuparse de la dirección y la administración de las mismas, no aportan valor, sino que sólo proceden a retirar sus dividendos, que implican plusvalía de “máxima pureza”.

En una situación similar están los beneficios de los intereses que obtienen los capitalistas financieros, que por haber prestado el dinero a los empresarios para que éstos hagan el “trabajo sucio” de obtener la plusvalía, simplemente reciben la devolución de lo invertido más una parte del “botín” de la plusvalía extraída a los trabajadores, como era el “trato”.

Hasta el interés que genera un inocente depósito bancario, que parece surgir de la “magia” del dinero en su capacidad de reproducirse, surge del mismo mecanismo. El banco recibe los depósitos y los presta al empresario. Este procede a retirar la plusvalía, explotando la única fuente de riquezas de la que dispone, que es la parte del trabajo no pagado a los obreros. Luego, de lo extraído devuelve al banco lo recibido en préstamo más el excedente tratado. El banco a su vez devuelve al depositante lo que puso más la fracción tratada del mismo “botín”, que lógicamente será menor que el excedente recibido de manos del empresario. Tal diferencia es lo que queda para el banco.

Pero a todo esto, ¿cuál es la situación de los trabajadores del banco ?. ¿Ellos también “viven” de la plusvalía extraída a aquellos obreros ?. En primer lugar, no hay dudas de que los banqueros obtienen ganancias de esos negocios, y, hablando siempre en términos de promedios sociales, toda ganancia surge de la plusvalía. Pero ¿dónde se origina la plusvalía o ganancia del banquero ?, ¿en el circuito cuyo origen es la obtención de plusvalía por parte de aquel empresario, o en el trabajo no pagado a sus trabajadores bancarios ?. La respuesta a esto es muy importante: surge del trabajo no pagado a sus propios obreros de corbata. Pero veamos algo que es aún más importante: el porqué.

Supongamos que lo que recauda el banco, cifra surgida del interés cobrado al empresario menos el interés que el banco paga a sus depositantes, es de 1.000 pesos. Restémosle algunos costos que tiene la entidad bancaria, sin considerar todavía el sueldo de sus trabajadores, y quedarían por ejemplo 500 pesos. Esta última cantidad es el valor que generó la actividad del banco, es decir, es el valor producido por el trabajo de muchas horas realizado por sus empleados. Pero el banquero no les pagará esa cifra. ¿Qué “gracia” tendría ?. Les abonará, por ejemplo, 250 pesos a repartir entre todos, y los restantes 250 serán su ganancia.

Pero todo ese dinero, ¿no era plusvalía obtenida del trabajo de los obreros de aquella empresa ?. Para responder a esto, primero debemos tener en cuenta que estamos hablando de un caso de aquellos en que se trata de trabajos que esencialmente son de escasa utilidad para la sociedad en general, y fundamentalmente sirven a los capitalistas. Pero como estamos hablando del sistema capitalista, son trabajos que satisfacen una necesidad, no importa de quien, en dicho sistema. Para que sea más fácil, imaginemos que el banco es propiedad de los trabajadores bancarios; ellos se reparten toda la utilidad. Y por otro lado, imaginemos también que aquella empresa que solicitó el crédito es propiedad de los obreros. Aquí, entonces, no hay ningún capitalista. Sólo hay dos empresas que trabajan y generan valor, pero no plusvalía, ya que en ambos casos cada trabajador recibiría el 100% del valor generado por su trabajo. Ahora, esa empresa de los obreros pide a los trabajadores-banqueros un financiamiento, y lo pide porque tiene necesidad de ello. En el sistema económico donde está dicha empresa, muchas veces se necesita ese servicio. Pero ofrecer dicho servicio, satisfacer tal necesidad, lleva trabajo. Hay muchas tareas internas del banco, hay cajeros, personal de maestranza y de mantenimiento, atención al público que realiza sus depósitos, etc. Por eso, no se trata de una usura ni nada parecido; simplemente aquellos obreros-empresarios pagan dicho trabajo, y al precio de mercado. ¿Con qué lo hacen ?, con trabajo, porque ellos generan con su actividad laboral un valor determinado, materializado en los productos que elaboran y que luego venden, obteniendo el equivalente en dinero. De ese valor, pagan a los trabajadores-banqueros el servicio prestado con su trabajo; pago éste, consistente en el interés o excedente que se suma a la devolución de la cifra prestada. Por lo tanto, todo lo que hay es un intercambio de trabajo, de valor real, es trabajo por trabajo.

Así como los obreros-empresarios, cuando venden sus productos obtienen a cambio el valor de su trabajo, por cuanto dichos productos satisfacen alguna necesidad al que los paga, sin importar a qué se dedica el comprador, de la misma manera, los bancarios-banqueros reciben como pago el equivalente al valor de su trabajo, el cual también satisface la necesidad de quienes lo abonan, sin importar, aquí, si son obreros o capitalistas.

De tal manera, hemos visto un puro movimiento de valor, de trabajo por trabajo, sin ninguna plusvalía. Pero las cosas no son así, sino que hay un banquero ( o dueños accionistas de un banco que es lo mismo, pero no hace falta complicarse) y un empresario. Estos se quedan con una parte del valor generado por sus respectivos trabajadores asalariados, es decir, tanto uno como otro extraen plusvalía.

Podemos suponer, inclusive, otra situación más esclarecedora de porqué la ganancia del banquero surge de la explotación del trabajo de sus empleados. Imaginemos por un lado al banquero y sus trabajadores, y por otro a aquella empresa volcada a la producción material, pero sin capitalista, o sea con obreros-empresarios que se reparten el producto de su trabajo. Así, éstos solicitan el crédito por tener esa necesidad, y luego trabajan y venden sus productos, devolviendo el préstamo más el excedente o interés, que es el pago del servicio. Allí no habría ninguna plusvalía en lo que respecta a los obreros. Ese pago que hacen al banco es como uno más de sus distintos costos para su funcionamiento, como lo es, por ejemplo, el pago de la energía eléctrica. Pero el banquero sí se queda con una parte del valor que generó el trabajo de sus propios “obreros”. Parte ésta que es la única plusvalía que se puede encontrar en todo el proceso.

Pero para ir más lejos todavía, supongamos que lo que produce esa empresa dedicada a la producción material son muebles, útiles y máquinas especiales para los bancos. Entonces el banquero, que se propone invertir sus ganancias abriendo nuevas sucursales, destina ese dinero, o sea el capital surgido de la plusvalía extraída a sus trabajadores, en comprar los muebles o máquinas a dicha empresa. Y así, volviendo a nuestro interrogante inicial, que era si los trabajadores bancarios “vivían” de la plusvalía extraída a los obreros de la empresa, podríamos decir que aquí es lo contrario, que tales obreros dependen o “viven” de la plusvalía surgida de la explotación de los trabajadores bancarios por parte del banquero.

Por eso, la plusvalía y la explotación económica implicada es una propiedad del modo de producción capitalista y no de la naturaleza de uno u otro trabajo concreto del que se deriva aquélla. Quien vende un determinado producto o servicio, recibe un dinero cuyo valor proviene siempre de algún trabajo anterior. Será plustrabajo o parte de trabajo no pagado (plusvalía) si el comprador es un capitalista, o será trabajo pagado (salario) si el que se apoya en el mostrador es un trabajador asalariado. Pero al que vende el producto, eso es lo que menos le interesa. No tiene un tabique separador en su caja para poner de un lado plusvalía y del otro lo que no lo es. Si le preguntara al cliente si piensa pagar con plusvalía o no, seguramente le responderá: ¡no, en efectivo !, y se irá quizás con la creencia de que la plusvalía es el nombre de una nueva tarjeta de crédito. El vendedor, por el producto que entrega recibe por igual todo dinero porque sabe que tiene valor. Pero como todo valor es producto del trabajo, la procedencia última de todo dinero y de su valor es siempre el esfuerzo de los trabajadores en general.

Como conclusión, toda plusvalía surge del trabajo real, concreto, de todos los trabajadores sobre los que recaiga el modo de producción capitalista, sin distinción del tipo de trabajo ni de la “elegancia” en la vestimenta que pueda exigir el empleador.


6. Conceptos de clase trabajadora, proletariado y clase obrera

Ampliando nuevamente el enfoque, encontramos que en el capitalismo hay una clase que es la propietaria de los medios de producción y de los puestos de trabajo. Fuera de los pocos cuentapropistas, pequeños comerciantes, profesionales, el resto de la sociedad es una sola clase de proletarios, cuya característica esencial, y que es la que la define, es que no disponen de medios de trabajo, por lo que están obligados y atados por las cadenas invisibles que descubrió Marx en el sistema capitalista, a aceptar necesariamente la “natural” condición de trabajar para esa clase propietaria, recibiendo sólo una parte, y la menor posible, del valor real de su trabajo. En esto no hay ninguna diferencia entre trabajadores industriales y no industriales. Es más, tanto unos como otros experimentan una constante rotación de un sector a otro, y ni siquiera notan la diferencia. Solamente perciben que son exigidos y explotados por un salario mínimo en ambos casos, y es totalmente casual que se les extraiga plusvalía en uno u otro sector de la producción general de bienes y servicios.

En definitiva, los muchos millones de trabajadores que se desempeñan fuera de la producción material comparten idénticas condiciones de clase y de explotación económica, con sustracción de plusvalía, que los obreros industriales. En ambos casos, tales trabajadores no tienen nada aparte de su fuerza de trabajo para vender, y al precio que los patrones dispongan. Y en general tienden a “disponer” que sea bajo ese precio; sobre todo cuando los índices de desocupación (es decir la cantidad de seres humanos desesperados que no consiguen una fuente de vida) son “satisfactorios”. Tal situación social está siempre presente en el capitalismo, por ser útil a la clase capitalista, al cumplir la función reguladora de mantener bajo el precio en las “vidrieras” del mercado de proletarios. Ello obliga a estos últimos a competir entre sí por los limitados puestos de trabajo. Y hasta tienen que contentarse por haber conseguido un trabajo, a sabiendas de que serán exprimidos, porque la otra opción que les ofrece el sistema, sin hablar del recurso del delito, es la inanición propia y de sus hijos, es decir, aparece el “tironeo” de la cadena invisible, que obliga a trabajar para esa clase propietaria, teniendo inclusive que dar las gracias por haber sido aceptado.

Es evidente que la solución es que la clase trabajadora, ocupados y sin trabajo, o sea el proletariado en general, los que no tienen ningún derecho sobre los medios de producción y de trabajo, con todo respeto desplacen del poder a esa clase que se ha apropiado de algo tan importante como son los medios de producción y de trabajo, de los que depende la vida de todos, procediendo a su expropiación. Esto último, según el diccionario, significa: “desposeer legalmente a un propietario por razones de utilidad pública”. Pero obsérvese que ni siquiera sería eso, sino simplemente recuperar la posesión de algo que los trabajadores deben reclamar como suyo. Todos los medios de producción y los grandes capitales fueron creados por el trabajo del proletariado; son la parte no pagada del valor de su trabajo. Si a ello se agrega una generosa indemnización, que por lo tanto debe considerarse como un regalo, los miembros de aquella clase deberían darse por satisfechos. En resumen, los trabajadores no necesitan la presencia de esa clase social para organizar su vida y su futuro, sino todo lo contrario. Unicamente podrán hacerlo liberándose de ella.

Dicha expropiación se refiere siempre a los medios fundamentales de producción, a las grandes fábricas, bancos, empresas, que aunque su número no sea muy grande, su movimiento económico hace a la casi totalidad. No es necesaria la expropiación de las empresas menores, ni mucho menos a quienes trabajan por cuenta propia en pequeños talleres o comercios. Sólo se trata de que si el Estado en manos de la clase trabajadora garantiza la plena ocupación, asegurando un pago aproximado al valor total creado por el trabajo, esos empresarios no conseguirán “buen precio” en los mercados de proletarios, donde escasearía la “mercadería”. Por lo tanto, ante la opción de ganancia “cero”, que resultaría de pagar el valor real del trabajo, terminarían por sí solos prefiriendo ser expropiados e indemnizados, para sumarse luego a las filas de la clase trabajadora, aportando sus conocimientos y esfuerzos no ya a las disputas y peleas con los trabajadores, competidores, proveedores y clientes, sino solamente al bien social.

Volviendo al concepto de clase trabajadora, el haberse identificado al proletariado con la clase obrera industrial, probablemente responda a que hace un siglo y medio, cuando Marx y Engels elaboraron sus desarrollos teóricos, el proletariado volcado a la producción material era la mayoría absoluta de los trabajadores asalariados o proletariado en general como clase, y su consideración era suficiente para describir la dinámica de la lucha de clases entre proletarios y burguesía. Era lo fundamental. Una distinción que se hacía, pero no en la vida y las condiciones de explotación de los trabajadores, sino en las teorías económicas, era entre la producción de bienes materiales perdurables y susceptibles de acumulación o capitalización, ejemplo: fábricas, máquinas, elementos de trabajo y todo lo que haga a la infraestructura de la industria, agregándose productos o mercancías perdurables y por tanto acumulables como capital comercial; y por otro lado la producción de bienes materiales no perdurables ni capitalizables como tales (alimentos o artículos de uso común cuya acumulación es inconveniente por su rápido deterioro, o por ser superados por las modas o por aparecer con rapidez modelos nuevos y mejores). Pero tal distinción no salía del marco de lo que era la producción material. En cuanto a las otras necesidades derivadas de los impulsos cuya satisfacción no implicaba el consumo de objetos materiales, eran menos ramificadas, más sencillas, y tenían por lo general soluciones más “caseras”, o sin una gran importancia económica de conjunto para el modo de producción capitalista. Y la parte de los servicios que tenían alguna presencia en la sociedad eran realizados mayormente por lo que hoy conocemos por cuentapropistas. Es decir, no había prácticamente empresas de servicios, con un capitalista y sus asalariados, sino que eran individuos con algún oficio que trabajaban personalmente ofreciendo servicios diversos, por lo que obtenían aproximadamente el total del valor de su trabajo.

