Creacionismo bíblico.

Antonio Vélez
Introducción.
Antigüedad del universo.
Evidencia fósil.
Especies extinguidas.
Imperfecciones de diseño.
Vestigios arcaicos.
Estructuras compartidas.
Palabras finales.

Antigüedad del universo.

Al determinar la edad del Universo a partir del relato bíblico, los cálculos más optimistas no pasan de diez mil años. Error mayúsculo. Son múltiples y variados los argumentos para demostrar que al admitir una Tierra tan juvenil, llegaríamos al absurdo de que casi todos los dominios de la ciencia moderna estarían plagados de falsedades y que, en consecuencia, la mayoría de los textos de ciencia deberían ir al fuego por impíos y erróneos. En particular, la astronomía, la astrofísica, la geología, la paleontología, la arqueología, la física y la biología deberían revisar sus teorías a fin de conciliar sus afirmaciones con las del texto sagrado.

Los astrofísicos tercian en la discusión y alegan que el Universo tiene alrededor de 15.000 millones de años de edad, antigüedad deducida de la velocidad de expansión del Universo actual, y aseguran que la evolución estelar requiere, por lo general, miles de millones de años para ocurrir. Es decir, que gran parte de las estrellas del cielo nocturno llevan ardiendo varios miles de millones de años. En particular, nuestro Sol ha llegado a su mayoría de edad, seis mil millones de años, y le queda por vivir otro tanto.

Los astrónomos nos enseñan que la Tierra es menos que una mota de polvo perdida en espacios inconmensurables, lo que le quita la importancia cósmica que podría derivarse del libro sagrado. Más aún, las dimensiones formidables que los astrónomos le atribuyen al Universo nos permiten deducir que hay objetos estelares, los cuásares entre ellos, situados a distancias tales que la luz que ahora vemos ha estado vagando por el espacio más de diez mil millones de años. Ante semejante desperdicio de espacio, escribe con humildad el físico Stephen Hawking: “La especie humana es tan sólo escoria química astrofísicamente insignificante”.

Al aplicar el método de datación del rubidio–estroncio a las rocas más antiguas de nuestro planeta, se obtiene una antigüedad cercana a los cinco mil millones de años, edad que coincide con la obtenida al aplicar igual tecnología a las rocas lunares, y que vuelve polvo los diez mil años de la cronología bíblica. Las rocas sedimentarias se forman, como su nombre lo sugiere, por acumulación de sedimentos, seguido por un proceso muy lento de deshidratación y compactación. Esto significa que para formar una placa de unos pocos decímetros de espesor se requiere tiempo en dosis geológicas. Debido al proceso natural de formación, estas rocas van acumulando, capa sobre capa, una historia detallada del acontecer físico y biológico de la Tierra. Así que se las puede considerar como tiempo petrificado. Un documento lítico en el cual van quedando consignados los accidentes más notables de cada época: cambios climáticos, movimiento de los continentes, glaciaciones, impactos de meteoritos y todo el flujo evolutivo de la vida, con el nacimiento y muerte de especies naturales.

Los geólogos clasifican con gran cuidado los estratos sedimentarios que afloran en cada región, calculan sus antigüedades y los ordenan en forma cronológica. Después de superponer la información recogida en diversos sitios de la Tierra, han construido una sola secuencia, monumental registro geohistórico que puede medir en este momento un poco más de 120 kilómetros de altura. Y para muestra un cañón, el del Colorado, excavado con suma paciencia por el río que lleva su nombre. Las paredes del Cañón conservan, entre la parte más profunda, al nivel del río, y la parte superior, kilómetro y medio más arriba, un registro geológico que supera los dos mil millones de años de historia. O Dios, para confundirnos, creó la Tierra con el Gran Cañón prefabricado.

Ahora bien, para formar por sedimentación y posterior compresión una columna de 120 kilómetros de altura, el tiempo requerido habrá que medirlo en unidades de tiempo geológicas, esto es, en cientos de millones de años. Por tanto, la juventud de la Tierra, derivada de una mala lectura del Génesis, entra en abierto conflicto con la información suministrada por las rocas sedimentarias. La conclusión es obvia: para revelar los secretos del acontecer pasado en nuestro mundo, resulta más confiable leer las rocas que las Escrituras.