Marx no le prestó mucha atención a los servicios, por lo señalado acerca de la escasa importancia que representaban para el modo de producción capitalista. El criterio que él adoptaba para distinguir entre trabajo productivo e improductivo se basaba en el punto de vista del movimiento del capital, es decir, sólo era productivo el trabajo que caía dentro del modo de producción capitalista, donde el capitalista obtenía plusvalía para la acumulación. Así, el trabajo de un carpintero que fabricaba un mueble y consumía el valor obtenido de su venta era trabajo no productivo, por no servir a la acumulación capitalista. Mientras que ese mismo carpintero, construyendo el mismo mueble, realizaba trabajo productivo si lo hacía como asalariado de un capitalista que obtenía de él una plusvalía destinada a la acumulación, al acrecentamiento de capital. Pero dado que la segunda modalidad era la que coincidía con la producción material, y la primera, es decir el trabajo por cuenta propia, coincidía en general con el rubro de servicios o producción no material, entonces, y como una medida práctica de simplificación, se tomaba la producción material como trabajo productivo y el de servicios como trabajo improductivo. Sin embargo, en los siguientes párrafos extraídos de su obra póstuma: “Teorías de la plusvalía”, cuyos manuscritos Engels pretendía publicar como un cuarto tomo de El Capital, Marx demuestra lo bien que entendía la situación; aunque como se podrá notar, debió esforzarse para encontrar ejemplos de algo que casi no existía:

“...Por consiguiente, el proceso de producción capitalista no es simplemente la producción de mercancías. Es un proceso que absorbe trabajo impago, que convierte materias primas y medios de trabajo -los medios de producción- en medios para la absorción de trabajo impago.
....De lo que se ha dicho se sigue que la designación del trabajo como trabajo productivo nada tiene que ver con el contenido determinado del trabajo, su utilidad especial, o el valor de uso particular en que se manifiesta.
.... El mismo tipo de trabajo puede ser productivo o improductivo.
....
Por ejemplo, Milton, quién escribió el Paraíso perdido por 5 esterlinas, era un trabajador improductivo. Por otro lado, el escritor que produce materiales para su editor en estilo fabril es un trabajador productivo. Milton produjo el Paraíso perdido por la misma razón que un gusano de seda produce seda. Fue una actividad de su naturaleza. Más tarde vendió el producto por 5 esterlinas. Pero el proletario literario de Leipzig que fabrica libros (por ejemplo, Compendios de Economía) bajo la dirección de su editor, es un trabajador productivo, pues su producto se encuentra subsumido desde el comienzo bajo el capital, y nace sólo con el fin de acrecentar ese capital. Una cantante que vende su canción por su propia cuenta es una trabajadora improductiva. Pero la misma cantante a quien un empresario ordena que cante con el fin de ganar dinero para él es una trabajadora productiva, pues produce capital.” (Marx Carlos. Teorías de la plusvalía. Editorial Cartago. Buenos Aires 1974, tomo I pág. 339).

Y unas páginas después:

“...Por ejemplo, si hago reempapelar mi casa y los empapeladores son asalariados de un amo que me vende el trabajo (...), para el amo que hace que esos obreros empapelen, ellos son trabajadores productivos, pues le producen plusvalía (...). Este proceso de producción no es sólo un proceso de producción de mercancías, sino un proceso de producción de plusvalía, de absorción de sobretrabajo, y por lo tanto un proceso de producción de capital” (Idem pág. 343).

Más adelante:

“...Puede decirse (...) que es una característica de los trabajadores productivos, es decir, de los trabajadores que producen capital, que su trabajo se realiza en mercancías, en riqueza material. Y entonces el trabajo productivo, junto con su característica determinante -que no tiene en cuenta para nada el contenido del trabajo y es independiente por entero de dicho contenido-, recibirá una segunda definición, distinta y subsidiaria.” (Idem, pág. 346).

Esa “segunda definición” es la que originó la confusión. Lo que en aquella época era sólo una coincidencia del concepto de trabajo productivo, es decir creador de plusvalía, con la producción material, se tomó como la definición auténtica. Pero la auténtica, cuya característica determinante, como dice Marx, no tiene en cuenta para nada el contenido del trabajo, se ignoró casi por completo. Y esa característica determinante del trabajo productivo, en la acepción económica que entendía Marx por trabajo productivo, no es otra cosa que el trabajo asalariado que genera plusvalía.

Veamos por último el siguiente pasaje referido a los servicios:

“...También aquí el modo de producción capitalista se encuentra sólo en pequeña escala, y por la naturaleza del caso sólo puede aplicarse en pocas esferas. Por ejemplo, los maestros de establecimientos educacionales pueden ser simples asalariados del empresario del establecimiento; muchas de estas fábricas educacionales ya existen en Inglaterra. Aunque en relación con los alumnos estos maestros no son trabajadores productivos, lo son con relación a su empleador. Este cambia su capital por la fuerza de trabajo de ellos, y se enriquece gracias a este proceso*. Lo mismo ocurre con empresas tales como teatros, lugares de diversión, etc. En tales casos, la relación del actor con el público es la de un artista, pero en relación con su empleador es un trabajador productivo. Todas estas manifestaciones de la producción capitalista en esta esfera son tan insignificantes en comparación con el total de la producción, que se puede prescindir por completo de ellas”. (Idem, pág. 347).


* Un ejemplo similar ya fue utilizado por Marx en el tomo I de El Capital: ...”Un maestro de escuela, por ejemplo, es un trabajador productivo, no porque forme el espíritu de sus alumnos, sino porque trabaja (...) para enriquecer al propietario de la escuela. Que éste haya colocado su capital en una fábrica de lecciones en lugar de invertirlo en una de salchichas, eso es cosa de él. Por lo tanto la noción de trabajo productivo ya no encierra sencillamente una relación entre actividad y efecto útil, entre productor y producto, sino además, y sobre todo, una relación social que hace del trabajo el instrumento inmediato de la valorización del capital”. (Marx Carlos. El Capital. Editorial Cartago. Buenos Aires, 1974, tomo I pág. 487- 488)

Y hasta hoy se ha seguido “prescindiendo por completo de ellas”, a pesar de que la esfera “insignificante” de los servicios ya ocupa a alrededor de la mitad de los trabajadores asalariados.

Esa clasificación de los trabajos en productivos e improductivos sólo debe tomarse como una distinción técnica muy específica, y limitada al contexto de la ciencia económica, como categorías relacionadas al movimiento del capital y su razón de ser, que es su acrecentamiento por medio de la sustracción de plusvalía. Pero en relación a la creación de valor, todo trabajo cuyo producto sea intercambiable y satisfaga alguna necesidad, genera valor de acuerdo a su cantidad, y en esto no hay diferencia entre un trabajo cuyo valor producido se consume totalmente y otro que se consume parcialmente quedando una parte de ese valor en poder del capital para su acumulación. En ese otro sentido, todos los trabajos serían productivos, es decir, en el sentido de crear valor.

En conclusión, en los distintos rubros de los servicios hay millones y millones de trabajadores igualmente proletarios como los trabajadores industriales, y sometidos a las mismas condiciones de explotación económica, o bien de angustiante desocupación cuando son despedidos, por no ser fácil vender lo único que tienen para vivir que es su fuerza de trabajo.

El no haberle prestado mayor atención a la esfera de los servicios, como se ha visto, no puede ser considerado un error de Marx, como tampoco fue un error suyo el no haberse ocupado del problema de la “capa de ozono”. Sólo ha sido un mal entendido relativamente “moderno”, pero que llevó a un cierto estancamiento teórico en relación al análisis científico de las clases; sobre todo teniéndose en cuenta la gran dimensión que han adquirido los servicios, incorporándose al modo de producción capitalista, a las relaciones de producción: capitalistas-asalariados, o burguesía-proletariado. Ello ha significado perderle “pisada” al desarrollo objetivo de la lucha de clases. A los trabajadores no industriales mayormente se los vio como pertenecientes a una falsa “clase media”, y en una irreal doble condición; por un lado de explotados, pero en sentido “figurado”, por el hecho de trabajar mucho y recibir poco; y por otro, al no entenderse con claridad la situación, como ¡explotadores !, como si vivieran de la plusvalía surgida del trabajo ajeno de los obreros industriales, lo que es un completo error, pero donde todo llevaba a tomarlo así. Esta absurda situación ha dado lugar, inclusive, a que se diga que el proletariado (mal entendido como la clase obrera industrial) es relativamente un sector minoritario respecto al resto de la sociedad, y por lo tanto "sin mayores perspectivas revolucionarias".


7. El proletariado industrial en relación al resto de la clase trabajadora

El proletariado en general, todos los obreros y trabajadores, ocupados, desocupados, e inclusive trabajadores jubilados, es decir, todos los que en el capitalismo carecen de derechos sobre los medios de producción y de trabajo, constituyen un solo grupo homogéneo en su condición social, y por ello corresponde concebirlos como pertenecientes a una misma clase, ampliamente mayoritaria en la sociedad. La parte de ese conjunto, que es lo que conocemos como clase obrera industrial, tiene no obstante un lugar de especial importancia, porque de ella depende el funcionamiento de las grandes fábricas, las fuentes de energía, la extracción y el procesamiento de las materias primas, la provisión de alimentos y demás bienes elementales; y esto es, igual que antes, fundamental para la sociedad. Otra característica de este tipo de producción con producto material, y que lo hace más importante y esencial para la sociedad, es que allí se encuentran los rubros del trabajo social que generan bienes perdurables, sin consumo inmediato, y que por tanto son factibles de ser producidos para la acumulación, es decir para formar y acrecentar capital genuino como auténtico trabajo acumulado. Aquí se “fabrican” las fábricas, los edificios, máquinas, materiales e instrumentos de los que se valen todos los demás trabajos. No hay trabajos de elaboración de productos o de prestación de servicios que no requieran medios de producción o de trabajo materiales. Quizás pueda exceptuarse alguno, pero hasta una escoba o un lápiz son indispensables para el menor servicio.

Los otros rubros de la producción material que generan productos no perdurables, como por ejemplo alimentos frescos o con fecha de vencimiento muy limitada, estarían en el mismo plano que los servicios, por cuanto se trata de trabajos cuyo producto o resultado se consume totalmente, y no es posible su acumulación. En cambio aquella parte de la producción material que genera productos perdurables es el sector de la actividad laboral que crea valor o plusvalía acumulable en forma genuina; aunque también se incluyen, en esta parte de la producción material, los productos de consumo perdurables que no son de infraestructura o medios de trabajo, sino sólo mercaderías no perecederas en general, y por lo tanto susceptibles de acumulación.

Este sector del proletariado industrial es el único que genera valor real acumulable, y que en el modo de producción capitalista es plusvalía acumulable en capital genuino, existente en la “materia física”. En este tipo de acumulación material se reduce toda la riqueza real, verdadera, existente en la sociedad. En cambio el valor que se acumula en capital circulante, sea dinero u oro ya existente en la sociedad (que es la base del dinero y que teóricamente lo respalda), no es acumulación genuina de trabajo acumulado para la sociedad, sino sólo para su poseedor, y en su relación con los poseedores de los bienes materiales acumulados. Es decir, el dinero como bien de cambio significa que su poseedor puede entregarlo al dueño de un establecimiento fabril y éste recibirlo y entregar la fábrica al primero. Pero para la sociedad en su conjunto no hay ninguna diferencia. En este sentido, sería siempre más “productivo” en términos absolutos el trabajo cuyo producto material se destina a la acumulación de valor materializado en bienes reales y perdurables. Sin embargo, si aquel poseedor original del dinero, lo obtuvo por ejemplo a través de una empresa de servicios, extrayendo plusvalía de sus trabajadores, tal dinero excedente es también trabajo acumulado, y tiene el mismo valor que el plusproducto material que acumuló el capitalista industrial, y por eso son intercambiables. De hecho, ese capitalista industrial vende sus productos para convertirlos en dinero. Y si el comprador es el capitalista dueño de la empresa de servicios, ejemplo: se trata de máquinas utilizadas para los servicios que presta, al hacerlo con la plusvalía obtenida de sus trabajadores, éstos por consecuencia serían creadores de la plusvalía que se materializa en esas máquinas como acumulación genuina de capital material. Mientras tanto, los obreros del capitalista industrial crearon originariamente una plusvalía material, pero ahora convertida en dinero, que era el fin que perseguía el capitalista industrial; es decir, esos obreros crearon dinero, valor circulante. Así, ambos grupos de trabajadores crearon un valor excedente o plusvalía totalmente equivalente, y por eso intercambiable en forma indistinta entre los capitalistas.

Entonces, de la plusvalía general que los capitalistas obtienen de todos los trabajadores, una gran parte la consumen ellos mismos, y la otra se conserva como capital acumulado, sea en forma de bienes perdurables (o no perdurables “en tránsito”) o de dinero. De esos dos tipos de capital, el único “real”, pero sólo enfocando la sociedad en su conjunto y los bienes que allí existen, es el primero, el materializado en bienes. El otro, el dinero, es solamente valor acumulado pero en forma de circulante, de poder adquisitivo sobre los mismos bienes que hay en la realidad, pero sin “aportar” nada nuevo a lo que existe. Esas dos formas de plusvalía global que los capitalistas no consumieron, son sin embargo reales desde las leyes del valor como trabajo acumulado, y por eso son intercambiables entre los capitalistas. Son, por igual, producto de la parte no pagada del trabajo material y concreto de los trabajadores en general.

Como se ve, desde el punto de vista del proletariado, y de la explotación de la que es objeto, se trata de una diferencia puramente formal, no esencial, entre las características de un tipo de trabajo u otro, pero que produjo una enorme confusión respecto a la situación y a las condiciones generales de la clase trabajadora. En este caso, el motivo de confusión habría sido el identificar lo que es creación de valor y plusvalía materialmente acumulable, con creación de valor y plusvalía en general.

Observemos a lo que se puede llegar por una errónea concepción de base. Los trabajadores que producen bienes perdurables y acumulables como capital genuino, como por ejemplo la construcción de la infraestructura de la industria, de las máquinas y herramientas, materiales, etc., y que lo concebimos como el trabajo más valioso y el realmente productivo en términos absolutos, resulta que lo que producen “no sirve”, no es apto para el “consumo humano”, para la satisfacción de las necesidades. A los propios trabajadores que producen eso, no les sirve, no lo pueden consumir. Lo que hacen es fabricar las máquinas, herramientas y medios de trabajo para que los otros trabajadores produzcan los bienes y servicios que “sirven”, que son “útiles” y se consumen. Los que producen alimentos, por ejemplo, con las herramientas y máquinas que aquellos proveen, deben producir más de lo que consumen para que aquéllos se alimenten. Los trabajadores de los distintos servicios deben proveer de los mismos a todo el mundo , incluyendo a tales trabajadores “productivos”. Así, el absurdo al que podemos llegar es el de decir que aquellos obreros en realidad son unos “vivos”, que sólo proveen los materiales, herramientas, máquinas e instalaciones, para que los otros trabajen y los provean de lo que necesitan.

Además de la equivocada interpretación surgida de la distinción entre trabajo directamente acumulable y no acumulable, hay otro motivo más que también contribuyó al mal entendido. Esto es, que siempre se le atribuyó más valor a la producción material, o de mercancías “corpóreas”, aunque sean bienes no perdurables, por lo que significa el comercio entre regiones, y sobre todo el comercio internacional como fuente de divisas. Es decir, salvo excepciones, los servicios no se pueden exportar. Por consiguiente, no pueden ser fuente de riqueza para un país a través de su exportación (exceptuando el caso de que una empresa de servicios se instale en otro país, y luego de extraer la plusvalía, transfiera sus ganancias al país de origen. Pero está claro que eso no sería exportación en el real sentido del término).

Por lo tanto, un trabajo que por un lado no genera un producto factible de acumulación material como capital genuino, que por otro no crea un producto que se pueda exportar o vender a otra región, y que en general no hace a lo más elemental para la vida, da toda la impresión de ser algo “improductivo”, sin capacidad de generar valor económico. Y al no crear valor económico, tampoco podría generar plusvalía, ya que ésta es una parte de dicho valor. Entonces, si así fuera, los trabajadores dedicados a ello, técnicamente, no podrían ser objeto de explotación económica.

Toda esta equivocada interpretación ha llevado nada menos que a excluir, o al menos quitar importancia, a una parte en muchos casos mayoritaria del proletariado, lo que ha significado la falta de una sólida unidad de la clase trabajadora para cumplir su tarea histórica de cambiar la sociedad.

Observemos el siguiente esquema, que sintetiza lo analizado hasta aquí sobre la esencia del valor económico y sus manifestaciones en la estructura económica de la sociedad. En todos los casos, las figuras (rectángulos) mayores son la esencia más general de lo incluido en las figuras menores, que son formas particulares de lo mayor:





8. El valor económico del trabajo en el socialismo

Veamos cómo se aplica todo esto en el socialismo. Si bien lo que veremos es aplicable en lo esencial a cualquier sociedad socialista, para evitar elementos perturbadores surgidos de las relaciones entre el socialismo y los países capitalistas, imaginemos el socialismo generalizado, es decir, sin relaciones económicas con el capitalismo. En tal caso, la acumulación de dinero por parte del Estado no tendría sentido fuera de su función de circulante facilitador de la distribución y de los intercambios, sobre todo en la vida común. Todo trabajo acumulado útil sería el de los bienes materiales concretos, y en especial los que conforman los medios e instrumentos de producción.

Bajo estas condiciones, se podría decir que no haría falta que el trabajador de servicios, por ejemplo, reciba menos del valor de su trabajo, ya que no tiene ninguna utilidad acumular un valor excedente en dinero. Esto porque, como dijimos, sólo interesa la acumulación de bienes materiales perdurables que hacen a la infraestructura de la producción, como las fábricas, máquinas, etc. Entonces, los obreros industriales de tales ramos, aparentemente, serían los únicos que deberían producir más de lo que consuman, de modo de acumular esos bienes indispensables para la sociedad en su conjunto. Pero ello no tiene porqué ser así. Dado que ya vimos que por el solo hecho de dar satisfacción a las distintas necesidades, todos los trabajos generan valor, sea éste materialmente acumulable o no, simplemente se repartirían las cargas. Esto quiere decir que en vez de percibir el obrero industrial, por ejemplo el 80% del valor creado por su trabajo y el 100% el trabajador de servicios, ambos recibirían el 90% de lo producido en términos de valor, y en forma de dinero o valor de cambio. Así, el 10% que “ceden” los trabajadores de servicios, para que los obreros industriales perciban el 90% y no el 80%, significa que los primeros estarían aportando en igual medida que los segundos a la creación de esos bienes de acumulación material para el funcionamiento de la sociedad.

Debe notarse que ese 10% del valor creado por el trabajo, que en el ejemplo aportan todos los trabajadores, aunque se trate de una suerte de plusvalía social necesaria, no es “explotación”, ni significa una pérdida de propiedad sobre ello. Solamente pasa a ser la fracción de la propiedad común que corresponde a cada uno. Los trabajadores siguen siendo dueños, propietarios de tales bienes comunes, como son las fábricas, máquinas industriales, edificios, etc. que constituyen los medios de producción y de trabajo.

Como se podrá deducir, no es cierto que sea siempre indispensable la “inversión de capitales” para cualquier emprendimiento. No hace falta el dinero previo, sino el trabajo previo. En el capitalismo, ese dinero anticipado se emplea para comprar las instalaciones, maquinarias, materiales, instrumentos, de lo que se va a emprender, así como para solventar los gastos de salarios, etc., hasta el momento de la venta y la recuperación y acrecentamiento del capital invertido. Pero como se puede ver, lo que en realidad hace falta no es el dinero, sino lo que se compra con él; esto es, el trabajo acumulado real: las instalaciones, máquinas, herramientas, materiales, etc., previos, así como la fuerza de trabajo.

El socialismo no necesita ningún capital de inversión en forma de dinero. Sólo se emplea el siempre disponible y constante circulante normal que perciben todos los trabajadores en el marco de la plena ocupación. La “inversión” socialista es sólo la del trabajo que crea aquellos medios de producción. Dichos medios son todo lo que hace falta para los emprendimientos, es decir, el trabajo previo que los crea, que es seguido sin “alteraciones” por el trabajo posterior que los utiliza para la producción de aquello de lo que se trate. En todos los casos, suponiendo siempre la premisa de una tierra utilizable y de las materias primas que ofrece la naturaleza, lo que hace falta no es la función “mágica” de la inversión de capitales, sino trabajar.

Todo esto funcionaría así mientras siga siendo necesario el trabajo en el marco de la plena ocupación. Pero el propio desarrollo sin trabas de las fuerzas productivas, así como de la automatización de la producción, con la consiguiente superabundancia de bienes y servicios, permitirían ir disminuyendo la jornada de trabajo, a la vez que el dinero circulante, como instrumento organizador de la distribución, se tornaría cada vez más innecesario.


9. El dinero

Sabemos que originariamente toda transacción se resolvía en el trueque directo entre los productos del trabajo. Tanto en los orígenes del intercambio como en las actuales transacciones el mecanismo básicamente es el mismo: trabajo por trabajo. Al dinero sólo se le asigna valor por ser trabajo convertido en valor circulante. Por eso, todo lo que el dinero puede comprar es a su vez trabajo, sea éste materializado en mercancías, o encarnado en servicios como mercancías "inmateriales". En términos generales no se puede "gastar" en otra cosa que no sea trabajo. En todos los casos se paga el esfuerzo invertido en eso que se compra. A su vez, el dinero que se recibe, también en términos generales, se lo recibe a cambio de entregar una cierta cantidad de trabajo contenido en aquello que se vende u ofrece.

Por eso, comenzaremos el análisis prescindiendo del dinero. Por ejemplo, al no existir éste, cierto individuo podría fabricar sillas, hacer muchas sillas y luego con eso comprar lo que necesita, que son los diferentes bienes que han producido los otros. Claro que sólo podría tener éxito si los demás le aceptan las sillas, si las necesitan. Pero imaginemos que igualmente las aceptan, debido a que de lo contrario no podrían "sacarse de encima" lo que ellos han producido demás, y porque en todo caso podrán usarlas luego como valor de cambio. Saben que al menos tienen valor, porque contienen trabajo materializado auténtico. Así, se termina aceptando a las sillas como "moneda de cambio", porque demostraron ser mejor que "nada". El valor de una silla sería, por ejemplo, de dos horas de trabajo, como promedio social de lo que lleva construirla. Entonces, habría una gran circulación de sillas como medio de pago, porque tienen valor, contienen el equivalente a dos horas de trabajo medio. Si alguien juntó muchas sillas, puede por ejemplo comprar una vestimenta que al sastre le llevó doce horas de trabajo, entregándole seis sillas, que en caso de tener la suerte de que sean apilables, el sastre las colocará en un rincón y seguirá trabajando. El carpintero, ante tal situación, se verá motivado para construir más sillas, y con ellas saldrá a comprar todo lo que necesite. Por su parte, quienes las reciban a cambio de sus productos, usarán ese "dinero" para todos los intercambios. Pero llegará un momento en que se darán cuenta de que es muy engorroso el sistema, que las sillas, además de ser muy incómodas, han comenzado a deteriorarse con tanto movimiento y a perder su valor. Por otro lado, son un problema con los "vueltos", y lo peor es que ya hay demasiadas. Así, se llega a la conclusión de que no son necesarias en tal cantidad. Muchos se dedicaron a construirlas y hay una verdadera sobreacumulación. Ya nadie produce otras cosas, y por lo tanto no hay qué comprar, o en qué invertirlas. De ese modo, terminaron devaluándose porque nadie las quería.

Entonces, se "decide" reemplazarlas por la sal. Esta se puede dosificar para facilitar los vueltos. Además, también tiene valor real, que es el trabajo de conseguirla, trasladarla, refinarla, y es menos incómoda para su circulación. Así, circuló mucho tiempo la sal, hasta que ya eran muchos los que se dedicaron a su recolección. Se encontraron nuevos lugares donde abundaba, siendo cada vez más fácil la tarea de conseguirla, y terminó devaluándose por su excesiva acumulación.

Finalmente fue desechada como instrumento de cambio, y se terminó adoptando el oro (y/o la plata) para esa función. Se encontró la ventaja de que dicho metal era más escaso en la naturaleza, además de no deteriorarse como fue, en el ejemplo imaginario, la suerte de las sillas. Otra ventaja era que se podía dosificar acuñando monedas de distintos valores según su peso. Lo positivo de este metal era que su contenido, su peso, era un fiel indicador de la cantidad media de trabajo real invertido en la explotación de las minas. Tenía un valor auténtico, intercambiable por el equivalente en trabajo. Por todo ello, pasó a ser el instrumento de cambio universal.

Con el tiempo, y en la búsqueda de más comodidad, se procuró reemplazar su circulación. Esta debía hacerse en bolsas especialmente reforzadas, y por lo general se exponían al robo, además de ser incómodo en sí mismo su transporte. De tal modo, a alguien se le ocurrió firmar papeles y entregarlos a modo de vales, que indicaban cierta cantidad de oro. El peso, que es el nombre de muchas monedas, significa que tales papeles indicaban claramente una cantidad del metal sobre la que tenía derechos el poseedor de esos "vales". Luego, el propio Estado se "entusiasmó" con la idea, y comenzó a emitir esos vales, que finalmente se convirtieron en el dinero que hoy manejamos. Ello significaba simplemente que el poseedor era dueño de una parte del oro que el Estado que los emitía tenía atesorado, y con lo que respaldaba ese dinero. Cualquier poseedor, cuando lo quisiera, podía cambiarlo por su oro.

Esto siempre fue así, hasta que la gente se "olvidó". Los que "sabían" y entendían eso se fueron muriendo, y las nuevas generaciones se encontraron con que circulaba dinero y que éste era muy "importante para la vida". El dinero y el trabajo aparecieron así como cosas totalmente distintas. Inclusive los gobernantes de los distintos Estados también se fueron "olvidando" que al emitir dinero estaban entregando un título de propiedad sobre el oro que el Estado tenía atesorado, y comenzaron a fabricarlo con toda "soltura" para cubrir sus necesidades, como cubrir déficits, pagar sus propios sueldos, comprar armamentos, u otorgar subsidios a los grandes amigos empresarios, que suelen ser agradecidos y dejan una "propina" para los funcionarios que hicieron la gestión.

De tal manera, la gran cantidad de dinero que existe en el mundo es algo más insólito que aquel "acopio de sillas". Estas al menos tenían valor, contenían trabajo acumulado. El dinero no tiene ningún valor intrínseco, excepto el respaldo "teórico" del oro, el cual sí contiene trabajo acumulado. Por tanto, al no ser real ese respaldo, es dinero "falso"; es decir, más allá de la falsificación "genuina", que también existe en buena cantidad, el dinero "auténtico" también es falso en términos absolutos, por no tener respaldo. Son documentos públicos de propiedad sobre un oro inexistente, salvo en una mínima proporción respecto a las cifras astronómicas de dinero circulante. Sin embargo, todo ese dinero, incluyendo el falsificado, es aceptado por el efecto de una ilusión colectiva. Es la confianza en un respaldo inexistente la que lo termina respaldando; o sea, se confía en el respaldo de la confianza. Pero esto es como si alguien que se hiciera pasar por un millonario comenzara a emitir cheques, por supuesto sin fondos, y todos confiaran en ellos, utilizándolos sin la menor sospecha en una larga cadena de pagos. Así, llegaría un momento en que el último de la serie iría a cobrarlo al banco, siendo el único que "tomaría conciencia" de la situación. Si suponemos que el cheque no tuviera vencimiento, entonces la situación sería idéntica a lo que sucede con el dinero. El cheque circularía indefinidamente como valor real. Por eso, si un individuo decidiera dirigirse al Banco Central del Estado a exigir su oro a cambio de esos papeles con números impresos, probablemente recibiría las burlas del caso y sería acompañado amablemente por el personal de custodia hasta la puerta de salida. Pero si mucha gente se contagiara de ese nuevo tipo de "fiebre del oro" y procediera a exigirlo, a la vez que procurara deshacerse del dinero "falso" adquiriendo propiedades o bienes materiales diversos, se daría el fenómeno de que nadie querría recibirlo. Todos buscarían hacerse del oro o de los bienes, antes de que aquél se devalúe en mil o diez mil veces. Y en esa carrera de "desprendimiento" habrá quienes se queden con esas inmensas montañas de papeles, habiendo perdido todos sus bienes.

Pero por ahora continúa el respaldo de la confianza, de la sola fe, como volátil fenómeno psicológico con expresión sociológica. Es la confianza en una falsedad, pero confianza al fin, y se actúa según ello. Sobre esa base funciona la economía. Este fenómeno es tan contagioso que hasta los que tienen en claro la falsedad, de todos modos "confían en la confianza", es decir, en que seguirá, al menos por un tiempo, esa confianza general como respaldo. Dicho fenómeno es tan contagioso como su contrario. Cuando se inicia la desconfianza, se hace incontrolable. Por ejemplo, durante las grandes crisis que afectan esa base de confianza nadie quiere tener el dinero. Este demuestra, en tales casos, su total carencia de valor real, intrínseco. Distinto es el caso del oro, por ejemplo, del que nadie tiene la intención de desprenderse durante una crisis.

Mientras dura esa confianza general, se entregan bienes muy valiosos, con mucho trabajo acumulado en ellos, a cambio de aquellos papeles que no contienen nada de valor, excepto el trabajo del ya "musculoso" operador que gira la manija de la máquina que los emite.

Esta ilusión colectiva significa que el dinero tiene el respaldo de una fantasía. Si embargo, los poseedores de las enormes montañas de dinero, los capitalistas financieros, que no pueden perder tiempo en cuestionarse "tonterías", procuran aumentar ese dinero, quieren una rentabilidad.

Ese capital no sólo es "falso" por lo ya señalado en cuanto a la falta de respaldo, o a la "falsificación verdadera", sino que en muchos casos se trata de dinero contable, bonos a futuro o diversos compromisos de pago. En gran parte, esto significa contar como real lo que es sólo una anticipación, en varias veces, del valor de los productos que supuestamente se crearán y se venderán en el futuro.

Hay que aclarar que otra cosa distinta al análisis del dinero en sí mismo como elemento de cambio, o al cuestionamiento sobre su falta de valor intrínseco, es el hecho de la acumulación de valor real, producto de la plusvalía anterior no consumida ni aplicada al nuevo ciclo de producción. Ese valor excedente, o sobreacumulación de capital, cuando es superior a toda posibilidad de ser volcado con algún éxito al nuevo ciclo productivo, se transforma también en algo ficticio, en números abstractos que giran en el circuito financiero y que no representan nada real. Esa parte excedente de valor, al no poder cumplir su función dentro del sistema capitalista, que es la de reiniciar un nuevo ciclo de producción que pueda concluir en la venta de lo producido, se termina autodestruyendo como valor, se "desvanece", se convierte en capital ficticio. Y esto se revela en las pérdidas económicas que ocurren en las grandes crisis periódicas, pérdidas que no tienen como contrapartida la ganancia de nadie, sino que se trata de la sola extinción de un valor que en realidad ya había dejado de ser tal. Las crisis actúan como el "sinceramiento" forzoso que tarde o temprano la realidad exige a los libros contables.

Pero aquí es necesario detenerse a analizar la relación entre el capital financiero como valor real surgido de la plusvalía acumulada, y el dinero en sí mismo como elemento sin ningún valor real. Porque en principio se nos aparecen dos grandes montañas de dinero que parecen desvinculadas entre sí. Una real, que es la plusvalía acumulada en el capital financiero global que hay en el mundo, como producto de la parte no pagada y no gastada del valor genuino producido por los trabajadores. Y la otra montaña es la irreal, es decir la cantidad astronómica de dinero "falso", que es el resultado de muchas décadas de emisión sin respaldo en todo el mundo. Esas dos montañas son muy parecidas en tamaño. Pero el parecido no es casualidad. Se trata de que en realidad son dos caras de lo mismo. Es la misma masa de dinero que es real e irreal al mismo tiempo; es real de un lado e irreal del otro. Pero mejor veamos esto de cerca.

Supongamos que un Estado necesita construir un gran edificio. Entonces contrata a una empresa constructora para que lo haga. Una vez terminada la obra, el dueño de esa empresa pasa por "caja" a cobrar según el precio establecido. El Estado le paga con dinero "recién fabricado", recién sacado de la galera. Esos billetes, como sabemos, no tienen ningún respaldo material, concreto, por cuanto ya pasó de "moda" la costumbre de emitir dinero con respaldo material. Ahora se usa es el respaldo "mental". La nueva modalidad es creer porque sí en el dinero. Entonces el empresario lo recibirá sin problemas y con toda naturalidad. Si el valor total del edificio es de 10 millones de pesos, por ejemplo, el empresario, con el dinero recibido, comenzará por reponer sus costos. Supongamos que gastó 5 millones de pesos en materiales y en todos los elementos necesarios, sin contar el salario de sus trabajadores. Luego, al conjunto de los trabajadores, cuyo esfuerzo generó el resto del valor, o sea los otros 5 millones de pesos, les pagó, por ejemplo, 2,5 millones de pesos. De esa manera, obtiene una plusvalía o ganancia de 2,5 millones de pesos. Este es su nuevo capital. Es un capital agregado, que es producto de una plusvalía real, es valor acumulado auténtico, producto del trabajo concreto (sin importar que ese trabajo haya sido de sus obreros y no de él). Pero al mismo tiempo, y según hemos visto, es dinero "falso", porque el Estado pagó con "nada", inventando el dinero, es decir, pagó con un título de propiedad sobre un "buzón".

En base a ese sencillo ejemplo, no es difícil continuar el razonamiento y llegar a la conclusión de que la gran masa de dinero que hace al capital financiero que hay en el mundo es real e irreal al mismo tiempo. Durante muchas décadas, los Estados fueron lanzando el nuevo circulante de manera continua, como una vertiente inagotable, capaz de contrarrestar y superar cualquier inflación, y aplicándolo al pago de sus proveedores, los sueldos de los empleados estatales, y todo aquello que necesitara o que deseara gastar un Estado aunque no tuviera recursos genuinos, hasta que se formó una montaña inmensa de valor irreal. La mayor parte de ese dinero, luego de circular en la sociedad, termina en manos de los grandes capitalistas, y constituye la "sustancia" del capital financiero. Es una cantidad enorme de títulos de propiedad sobre un buzón inexistente (que debería ser una gran montaña de oro puro), y que el Estado fue entregando a cambio de trabajo y de cosas de valor.

Todo el dinero que hay en el mundo, exceptuando la pequeña fracción correspondiente al oro atesorado, no puede ser otra cosa que eso. ¿De qué otro lugar podría surgir el dinero, o cualquier tipo de valor de cambio que pudiera haber en la sociedad, sino de la originaria creación espontánea por parte de los Estados?. Ese dinero emitido, una vez efectuado el primer gasto o pago que hace el Estado, continúa circulando en los diversos circuitos de transacciones, hasta que termina su ciclo en manos de los capitalistas financieros, por ser los que finalmente acumulan la gran masa de plusvalía convertida en dinero, en valor de cambio.

Es cierto que si alguien es poseedor de una fortuna de muchos millones de pesos, por lo general no cuenta con los billetes concretos, sino que es un dinero contable que figura en sus cuentas bancarias. Pero esos números que figuran en las cuentas representan un dinero existente que se encuentra circulando, y que en cualquier momento se puede retirar. Cuando el dueño de ese dinero abrió sus cuentas, depositó los billetes concretos o algún valor que los representaba, como por ejemplo un cheque u otro papel equivalente, el que a su vez tenía los fondos originales en dinero. Los cheques sin fondos, por ejemplo, no sirven, no "engañan" a nadie. El dinero, de una u otra forma, tiene que estar. Por eso, exceptuando los documentos que representan compromisos de pago a futuro, y que suelen considerarse como activos financieros, en todos los demás valores contables el dinero concreto, los billetes, siempre están detrás. Aunque el dinero no tenga respaldo ni valor alguno, como ya hemos observado, los demás papeles, paradójica-mente, siempre tienen que tener el respaldo del dinero. Tales documentos, así como las diversas operaciones contables, sólo se utilizan para facilitar la circulación, tal como era la función del dinero en su origen, cuando representaba al oro. Por tal motivo, y a los fines prácticos, podemos prescindir de los diversos papeles y valores contables, manejándonos como si solamente circulara el dinero. Lo único que habría que agregar a esto es el conjunto de los papeles que son promesas de dinero futuro, basados en presuntas ganancias que se obtendrán, cuya consideración es importante porque representa mucho valor ficticio, y porque su fragilidad y volatilidad es un factor decisivo en las crisis, por ser lo primero que se derrumba al quedar en evidencia su falsedad.

Todo el capital financiero existente a nivel mundial, más allá de su naturaleza ficticia, procura una rentabilidad, quiere acrecentarse. Pero esto se logra únicamente financiando la producción. La rentabilidad financiera depende de la plusvalía que extraigan las empresas industriales o de servicios, y apostando siempre a tales ganancias a realizarse con la venta. Es el único "embudo" por donde debe pasar esa gigantesca masa de dinero para lograr su propósito. Tal inversión puede ser directa, encarando una empresa determinada o comprando acciones de empresas ya existentes, o indirecta, financiando a las empresas, ya sea por los propios medios, o a través de depositar en un banco para que luego éste lo haga. De todo esto se espera, en definitiva, obtener un excedente. El mismo será ganancia (o dividendos de acciones) si la inversión fue directa en la empresa industrial, o será interés financiero si la inversión en la producción fue indirecta a través de haber prestado el dinero. En todos los casos se trata del excedente que espera el capital financiero.

Todos los capitales, como se ve, apuestan al mismo "número", a una prometedora plusvalía, expresada en la tasa de ganancia de las empresas, y sobre todo apuestan, primero que nada, a que haya ganancia. Pero esto no siempre es fácil, porque depende de la venta de los productos. Y como la sobreacumulación de capitales que hay en el mundo debe desoír cualquier estudio de mercado y volcarse necesariamente a la producción en general, para no quedar "ocioso" sin obtener ningún rédito, ocurre que se torna exagerado el impulso, y eso lleva, tarde o temprano, a que se produzca más de lo que realmente se puede vender en un mercado donde abunda la pobreza. Por lo tanto, se saturan los mercados de tales productos, produciéndose las conocidas crisis comerciales o de sobreproducción. Estas actúan como los alfileres que hacen estallar esas enormes burbujas llenas de confianza y expectativas. Allí caen las acciones de las empresas, se cierran las fábricas, nadie puede pagar las deudas contraídas en cadena, todos pierden un dinero que en el "fondo" no tenían, y los peores males los sufren los trabajadores.


10. Ley de la tendencia a la disminución de la tasa de ganancia

El obstáculo para el progreso de la producción y del mejoramiento de la vida, que significa el capitalismo, no sólo se presenta en el mecanismo recién observado de los límites del mercado, como causa de las crisis de sobreproducción relativa, sino que hay otro factor que se suma a ello, y que tiene gran importancia su consideración. Se trata de lo que descubrió Marx, y que llamó: “ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”.* Esto significa que, como resultado del propio desarrollo de la industria, al ser cada vez mayor el capital invertido en infraestructura, grandes maquinarias, etc., y a su vez tomar menor cantidad de obreros gracias a las nuevas capacidades de las máquinas, se presenta el hecho de que por más que se los explote y se les extraiga toda la plusvalía posible, será siempre cada vez menor el trabajo vivo, único proveedor de valor agregado y de ganancias (tomando siempre el promedio de productividad social) en relación al total invertido. Tal situación hace que la tasa de ganancia, es decir la proporción del excedente obtenido con respecto al total invertido, tienda a reducirse. Ello, en alguna medida, tiende objetivamente a desalentar el desarrollo ininterrumpido de la productividad de las maquinarias industriales, obstaculizando su progreso hacia la automatización de la producción. Si imaginamos que las máquinas, dirigidas por computadoras, hicieran todo el trabajo sin la presencia de ningún trabajador, quienes invirtieran en ello, excepto que se valgan de la extorsión monopólica, obtendrían ganancia cero. Es decir, no habría ningún aporte de nuevo valor (trabajo) para agregar a los productos, fuera del transmitido sin modificaciones por el trabajo muerto (o anterior) acumulado en las máquinas y en todo lo invertido.


* Marx Carlos. El Capital. Editorial Cartago. Buenos Aires, 1974. Tomo III cap. 13, 14 y 15

Quizás los primeros que lo hicieren obtendrían alguna ganancia por la exclusividad, que inicialmente sería una ventaja normal de la mayor productividad y no un monopolio. Pero si tales medios de producción comenzaran a generalizarse y todos los capitalistas del ramo hicieran lo mismo, debería ir bajando el precio, hasta que el progresivo aumento de la competencia haría acercarse a la ganancia cero. Claro que no se llegaría a esto en la realidad, puesto que antes de llegar a ese punto, se decidiría abandonar ese destino de la inversión. Precisamente eso es lo que en cierta medida habría ocurrido desde hace un tiempo, y por eso el progreso en tal dirección sería actualmente menor que el que podría existir si no fuera por aquel factor, es decir, por el hecho de que ese tipo de progreso cada vez encuadra menos en lo que hace al motor impulsor de la producción capitalista: la tasa de ganancia. La inversión para la investigación científica y tecnológica en alguna proporción se desvió hacia otros destinos, como inventar nuevos productos (de informática por ejemplo), creando y renovando nuevas necesidades. Con ello se obtienen ganancias más considerables dadas por la exclusividad, no sólo “normal” o provisoria, sino también monopólica, a través de los llamados derechos de propiedad intelectual y por tanto de fabricación.

Pero esta “salida” es también provisoria a la larga, porque una vez vendidos los derechos, o rechazados y desconocidos como tales por los competidores, se vuelve a la misma situación, expresada en el abaratamiento del producto, y en el marco de la tendencia a la automatización de su producción.

Durante el proceso orientado hacia la mayor automatización es cuando actúa el factor que impulsa el desarrollo de la llamada tecnología de punta. Es decir, los que van a la cabeza en esa carrera obtienen durante su disputa una mayor tasa de ganancia respecto al promedio del ramo, por el hecho de su mayor productividad, del mayor rendimiento con menos horas de trabajo empleadas. Estos logran más ganancias que el promedio, que es el determinante de los precios, a costa de la menor tasa de ganancia de los rezagados, que deben emplear más horas de trabajo para producir lo mismo. Pero tal situación es siempre temporaria, porque al cabo de un tiempo se tiende a emparejar el nivel de productividad, a la vez que se produce el gradual acercamiento al límite de la automatización de la producción. Ello provoca nuevamente la caída de la tasa media de ganancia del rubro, a causa de la escasez de trabajo vivo disponible que resulta del proceso.

Por eso, el capitalismo tiene una doble pared como obstáculo insalvable para el progreso. No puede favorecer el desarrollo de dos elementos importantísimos para la humanidad: 1- la superabundancia de bienes y servicios para cubrir todas las necesidades. 2- la automatización de la producción, que permita disminuir el trabajo y aumentar el tiempo libre. Por un lado está el límite del mercado (superproducción relativa), es decir hay menos compradores que necesitados; y por otro, está el límite en la propia producción, en la inconveniencia de quienes tienen el poder económico, de desarrollar “demasiado” la producción automatizada, porque sería no disponer de trabajo vivo, único lugar de donde surge el nuevo valor y la parte de éste que es la plusvalía y la ganancia del capital.

Esa ley de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, determinada por el aumento de la proporción de trabajo muerto o acumulado en la infraestructura y en las máquinas, etc., transmisible sin agregados al valor del producto, ha motivado a los inversores capitalistas a buscar alguna salida a la situación de crisis que la situación descripta supone, es decir, a procurar alguna solución por fuera de la nada fácil lucha por imponer el propio monopolio, como única manera de poder vender a “buen precio”. Una salida, la más “tradicional”, es la superexplotación del cada vez más reducido número de operarios, sometiéndolos a ritmos infernales de trabajo. Para facilitarlo, las patronales, con la ayuda de los dirigentes gremiales “consustanciados con los tiempos modernos”, impulsan la derogación de leyes laborales que en alguna medida favorecían a los trabajadores. Pero eso tampoco resulta suficiente para contrarrestar el efecto de la reducción de la tasa de ganancia, debido a los propios límites biológicos de los escasos trabajadores empleados. Pero la salida, aunque provisoria, finalmente se encontró. La inversión comenzó a volcarse cada vez más hacia el campo de los servicios. Aunque tales inversores muchas veces no entiendan muy bien porqué, al menos comprueban que allí es mayor la tasa de ganancia. Y ello se debe a que en esta esfera es menor la inversión en capital constante o trabajo materializado transmisible sin agregados al valor del producto, y más amplia la parte que hace a la actividad humana, al trabajo concreto de los trabajadores, que es lo que crea nuevo valor, y de donde se extrae la plusvalía o ganancia. Esto ha llevado a inventar servicios cada vez más abundantes e insólitos, creando nuevas necesidades, antes inimaginables.

Pero los propios servicios, por su parte, también están siguiendo el camino hacia la mayor automatización. La provisión de energía eléctrica, gas natural, agua corriente, teléfonos, que los capitalistas han ido “arrancando” del Estado para su explotación “eficiente”, son servicios muy cercanos a su automatización total, donde todo trabajo humano se va reduciendo a tareas cada vez menores de mantenimiento. Sin embargo, aquí el efecto de la disminución de la tasa de ganancia se contrarresta por la condición monopólica que supone contar con una clientela “cautiva”. No es fácil superponer diez o veinte cableados y cañerías de empresas distintas. Y cuando lo hacen, después de destruir las ciudades, se ponen de acuerdo en cobrar caro. Por eso, las considerables ganancias que obtienen esos inversores significa que encontraron su salida en el amparo de tal situación monopólica.

Tales negocios llegan hasta lo más descabellado, como por ejemplo lograr que los gobiernos (fáciles de convencer porque están a cargo de quienes son parte de los negocios) permitan la apropiación privada de los caminos o rutas (que ya están “automatizados”), obligando a quienes sólo pretenden transitarlo a entregar su dinero, a cambio de un supuesto mantenimiento (que en general ya fue pagado al cargar combustible o al comprar el vehículo, a través de los impuestos allí incluidos para tal fin). Y en poco tiempo habrán empresas “eficientes” que se apoderarán exclusivamente de las redes cloacales, instalando dispositivos de “bloqueo” para los que no pagan, dispositivos éstos que por supuesto serán abonados por los “consumidores”.

Como se ve, se está a un paso de la explotación privada y “eficiente” del consumo del aire. Este es el camino capitalista al que llevaría la automatización, es decir, el camino de la feroz disputa por imponer el propio monopolio, como única manera de obtener ganancias “razonables”. Si hacemos el ejercicio de imaginar que toda la producción sin excepción se encuentra automatizada en un 100%, y con una capacidad de generar una superproducción absoluta e indefinida de todos los bienes y servicios imaginables, de continuar el capitalismo, se llegaría al total absurdo de que nadie podría trabajar. La desocupación también llegaría al 100%, y por lo tanto no habría con qué pagar los bienes y servicios. Estos sólo serían consumidos por la clase propietaria. Y como dicha clase sería además dueña de todas las tierras, etc., el resto ni siquiera podría comenzar de nuevo la historia. De esta situación, a la necesaria aceptación de que se deben expropiar los medios de producción, pasando a ser propiedad social, hay un solo paso lógico. Por eso, la única manera en que puede continuar el capitalismo es a través del freno y el retroceso, evitando toda racionalidad y todo progreso para la vida humana.

Decíamos que los servicios estaban siguiendo también el camino hacia la automatización. En muchos sectores, la aplicación de las nuevas tecnologías va permitiendo que el cliente comience a atenderse solo, pulsando botones (cajeros automáticos, correo electrónico, lavaderos automáticos de automóviles, etc.). Ello implica que se empieza a prescindir de una buena cantidad de trabajo vivo, aumentando la inversión en instalaciones, maquinarias, sistemas computarizados, y todo lo que favorece el autoservicio. Tal situación va llevando por sí sola a “cerrar” la salida que se había encontrado para mejorar la tasa de ganancia (y para evitar la hiperdesocupación), apareciendo nuevamente el “peligro” de su automatización total. Y esta vez, al parecer, excepto la confrontación por imponer el monopolio propio, no queda ninguna salida nueva a la inversión capitalista, en su interés de al menos mantener los niveles de la tasa de ganancia, de la que a su vez depende la rentabilidad de todo capital financiero. Porque a esta situación, no sólo se agrega el factor ya señalado de las siempre severas limitaciones del mercado o sobreproducción relativa, a causa del cada vez más escaso poder adquisitivo de las mayorías (con más desocupados, etc.), sino que aunque los consumidores sean los más adinerados, hay también otro límite al que ya prácticamente se está llegando, y lo constituyen los propios impulsos. Las posibles necesidades del hombre son el nuevo “obstáculo”. No quedan muchas más necesidades para inventar, a excepción de que se hagan transformaciones “obligatorias” en la estructura del cerebro.


11. Impotencia del capitalismo frente a las necesidades superiores del hombre

Las necesidades que quedarían por satisfacer se encuentran por fuera de la “competencia” del capitalismo. Este es absolutamente impotente frente a las necesidades morales y espirituales, de humildad, equidad, de interesarse por el bienestar general, de desarrollar ideales comunes y lograr una vida social más justa y sana. Todo ello es jurisdicción del socialismo. No hay “mercado de valores” ético-morales, espirituales, de responsabilidad social, de justicia, respeto, altruismo, franqueza, racionalidad. Este es un mercado cerrado a la voracidad del capital, es la parte mala e “improductiva” que tiene el hombre en la estructura de sus necesidades. Los únicos ideales comunes que puede contribuir a desarrollar el capitalismo son los referidos a su desaparición, a su remplazo por una sociedad más justa y solidaria.

Debe tenerse en cuenta que al decir: necesidades morales-espirituales, no se trata de un “par” de necesidades más, que se podrían agregar a aquellas mil necesidades derivadas, de las que habíamos hablado. Si tenemos en cuenta la estructura del psiquismo humano, encontramos que aquellas mil nuevas necesidades sólo hacen, en términos generales, a uno solo de los cuatro campos de valores o intereses absolutos del hombre. Lo económico equivale a lo que entendíamos como el interés material individual. Se refiere a lo que habíamos concebido como el aparato del bienestar personal, que es uno de los cuatro campos de valores e intereses que hacen a la felicidad integral del ser humano. Esto quiere decir que el capitalismo solamente puede favorecer la satisfacción de la cuarta parte de lo que hace a los intereses o necesidades del hombre. Y dentro de esto, cuando mucho a una minoritaria cuarta parte privilegiada de la sociedad. Por lo tanto, dicha satisfacción se reduciría al 1/16 de las necesidades de la humanidad.

La falta de condiciones para la satisfacción de las necesidades y tendencias superiores, que implica el capitalismo, también explica el a veces desconcertante hecho de que miembros de la clase burguesa, que a pesar de tener sus mansiones con todos los lujos y comodidades imaginables, vivan infelices, ansiosos, deprimidos, “vacíos” en su interioridad, y terminando muchas veces en el suicidio. Ello se debe a que la felicidad, más allá de una mínima seguridad material y la posibilidad de experimentar ciertos goces materiales, depende, entre otras circunstancias, del resto de necesidades y motivaciones esenciales y absolutas del hombre, es decir, de todos los elementos que hemos heredado de lo que eran las relaciones sociales en la vida de una tribu, como por ejemplo: el interés por el bien común, la espontánea voluntad de ayudar a los compañeros, el sentirse iguales uno con el otro, el saber compartir no sólo los bienes sino los “momentos” con amistades sinceras y desinteresadas, el luchar por objetivos e ideales grupales y trabajar con un generoso entusiasmo en ello. Al no haber nada de esto en la vida típica de un burgués, sólo le queda aspirar a mejorar su situación a través de la adición aritmética de su dinero, con el pobre razonamiento de que a mayor cifra más bienestar, siendo imprevisible en lo que puede terminar ese callejón sin salida.

Aquellas tres cuartas partes restantes de la estructura motivacional del psiquismo humano también pueden a su vez tener miles de ramificaciones en los distintos hechos y condiciones de su manifestación en la vida social y en las relaciones humanas. Tales necesidades superiores del hombre, basadas en elementos morales y espirituales, son insobornables por su propia naturaleza, son elementos hostiles al capitalismo. Pero lo peor es que el capitalismo es hostil con ellas. Su ley fundamental, que es la de la selva social, obliga a la desconsiderada lucha de todos contra todos, y esto impide su natural funcionamiento. Por ello, las virtudes personales, como la sinceridad, la humildad, el compañerismo, la lealtad, la responsabilidad social, la generosidad, el respeto, la justicia, son “mercancías” devaluadas y ridiculizadas por el sistema, sólo aceptables, y hasta cierto punto, en los sermones del religioso. Luego, los ideales de bienestar social o grupal, junto a todos los valores allí implicados, son elementos sin “importancia”, cuando lo que se impone es aquella ley fundamental, donde los más poderosos, además de pelear entre sí, están siempre atentos para unirse y aplastar a los más indefensos. Y respecto a las virtudes, identificaciones e ideales morales de grupo, en esto no tiene toda la “culpa” el capitalismo. La falencia al respecto responde en buena medida a las propias características antinaturales de las grandes sociedades modernas en relación a la vida de una tribu, para la que se formó el psiquismo humano. Fuera de ciertos sentimientos regionales, deportivos o nacionales, pero en general sin compromiso personal directo, no hay reemplazantes genuinos para la identificación con la propia tribu y/o con los subgrupos de ésta en el plano moral, así como para cubrir la necesidad de emulación y competencia natural en ese mismo plano moral. Pero de esto precisamente hemos tratado en el anterior capítulo, y es uno de los aspectos más importantes al que daría solución la aplicación del nuevo carácter de las actividades sociales y el trabajo. Inclusive cubriría un aspecto fundamental de lo que es el propio bienestar material (que era el campo donde tenía alguna “injerencia” el capitalismo), por el hecho de hacer agradable el trabajo, sintiéndose entusiasmo y “ganas” de trabajar, a lo que se agregaría, como “yapa”, el aumento de la productividad del trabajo. Pero es cada vez más claro que todo eso sólo es posible bajo la premisa del socialismo, del poder de la clase trabajadora, y siempre y cuando sean los propios trabajadores quienes lo implementen. Esto, en el marco de haber establecido previamente las reglas con respecto a la producción y la distribución, y en función de sus intereses y los de mejorar la vida de la sociedad. Si hubiera algún intento en el capitalismo, no pasaría de ser uno más de los ya conocidos métodos similares que se aplican para aumentar la plusvalía y las ganancias, que son detestados por los trabajadores cuando tienen el grado mínimo de conciencia de la situación.

En conclusión, sólo el socialismo, el gobierno de la clase trabajadora, y a nivel mundial, puede orientarse firmemente y sin obstáculos a dar satisfacción a todas las necesidades del hombre, y de toda la humanidad, hasta hoy insatisfechas. Es el único camino posible para desarrollar la producción de bienes y servicios hacia la automatización y la superabundancia absoluta, que permitan la libertad del hombre para poder disfrutar la vida y la práctica de las diversas actividades que reemplazan naturalmente al trabajo, como son el juego, el deporte, el arte, la ciencia, o lo que al “hombre” se le dé la gana. Inclusive trabajar si eso es lo que prefiere, ya que el trabajo sería a la vez todo aquello junto; sería un entretenimiento; se lo haría principalmente con la motivación con la que se realiza libremente una obra de arte. Todo esto, siempre, en un marco de salud social y fraternidad de las relaciones, garantizadas por una niñez feliz y una verdadera educación humanística, centrada en el desarrollo de las virtudes personales y de todos los valores morales-espirituales que favorecen la vida social y las relaciones humanas.


12. Papel del proletariado de los países más desarrollados

De todo lo que acabamos de ver, lo que se rescata de acuerdo a nuestro interés original, y con lo que procedemos a retomar definitivamente el camino que nos conduce a la transformación de la vida social, es la existencia de una sola clase trabajadora o proletariado, como clase ampliamente mayoritaria, cuyos miembros comparten idénticos intereses objetivos. Esa clase, y sólo ella, es la que tiene en sus manos la posibilidad y la responsabilidad de llevar a cabo la tarea. Dicha tarea significa nada menos que dar por comenzada la verdadera historia humana; poniendo fin, al mismo tiempo, a lo que en un futuro se concebirá como la última etapa del increíblemente bárbaro proceso prehistórico de civilización humana.

Decíamos que el proletariado constituye una clase esencialmente homogénea y ampliamente mayoritaria. La característica fundamental que comparten sus integrantes es la de encontrarse sin derechos sobre los medios de producción y de trabajo, y sometidos sin distinciones a las condiciones de explotación capitalistas y/o de desesperación por no conseguir los medios de vida. Esta situación real, objetiva, no es “creación” del marxismo. Si Marx hubiera sufrido una grave lesión cerebral en su niñez, igual habría capitalismo y explotación, y también sería cierto que sólo la unidad y la decisión de todos los proletarios del mundo sería la única solución posible para la creación de un mundo mejor y más justo. Resulta totalmente impensable, desde la existencia objetiva de esa situación, cualquier otra forma de lograr justicia, que no implique el rol protagónico de la clase trabajadora, es decir, de quienes sufren tal injusticia. No puede haber otra manera de imponer las condiciones que permitan vivir en una sociedad que contemple las necesidades humanas, si no es con el predominio de otros valores e intereses, distintos a la ganancia capitalista.

La burguesía, además de ser muy poderosa, es una clase “loca”. Y como no entiende razones, durante los cada vez más cuestionados y “aburridos” consejos de los religiosos (que inclusive tienen el “atrevimiento” de acusar al capitalismo calificándolo de “salvaje”), sólo piensa en las ganancias y riquezas, sin importarle el ya abaratado “costo moral”. No hay “terapia sociológica” para la fobia al trabajo y la adicción compulsiva por la ganancia y la “vida fácil”, de una clase social con todo el poder en sus manos. Por eso son ingenuas, cuando no malintencionadas, las posturas seudorrevolucionarias que sostienen que hay que esperar una transición gradual del capitalismo al socialismo, basada en una mágica “humanización” del capitalismo, hasta su conversión en socialismo. Para ello habría que sentarse a esperar que los poderosos capitalistas se “conviertan al marxismo”. Por eso, sólo la clase trabajadora puede ser convincente, a través de su unidad y del ejercicio del inmenso poder que dicha unidad le confiere.

La importancia de tener esclarecida la raíz económica del porqué hay una sola clase trabajadora o proletariado radica en que con ello se puede vislumbrar el verdadero eje de la lucha de clases, focalizando correctamente el “centro de gravedad” del proletariado como clase revolucionaria. También es importante esta consideración para el adecuado desarrollo de la conciencia de clase, que es un elemento de primera importancia para que los trabajadores se propongan cambiar la sociedad.

Veamos las razones del especial papel del proletariado de los países más desarrollados. El motivo principal, a los fines de lo que aquí se está planteando, es, en principio, el hecho casi obvio de que allí donde se encuentran estos trabajadores reside el centro de lo que es la base del poder económico, el núcleo del dominio sobre la producción preponderante de la época, cuya posesión es estratégica en todo sentido, y tiene una decisiva influencia y repercusión globales en toda la periferia. Y luego, porque siguiendo la lógica y las leyes del materialismo histórico, y al contrario de lo que a veces puede parecer, allí es donde se cumplen más sobradamente las condiciones objetivas indispensables para el exitoso cambio del poder de clase y del sistema económico. Ello es así, porque es en esos centros donde se hacen más claras las limitaciones del capitalismo, donde se hace más amplia y notoria la diferencia entre lo que se produce y lo que realmente se podría producir para satisfacer las necesidades de toda la humanidad. Con ese desarrollo concreto, palpable, del potencial productivo, la clase trabajadora puede manejar con éxito la producción, garantizando el claro mejoramiento en cuanto a la satisfacción de las necesidades de la sociedad, que es el motivo fundamental por el que debe asumir el poder social. Mejoramiento este, que el sistema vigente ya ni siquiera puede prometer, por haberse trabado y enredado en sus propias contradicciones funcionales. Por eso, en esta época, y en las sociedades con mayor capacidad productiva, es donde y cuando se cumplen con más plenitud aquellas condiciones objetivas, materiales, para darle racionalidad a la producción y a su distribución. También allí, y bajo tales premisas, es donde se puede evaluar y planificar con cierta facilidad y realismo sobre el aspecto cualitativo de qué es más conveniente producir y desarrollar, según las prioridades de las necesidades sociales y humanas en general. Por su parte, tales condiciones de previo desarrollo de la capacidad productiva de la sociedad facilitan la posibilidad de reorganizar el contexto general de la actividad laboral, con el propósito de hacer más agradable y humano el trabajo. Todo esto es algo que el criterio basado en la sola irracionalidad de hacer lo que indique la tasa de ganancia o el mercado, no está en condiciones de considerar.

Otra de las razones sobre la importancia del papel de los trabajadores de los centros más desarrollados es que ellos tienen en general un mayor nivel de instrucción y de acceso a los conocimientos de las ciencias. Pueden asimilar en mayor grado la influencia cada vez más general de la concepción científica del mundo. Su adopción en el modo de pensar de los pueblos, al menos en nuestros tiempos, va en aumento según el desarrollo general de la sociedad. En otras épocas, las concepciones de la ciencia no eran lo predominante en la manera de pensar de los pueblos, además de ser más rudimentarias y menos convincentes, por lo que no lograban imponerse. Pero hoy, mientras más desarrollada se encuentre una sociedad, más influencia tiene el modo de pensar que dimana de los conocimientos sobre el hombre y la Naturaleza. Esto permite que los trabajadores estén en mejores condiciones de comprender su lugar en la sociedad y en la historia, así como su misión en ella; es decir, tienen una mayor capacidad básica para contrarrestar el cotidiano aluvión ideológico que tiende a impedir que se entienda con claridad algo que es sencillo en definitiva, como por ejemplo que no hay seres superiores e inferiores, sino un grupo de vivos que consumen y derrochan sin producir nada, lo que obliga a tener que trabajar más horas de lo necesario sólo para satisfacerlos. Por su parte, ese mayor grado de conciencia significa también una condición favorable para encarar con un mejor panorama el rol protagónico en la conducción de la nueva sociedad.

Por otro lado, es cierto que esos trabajadores, en comparación con otros proletarios del mundo, están en una mejor situación económica; aunque no así en lo moral por ejemplo, ya que son menospreciados por las valoraciones del capitalismo; son los “tontos perdedores” del sistema. Sin embargo, la condición de estar un poco mejor en lo material podría ser considerada como negativa a aquellos efectos, y donde se podría pensar que el hecho de ser algo así como los esclavos “acomodados” del palacio imperial los hace más conservadores. Si bien dicho factor puede tener su influencia, la misma sería muy limitada. Fuera de la gigantesca influencia de la ideología imperante, que llega hasta el último rincón de la sociedad con un efecto destructivo y a veces desolador sobre la conciencia de los trabajadores, no habría otro motivo importante que los haga más desinteresados por los cambios con respecto a los proletarios de los países menos desarrollados, también muy conservadores según las circunstancias.

En términos económicos, los proletarios de las sociedades capitalistas más industrializadas, en realidad son de los más explotados en cuanto a la generación de riquezas y ganancias para los capitalistas, y cada vez en mayor escala. La mayor productividad del trabajo, permitida por la aplicación de los más avanzados medios tecnológicos en los distintos rubros, hace que aquéllos produzcan mucho más de lo que consumen. Son en definitiva los desposeídos, los pobres de su sociedad, porque, al igual que en cualquier otro aspecto, el promedio social es el determinante de esa condición. Al estar en peores condiciones que el resto de clases o capas sociales, adquieren automáticamente la condición de una pobreza relativa, pero sufrida como absoluta, y sólo calmada por los sueños y fantasías de riqueza y salvación individual. Aspiraciones estas, promovidas por los valores e ideales del “egoísmo” que la burguesía dominante generaliza en la sociedad, y con los que los trabajadores son engañados en su conjunto como clase. Pero fuera de las falsas ilusiones, son trabajadores, y lo más probable y realista es que sigan siéndolo. Por eso, en los hechos, en la realidad cotidiana, tienen mucho menos de lo que les corresponde. Con su trabajo crean todas las riquezas que otros disfrutan y dilapidan. Por ello, aunque no sean tan pobres si se los compara con los millones que sufren hambre en el capitalismo, al menos lo son en el reparto de las cargas. Son los “burros” que reciben todo el peso encima. Son los que están obligados a trabajar en una cultura en la que los valores dominantes contienen las reminiscencias y resabios de la esclavitud, donde el trabajo no era para los hombres libres. Para éstos era un deshonor trabajar. Eso era para los animales y los esclavos. ¿No es pobreza esta condición de tener que hacer todo el sacrificio mientras los otros sólo consumen y satisfacen el “impulso de rascado” ?. Porque es indudable que se podría producir lo mismo si todos trabajaran media jornada, en vez de que uno esté obligado a trabajar la jornada completa y el otro "nada". ¿Qué importa si uno y otro tienen lo mismo en lo material, cuando uno sufre el perjuicio del esfuerzo y de la pérdida de un tiempo de vida y de libertad entregados en intervalos de muchas horas diarias, y el otro disfruta de libertad absoluta ?. Si en vez de igualarlos en lo material, como acabamos de hacer, los igualáramos en libertad, nos quedaría que uno igual tendría todos los bienes a su disposición, mientras que el otro no tendría nada. Eso es pobreza. Es por ello que los burgueses, en el día de los trabajadores, que ellos llaman “día del trabajo”, brindan y festejan por esa inagotable fuente de sus riquezas que es el trabajo ...ajeno. Toda esta situación de básica injusticia es de por sí indignante. Y la notable firmeza de las luchas y las huelgas que suelen llevar adelante los trabajadores de aquellos países demuestran que el hecho de tener mucha paciencia, y a veces un poco de “pereza” respecto a su misión histórica como clase, no quiere decir que les guste ser tomados por tontos.

Pero no tiene sentido el adoptar como propios los valores ajenos a la clase trabajadora. La “salvación” no es pasarse al bando contrario para dejar de trabajar y disfrutar del trabajo ajeno. Por un lado, porque no hay mucho “cupo”. No todos los trabajadores pueden ser burgueses. Pero además no es necesario dejar de trabajar. Es muy valioso ser trabajador. Hace falta que alguien trabaje. Hay que reafirmar los propios valores de la clase, del trabajo, de aportar al bien común, de vivir con solidaridad. El supuesto “éxito” de pasar al bando contrario implicaría obtener alguna riqueza material, pero sería también adquirir la peor pobreza de valores. No hace falta el “salvavidas individual” cuando el barco es muy grande y sobra lugar para todos los trabajadores.

Los ideales comunes orientados a lograr una nueva sociedad, en realidad no son más difíciles de alcanzar que aquellas ilusiones y sueños individuales. Los valores e ideales burgueses, que esencialmente son los del egoísmo “activo y consecuente”, suelen aparecer como los valores de toda una cultura o de un país. Pero no hay que olvidar que la clase dominante tiende a generalizar sus valores, y a veces terminan siendo adoptados por toda la sociedad, aunque para la mayoría trabajadora no signifiquen nada en su vida cotidiana. Pero hay otros valores e ideales mucho más dignos y reconfortantes para el ser humano, más saludables, y que son los que corresponden a los intereses y a la vida de los trabajadores. Estos no son otros que los valores positivos absolutos del hombre, como la justicia, la abnegación, el trabajo que hace al bienestar de todos, el luchar por ideales comunes. Todo eso es motivo de risa para la ideología burguesa.

En síntesis, los trabajadores de las sociedades más desarrolladas, con sólo tener medianamente esclarecida su condición social y su deber histórico, lo que implica el rechazo a la naturaleza deplorable de los valores e ideales egoístas inculcados, pueden ejercer un confiable y seguro liderazgo del poder mundial de los trabajadores. Pero si eventualmente no lo fueran, y el liderazgo lo ejercieran trabajadores de otros países menos desarrollados, lo que constituiría un camino más difícil, al menos serían siempre esencialmente confiables como parte imprescindible para el éxito del proletariado en su misión histórica de transformar el mundo.


13. Democracia y dictadura

Puede existir algún temor de que en la nueva sociedad, a pesar de las grandes ventajas que se vislumbran, se pierdan algunos elementos que se consideran positivos, sobre todo por estar acostumbrados a ellos. Pero esto no tiene porqué ser así. Si ha sucedido antes, ha sido por las mismas razones ya señaladas sobre la desvirtualización del socialismo, originada principalmente por el triunfo político de una casta de dirigentes que finalmente se consolidó en el poder, haciendo desaparecer el elemento esencial que define al socialismo: el poder de decisión de los propios trabajadores. Dicha capacidad de decisión se la fue arrogando cada vez en mayor grado esa burocracia dirigente, ajena a los trabajadores, ejerciendo una presencia asfixiante, que terminó impidiendo el funcionamiento de la auténtica democracia que es el socialismo real, verdadero, el ejercicio de la voluntad directa de los trabajadores.

A los fines de evitar que se produzca tal situación, es importante que los trabajadores, con la ayuda de los conocimientos de las ciencias, se propongan como primera prioridad la creación de mecanismos eficaces y realistas en cuanto a la posibilidad de su funcionamiento, que garanticen el control y la ejecución de las decisiones de las bases, de los propios trabajadores. Uno de los instrumentos tendientes a asegurar ese control y ejercicio permanentes de la voluntad de los trabajadores podría ser, por ejemplo, la simple medida de fijar, cada cierta cantidad de tiempo (cada un mes, por ejemplo), media jornada de trabajo dedicada a la realización de asambleas, con la presencia de especialistas que aporten datos y ayuden a pensar con realismo. En tales órganos de discusión, se evaluaría cómo se están haciendo las cosas, si hay que revocar o no a alguien de su puesto, si hay que modificar los ingresos que se perciben por determinada función, etc., y donde los propios trabajadores lleven preparadas sus propuestas e iniciativas, ante la obligatoria presencia de representantes de organismos encargados de recoger y ejecutar los mandatos.

Si tales propuestas tuvieran un alcance más general, donde es claro que deben intervenir en la decisión el resto de trabajadores, en principio parecería necesario habilitar grandes estadios para realizar asambleas más representativas. Pero, obviamente, además de no ser suficiente para albergar a millones de trabajadores, sería imposible que todos hagan uso de la palabra. Sin embargo es indispensable que todos intervengan y opinen. Una solución para esto sería, por ejemplo, que las iniciativas correctamente argumentadas, y surgidas en calidad de mandatos de las asambleas realizadas en los lugares de trabajo, sean elevadas reuniéndose con otras propuestas similares originadas en el resto de asambleas de la región o del ramo de trabajo, para ser debatidas en niveles mayores. Las exposiciones de tales propuestas y los debates sobre las mismas se realizarían en esos niveles más amplios, a modo de asambleas representativas de delegados, con la presencia de los propios impulsores, acompañados por quienes los asesoren y asistan técnicamente, así como de los que se opongan a las iniciativas y/o tengan la función de objetarlas. Estos debates serían presenciados a través de pantallas gigantes durante las asambleas reglamentarias y normales en los propios lugares de trabajo. Una vez finalizado el debate de la asamblea representativa, se pasaría a debatir internamente en cada asamblea de fábrica o de lugar de trabajo, emitiéndose finalmente los votos. La votación afirmativa en esta última instancia sería la única vía por la que se consideraría apoyada una iniciativa, resultando en tal caso una decisión política concreta a llevar a la práctica.

Por supuesto que las iniciativas podrían surgir de los distintos sectores de la sociedad, o de cualquier individuo en definitiva. Pero en todos los casos las decisiones serían adoptadas o rechazadas por los propios trabajadores mediante el mecanismo visto.

Todo lo dicho no debe ser tomado como si fuera el producto de una gran elaboración. Simplemente apunta a mostrar una posible dirección que debería tomar el estudio del problema. Y esto último sí requiere atención. Porque lo visto en el ejemplo no significaría una pérdida inútil de tiempo y de capacidad productiva como lo vería “escandalizada” la patronal burguesa. Se trata del corazón del socialismo. Si no hay un ejercicio real y directo del poder y la voluntad de la clase trabajadora, sencillamente no habrá socialismo; no habrá ninguna garantía de justicia ni de ninguno de los elementos esenciales que lo definen.

En relación al sentido, a la “idea” del ejemplo recién mostrado, hay que detenerse en la importancia que tienen algunos detalles, como por ejemplo que las asambleas se realicen en el lugar y en el horario de trabajo, es decir, que sean una responsabilidad como parte del trabajo. Ello garantizaría la presencia real en la discusión y en las decisiones. Porque es claro que si, por ejemplo, se convocan asambleas de manera imprevista, en otro sitio y fuera del horario de trabajo, eso no es realista, es una trampa a la democracia. Si en tal caso no concurriera “nadie”, los dirigentes convocantes dirán: ¿para qué molestarnos, si nada les interesa y sólo quieren quedarse en su casa a beber unos tragos y ver televisión ? ¡Mejor decidir por nuestra cuenta !. Ese sería el engaño, sería una muestra de cómo evitar la democracia obrera. Después del agotamiento de la jornada laboral, es natural preferir descansar y disfrutar lo que queda del día. Las propias leyes psicológicas determinan que se prefiera eso casi sin dudarlo.

Debe notarse que lo que subyace a ese simple hecho: la concurrencia o no a las asambleas, es aplicable, en lo esencial, a todos los órdenes y niveles de la vida social y política. Existe una infinidad de artimañas posibles para evitar la intervención directa de la clase trabajadora en las decisiones. Pero al mismo tiempo, se pueden encontrar los antídotos, es decir cada una de las contra-artimañas a las que los trabajadores y los verdaderos dirigentes obreros deberán prestar mucha atención. Porque de la creatividad, y de la adecuación a las propias leyes de la conducta humana en última instancia, depende el surgimiento y la implementación de métodos científicos para que esa intervención y control directos de la clase trabajadora funcionen, pero con autonomía en el tiempo y sin decaer en ningún momento.

Si funciona realmente esa democracia de los trabajadores, no puede haber el menor riesgo de perder nada positivo, ni nada habrá que impida incorporar elementos que mejoren la vida. En tal caso, sólo se haría lo que los propios trabajadores dispongan. Así por ejemplo, si ellos determinan que debe haber iglesias y libertad de culto, o si consideran que la familia no debe alterarse en absoluto, o si quieren formar distintos partidos políticos, simplemente harán su voluntad; y así con cada aspecto de la vida social. Si por ejemplo se “extrañan” los grandes y luminosos carteles de la publicidad comercial, se puede decidir conservarlos, y hasta darles más colorido, cambiándoles, si se considera oportuno, sus chocantes mensajes por frases, pensamientos, poemas o pinturas artísticas. Nada que se considere positivo para la vida puede quedar excluído.

Lo único que los trabajadores deberán asegurarse de no perder, y que si lo pierden se les escaparía de las manos todo lo conquistado, es el poder económico, el control sobre la producción y su distribución, así como el necesario poder político y todo lo que haga a su condición de clase dominante. En otros términos, deben aprender de lo que hoy hace la burguesía, deben respetar la sabiduría de la “experiencia”. La clase capitalista permite, por ejemplo, la libertad de los partidos políticos, pero siempre y cuando se ajusten a la condición de no amenazar seriamente su poder económico, su calidad de clase dominante. Si suponemos, a modo de hipótesis, que en un país capitalista, inclusive de aquellos en los que se presume que hay “mucha democracia”, ganara las elecciones por amplia mayoría un partido obrero que propone la expropiación y el control por parte de los trabajadores, de las grandes fábricas y de todos los medios fundamentales de producción, en el momento de disponerse de buena fe a llevar adelante tales medidas apoyadas por el voto y la voluntad populares, automáticamente se esfumaría la “democracia” como tragada por la tierra.

Sucede que los capitalistas podrán tener muchos “defectos”, pero no son tan estúpidos. Por eso, en tal caso, por altas razones de “patriotismo” y de “justificada necesidad”, se haría presente de inmediato, y con una coordinación institucional propia de la experiencia del poder, el fundamento originario y a la vez el recurso último, siempre vigente y en estado latente, del dominio de una clase: la fuerza. La propia historia reciente demuestra que el pronóstico de tal hipótesis todavía no ha fallado.

El voto, en el sistema burgués, es inútil a los fines del proletariado. Por una parte, sabemos de los muchos millones que invierte la burguesía en sus enormes campañas electorales, presentando sus candidatos (“enfrentados”) como las únicas opciones, y asegurándose, mediante la importante ventaja de ser los propietarios de los medios de difusión, de que sean “correctas” las decisiones electorales. Pero si llegara a fallar este confiable método hasta hoy bastante exitoso, y tales decisiones del electorado fueran “incorrectas”, quedaría igualmente el recurso del método recién mencionado. Por eso, los trabajadores, más que a las elecciones burguesas, deben prestar atención a su organización como clase, a sus propios métodos de lucha.

La democracia capitalista perdura el tiempo que consiga mantener el éxito de su gran aparato ideológico en su función de confundir a los trabajadores, en su tarea de garantizar la improbabilidad de resultados electorales “indeseables”. Pero como se podrá apreciar, así “cualquiera” es democrático. Porque de igual modo, los esclavistas, por ejemplo, aunque tenían el recurso de la fuerza y del látigo siempre a su alcance, tampoco lo usaban cuando no era necesario. ¿Para qué hacerlo ante la obediencia y la sumisión?. Sólo se lo empleaba “excepcionalmente”.

Por ello, lo único que necesita asegurarse la clase trabajadora es lo esencial, su condición de clase dominante, el poder político y el control sobre la producción y la distribución. Todo lo demás, mientras más variado y colorido, mejor.

Pero analicemos qué es la democracia. Apelando nuevamente al diccionario, y como todos sabemos, proviene del griego demokratía: démos = pueblo, kratos = autoridad, o sea autoridad del pueblo. Pero está claro que fuera del comunismo primitivo de la tribu, históricamente la autoridad real, de hecho, siempre ha estado (con voto o sin él) en una clase minoritaria: la propietaria de los medios de producción.

Aquel significado original de democracia se ha tergiversado, y actualmente se lo entiende, en general, como lo contrario a dictadura. Pero obsérvese que si la dictadura es la forma en la que el pueblo ejerce su autoridad sobre algunos individuos antisociales, y de acuerdo al significado del término, seguiría siendo una completa democracia. De todas maneras, aceptemos por un momento el sentido que ha adquirido el concepto, y concibámoslo como se entiende hoy, esto es, como sinónimo de voto y elecciones entre partidos políticos libremente constituidos. Pero esto no lo analizaremos sino desde la realidad, desde la previa consideración del hecho de que hay una clase dominante en la sociedad. Así, desde el momento en que existe esa dominación, ya hay una dictadura en términos absolutos. Esa clase “dicta”, o en forma “dura” (dictadura) o “blanda” (democracia), pero igual dicta. Son las dos formas por las que la clase dominante gobierna o manda y establece sus reglas y sus leyes. Por ello, puede haber dictadura burguesa o democracia burguesa; pero son dos formas de ejercer la dictadura absoluta. En ambos casos, la burguesía, que es la propietaria de hecho de la producción y de todos los medios de trabajo, dispone sobre la vida económica, y por consecuencia sobre lo más general y esencial de la vida social. Entonces, cuando hay una clase dominante, tenemos que existe una básica dictadura absoluta (o condición dictadora si se quiere evitar lo de “dura” como elemento de confusión), y luego dictadura o democracia relativas, como dos posibles formas de aquella condición absoluta. Esto es igual que la relación del movimiento y reposo relativos de la materia, que son dos formas de lo que es movimiento absoluto.

Ahora, si el poder está en manos del proletariado, ocurre lo mismo pero a la “inversa”. El poder o dictadura absoluta de la clase trabajadora puede ocurrir también en forma de dictadura o democracia relativas, pero sin salir de esa dictadura absoluta, que es su condición de clase dominante. Por eso, cuando el poder de la clase trabajadora (o de cualquier clase dominante) se ve amenazado, allí adopta la forma de dictadura relativa, que se suma a la básica dictadura absoluta. Y cuando no hay riesgo (esto ocurriría plenamente si el socialismo triunfa en todo el mundo, desapareciendo el hostigamiento del imperialismo burgués), habrá democracia y libertad política.

Pero hay algo más. En plena dictadura de los dos tipos (absoluta y relativa), ejercida por cualquier clase social, la misma es tal respecto al resto de la sociedad. Porque dentro de la clase que impone la dictadura, por lo general hay democracia interna; es decir, entre los miembros de dicha clase discuten y resuelven democráticamente cómo ejercer esa dictadura para “afuera”. Así, si es el proletariado la clase, veremos que la más dura de las dictaduras para afuera, o sea para la burguesía remanente, etc., es a la vez, o debería serlo, la máxima democracia obrera, donde todos los trabajadores decidan democráticamente, con los métodos más perfeccionados posibles, qué se hace en la sociedad o cómo se emplea ese poder de la clase.

Por último, aún suponiendo esta última situación, que sería la peor de las “porquerías” según el punto de vista burgués, sería todavía democracia plena en términos objetivos y absolutos si volvemos al significado original, y único válido en definitiva, del concepto de democracia, que es autoridad del pueblo. Pero como ya no estamos en la antigua Grecia esclavista, donde los esclavos, los que trabajaban, no eran parte de ese "pueblo", debemos actualizar el concepto y hacerle un pequeño agregado: autoridad del pueblo trabajador, de la clase trabajadora, amplia mayoría del pueblo, y por ser la que trabaja, es la clase que tiene autoridad moral para decidir sobre el destino de los productos del trabajo.

Sin embargo, como ya lo habíamos dicho, no es siempre necesaria esa dictadura absoluta y relativa de la clase trabajadora. Esto por lo general es necesario en los primeros momentos luego de haberse conquistado el poder, el que, obviamente, se debe consolidar; o también ante la seria amenaza y el hostigamiento externo de la burguesía imperialista, como lo sería, por ejemplo, el caso sufrido durante toda su historia por el socialismo cubano. Pero en la medida en que los trabajadores tengan consolidado el poder social, asegurándose de que no volverá la explotación y la inseguridad de trabajo sobre ellos, deben ir ampliándose cada vez más las libertades políticas. Sobre todo (y esto se puede hacer igual en épocas de amenaza para el poder del proletariado) en la formación de otros partidos de la misma clase trabajadora, que aporten elementos a la discusión colectiva sobre qué le conviene más a dicha clase. Esto, hasta lograrse la libertad absoluta, garantizada por el normal y saludable desarrollo de los valores naturales del hombre en toda la sociedad, recuperándose el interés y la responsabilidad por contribuir al bienestar común, en un marco de salud moral, equidad y racionalidad. Este gradual proceso supone la agudeza para distinguir entre los “fantasmas” y los verdaderos peligros sobre la condición dominante de la clase trabajadora.


14. El insuperable poder de la clase trabajadora

Son bastante comunes las expresiones tales como: “el mundo es injusto”; “una minoría de la humanidad se queda con la mayoría de las riquezas, y viceversa”; “con todo lo que se gasta en armamentos se podría poner fin al hambre y la desnutrición en el mundo”; “se está destruyendo cada vez más la naturaleza”; “la humanidad ha perdido los valores e ideales, y no tiene rumbo”; “millones de niños mueren por causas fácilmente evitables”. Pero todas estas reflexiones, aunque incuestionables como verdades, son inconclusas, les falta “algo”. Es como si algún poder extraño les hubiera amputado el final, la conclusión. Porque si existen, tal como es el caso, sobradas condiciones materiales para evitar tales situaciones, quiere decir que en algún lugar está el problema, algún obstáculo parece haber. Falta encontrar la causa, o identificar al responsable si lo hubiera. Porque aquellas expresiones, que son tan ciertas, por lo general son seguidas, a lo sumo, por vagas reflexiones como: “qué ironía de la vida”; “qué mundo éste”; “qué barbaridad”; “lo que son las cosas”. Y luego de ello... asunto terminado.

Pero con eso no hacemos nada. Lo que hace falta decir es que hay un responsable que salta a la vista. Es bastante grande y se ve desde cualquier ángulo: el sistema capitalista, y en especial la clase capitalista, que es la que gobierna al mundo, así como todos los gobernantes y políticos que sirven a esa clase y al mantenimiento del capitalismo. Dicha clase es la que dirige la economía, la que es dueña de los medios de vida, la que dispone sobre la producción y la distribución, y la que, no en las palabras sino en los hechos, solamente le interesa mantener y acrecentar sus ganancias y privilegios. Y de esto último no hay que olvidarse. No se puede humanizar lo inhumanizable como es el interés por la ganancia, que es la esencia del sistema capitalista. Para humanizar al capitalismo habría que hacer que deje de ser tal. Todo un absurdo.

Entonces, luego de identificar al agente causal, al responsable de las calamidades del mundo, el paso siguiente es buscar la solución, es ver cómo combatir la causa del problema. Afortunadamente existe la solución, y es la que está explicada y demostrada en la ciencia del materialismo histórico, pero que si se busca bien, se puede encontrar también en el sentido común. Esto consiste necesariamente en la tarea histórica de la clase trabajadora, de todo el proletariado, de desplazar del poder a aquella clase en todo el mundo, e instaurar las nuevas reglas y los nuevos valores e ideales para la vida y la sociedad.

Sabemos del inmenso poder, especialmente militar, de la gran burguesía en su actual fase imperialista, desarrollado fundamentalmente para resguardar sus intereses, privilegios y monopolios, es decir su condición de clase dominante en el orden mundial, y que lo exhibe periódicamente en carácter de advertencia hacia quienes intenten poner en duda tal condición. Pero todo ese enorme poder, que resulta eficaz frente a enemigos fabricados por la provocación, y ubicados en ciertos territorios, es inútil frente al enemigo real con el que la historia ha desafiado a la burguesía, y que se encuentra en todas partes y en todos los rincones: los trabajadores.

Claro que la burguesía cuenta con otros métodos más “urbanizados” para conseguir sus propósitos, y constituyen realmente una dificultad para la clase trabajadora. Pero poniendo todo en la balanza, el proletariado tiene potencialmente un poder varias veces superior para los fines de esa lucha. Si bien no se puede llegar a la ingenuidad de creer que no haría falta cierta capacidad de autodefensa por parte de los trabajadores, es de suponer que inclusive con métodos pacíficos, propios de la clase obrera, sería posible ejercer exitosamente ese enorme poder. Solamente basta imaginar cierto desarrollo de la conciencia de clase, más una correcta organización y dirección, agregando la plena firmeza en los propósitos, que permitan llevar adelante, por ejemplo, una exitosa huelga general, con movilización, de todos los trabajadores del mundo, y se verá el poder inconmensurable que reside en sus manos.

Obsérvese que ese hecho imaginario, que en realidad sería algo materialmente simple y fácil con el supuesto de la indispensable organización y claridad de lo que se quiere, estaría a un paso del objetivo. Porque si se realiza con éxito esa medida, de acuerdo a todo lo que ello implicaría, después de un par de ensayos confirmatorios del propio poder, sólo habría que dar un paso más y resolver, por ejemplo, llevar a cabo simultáneamente en todo el mundo, y en el mismo día, la toma pacífica de Todo. Así, al día siguiente, luego de superados algunos inconvenientes surgidos del desordenado intento de la burguesía de controlar lo incontrolable, comenzaría la tarea y la responsabilidad de cambiar la vida de la humanidad.

Hasta podríamos seguir imaginando, ya que esto es “fácil”. Con la premisa de aquella gran organización que permitiera la exitosa huelga general con movilización en todo el mundo, se podría inclusive fijar y anunciar con bastante antelación la fecha de la revolución mundial. Esa anticipación permitiría la adecuada distribución de las tareas y responsabilidades en los lugares de trabajo, así como la planificación de la producción y su distribución, el cambio de moneda, etc. Frente a esto la burguesía nada podría hacer a pesar de esa antelación. La propia fecha establecida de manera irreversible para ese gran acontecimiento histórico, en el que a nivel mundial se reemplazarían las fichas para barajar y dar de nuevo, provocaría el creciente entusiasmo y la expectativa de todos los trabajadores del mundo, que sería un fenómeno sociológico con el efecto de una “bola de nieve” en continuo crecimiento. Ello crearía inclusive cierto pánico en los defensores del capitalismo, y un derrotismo similar al acontecimiento de la espera del cometa Halley en 1910. Se trataría de un fenómeno indescriptible, que por sí mismo aseguraría el éxito del gran paso adelante. El fervor popular y la contagiosa certeza de la decisión a llevar adelante, que tendrían el cada vez más sólido respaldo de la confianza general convertida ya en seguridad plena, llegarían a un punto en que la propia burguesía preferiría no ofrecer mayor resistencia.

Prácticamente todo lo dicho hasta acá está resumido, y hasta se podría decir “concentrado”, en dos conocidas frases de Marx, que sólo requieren un poco de atención: “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, y “proletarios de todos los países uníos”.

De lo que hemos tratado se desprende, sobre todo teniendo en cuenta que el mundo en muchos aspectos es cada vez más “chico”, la necesidad de una organización internacional del proletariado, cuya característica fundamental sea la claridad del objetivo, su inquebrantable voluntad de cumplir con su responsabilidad histórica revolucionaria, de lo que depende el futuro de la humanidad. De lo contrario, de no ocurrir con buenos resultados esta alternativa, sólo quedaría esperar para los próximos años más retroceso, más selva social, más derrota obrera con pérdida de derechos y tendencia a la esclavitud, muchos millones de desocupados, aumento de las enfermedades generadas por la miseria, mayor destrucción del planeta, probables guerras entre países burgueses, surgidas de la hostilidad de la competencia por los mercados limitados, muchísimos niños hambrientos y sin futuro; en síntesis, más barbarie. Y para que se vea que no hemos cambiado de “tema” con relación al planteo del capítulo anterior, habrá que olvidarse de toda felicidad social, entusiasmo, salud mental, transformación del trabajo y de las actividades sociales, y demás “tonterías”. Pero no hay porqué desalentarse. Son dos las posibilidades que se abren para la humanidad.*


* Toda “tercera posición” es falsa o al menos inconsistente. Es siempre un intento de impedir que los trabajadores sean los que impongan sus intereses y su voluntad. Se trata de seudo-socialismos que quieren que los esclavos “estén mejor”, pero no plantean terminar con la esclavitud. No quieren que dejen de ser esclavos. Pero además, las tendencias que muestran los factores determinantes y condicionantes de las crisis del capitalismo, que hacen que se vayan cerrando las salidas para mejorar o al menos mantener los niveles de las tasas de ganancia, que es de lo que depende la rentabilidad de todo capital financiero, y donde hay muchísimo poder económico-político, nos lleva a suponer que las opciones no son entre el cambio o el no cambio. Lo que se puede vislumbrar es que entraremos a una situación de bifurcación entre dos posibilidades: socialismo o barbarie; entendiendo la barbarie como el preocupante futuro de la previsible aparición de formas de brutalidad sobre la condición humana, como es la regresión a la esclavitud, con jornadas de 14 o 16 horas de trabajo, sin descanso semanal, y con desocupados hambrientos que esperarán en las puertas la suerte de reemplazar al que ya no soporte la exigencia. También es esperable el desarrollo de probables guerras entre intereses monopólicos de las burguesías que controlan los respectivos Estados, en las que cada uno procurará superar su crisis eliminando al competidor, para así imponer su propia condición monopólica. Y esto no es producto de la pura imaginación. Ya sucedió en las tremendas guerras de las más “civilizadas” sociedades del siglo XX. Si no se han repetido hasta ahora, no ha sido por la falta de condiciones económicas, sino en gran parte por la existencia de un enemigo común que mantuvo relativamente unida a la burguesía mundial, como lo fue la “amenaza” del socialismo y de los movimientos obreros revolucionarios, hoy provisoriamente derrotados por aquélla.


15. Conveniencia y realismo de la posibilidad del socialismo científico

Existen todas las condiciones para creer que el socialismo científico, basado en el poder real de los trabajadores, con todas las dificultades que supone, así como la posterior sociedad sin clases y sin Estado, constituyen un camino posible y realista. Lo confirman, en principio, los innumerables argumentos de Marx, en parte aquí resumidos (de manera inevitablemente incompleta).* Pero también lo avala todo lo tratado aquí sobre el psiquismo humano; no tanto en lo que hace al contenido afirmativo, sino sobre todo por lo que se deduce que no existe de todo aquello que la ideología dominante ha pretendido hacer creer, por ejemplo, con los conceptos de “instintos” y “necesidades del individuo”. Dichos conceptos siempre fueron presentados como un solo “paquete” sin abrir, y sobreentendiéndose que su oculto contenido (por supuesto “antisocial”, “malvado” y “egoísta”) era descalificador para el marxismo, que lo refutaba plenamente. Pero una vez abierto el paquete, y volcados los distintos elementos, se puede encontrar que su contenido era algo relativamente sencillo, sin mayores misterios, y que, por el contrario, era reafirmatorio de la conveniencia para la vida, así como de la posibilidad realista del socialismo y de la ulterior sociedad sin clases. Ello debía ser así en definitiva, porque toda la estructura esencial del psiquismo humano se formó durante la evolución de la especie, en medio del natural comunismo primitivo de la tribu. Por eso, volver a una sociedad donde no haga falta vivir “pertrechados” para afrontar la selva social, y en la que funcionen plenamente los valores y no haya lugar para quienes tengan “preferencia” por el trabajo ajeno, no sería más que recuperar una de las más importantes condiciones naturales de vida, perdida hace muchísimos años. Sería el reencuentro con un clima social de salud moral y espiritual casi desconocido por la civilización en su conflictiva historia.


* Véase Marx Carlos, El Capital, Editorial Cartago, Buenos Aires 1974; Marx C. y Engels F. Obras escogidas, Editorial Ciencias del hombre, Buenos Aires 1973; Lenin, V.I. Obras completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970.

Finalmente, y volviendo a la propuesta del anterior capítulo, de la transformación del contexto general de las actividades sociales y el trabajo, adecuándolos a las necesidades humanas, así como a los requerimientos del desarrollo productivo de la sociedad, podríamos considerarla, desde nuestra ubicación histórica, como una segunda etapa importante del progreso social, luego de la reorganización general de las relaciones económicas con la consolidación y generalización del socialismo. En tal sentido, las diversas ventajas para la vida social que tendría su implementación, como por ejemplo el mayor entusiasmo por el trabajo, y también por la vida misma, contribuirían a mejorar el socialismo y ayudarían a despejar el camino de la humanidad hacia la sociedad sin clases y sin Estado, hacia la comunidad con autorregulación moral, espiritual y racional, es decir, hacia el logro de lo que Marx concibió como el ideal comunista.

Dicho ideal, si repasamos lo tratado oportunamente sobre las aspiraciones de cualquier tribu primitiva, veremos que es el ideal más natural del hombre. Consiste, entre otros elementos, en la seguridad material y la libertad frente a los apremios de las necesidades más básicas para todos, como premisas para el logro de la felicidad social y la plena realización del ser humano. Supone el desarrollo de la producción maquinizada y automatizada, con el debido cuidado y protección de la naturaleza, hacia la superabundancia de bienes para toda la sociedad, en función de la progresiva libertad de cada uno frente a las exigencias del trabajo, para que la atención se vuelque cada vez más hacia las variadas actividades recreativas, deportivas, educativas, turísticas, artísticas, científicas. Se trata pues del campo más fértil para la verdadera libertad del individuo.-


© Autor: Alberto E. Fresina
Título: Las Leyes del Psiquismo
Editorial Fundar
Impreso en Mendoza, Argentina

I.S.B.N. 987-97020-9-3
Registrado el derecho de autor en la Dirección Nacional del Derecho de Autor en el año 1988, y en la Cámara Argentina del Libro en 1999, año de su publicación.
Características del ejemplar: Número de páginas: 426; medidas: 15 x 21 x 2,50 cm.; peso: 550 gs.


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En este espacio se transcribe en forma gratuita el texto completo del libro "Las Leyes del Psiquismo". La modalidad del reintegro por esta entrega es la colaboración voluntaria del lector.
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