Y agregan los geólogos: el petróleo que ahora consumimos requiere cientos de millones de años para formarse a partir de vegetales enterrados en el subsuelo, sometidos a presiones descomunales. Y lo mismo ocurre con el carbón y el gas natural. Otra espinita que incomoda a los creacionistas es la existencia de los grandes yacimientos de sal, formados por evaporación de sustanciales cantidades de agua de mar. En el estado de Utah se encuentra el principal depósito salino de Estados Unidos, con un espesor de kilómetro y medio. Si ese depósito se formó por evaporación de las aguas del Diluvio Universal, como afirman los fulanos de Kansas, fue necesario que se acumularan alrededor de cuatro metros por día, en cuyo caso estaríamos frente a uno de los más asombrosos milagros de la historia. Un milagro colosal. La prodigiosa multiplicación de la sal convertiría la de los panes en un pequeño ejercicio de magia.

El vulcanismo aporta pruebas adicionales a favor de un mundo muy antiguo. Las mesetas del Decan, en India, son extensas formaciones producidas por acumulación de lava volcánica, con un espesor que en su parte occidental supera los 2.400 metros. Los estudios geológicos llevan a la conclusión de que el vulcanismo causante de esa inmensa formación ígnea debió de durar unos 500.000 años. ¡Imposible!, exclamarán los creacionistas; sin embargo, allí está el viejo monumento de magma solidificado, en silencio pero muy elocuente.

En 1912, Alfred Wegener, astrónomo dedicado a la geología, propuso la atrevida teoría de que los continentes, que hasta la fecha se creían inmóviles, estaban en permanente deriva; especies de balsas que se desplazaban con majestuosa lentitud sobre la parte superior del manto ligero de la Tierra. Después de cuarenta años de silencio y olvido, las teorías de Wegener fueron desempolvadas. En la actualidad, el nuevo paradigma geológico sostiene, con algunas modificaciones respecto a la propuesta original, que los continentes están montados sobre gigantescas placas líticas que flotan y se mueven sobre el manto ligero. El calor generado en el centro de la Tierra, el mismo que mantiene esa capa superior del manto en estado semilíquido, aporta la energía necesaria demandada por el proceso.

En las profundidades submarinas, el material fundido del manto brota permanentemente por extensas fallas, llamadas dorsales. El magma expulsado se riega a ambos lados y se solidifica al entrar en contacto con el agua fría del mar, para convertirse en nuevo lecho marino. Este efecto de ensanchamiento produce fuerzas opuestas que desplazan las placas continentales situadas a cada lado de la dorsal correspondiente.

La comunidad científica acepta hoy que hace cerca de 210 millones de años, las placas continentales estuvieron unidas formando un supercontinente, no contemplado en ningún libro sagrado. África y América del Sur se hallaban en ese entonces en íntimo contacto; Australia e India estaban situadas mucho más al sur de su posición actual, en contacto entre sí y con la Antártida. Creen los expertos que el supercontinente debió permanecer en ese estado hasta que, hace unos 135 millones de años, el calor transmitido por el manto fue suficiente para fracturarlo y dar inicio a la separación y desplazamiento de las enormes placas continentales. La propuesta de Wegener ha sido justificada en forma teórica y debidamente comprobada en forma experimental. En efecto, se han encontrado fósiles de las mismas especies y de las mismas épocas en África, Australia y la Antártida, lo que prueba que existía una comunicación directa entre ellas.

La parte viviente de los corales son los pólipos, diminutos animales de forma cilíndrica. Los corales pétreos, una de sus clases más importantes, se agrupan formando colonias numerosas, y con sus esqueletos calcáreos construyen los arrecifes de coral. La llamada Gran Barrera, estructura coralina que corre paralela a la costa este de Australia, tiene una extensión de 2.300 kilómetros y abarca una superficie de 230.000 kilómetros cuadrados. Los corales formados sobre barcos hundidos permiten calcular la velocidad de crecimiento, puesto que se conocen la fecha del hundimiento y el tamaño de la formación. De estos sencillos cálculos se infiere que la mayoría de los arrecifes de coral tienen un poco más de 65 millones de años, antigüedad corroborada por las técnicas físicas de datación.

El método de datación por medio del carbono 14 hace posible determinar con cierta precisión la edad de utensilios y otros objetos antiguos, lo que permite a los arqueólogos elaborar una historia de las culturas pasadas. Pues bien, esos estudios demuestran, sin lugar a dudas, que hay pinturas rupestres, como las de la gruta de Chauvet, recién descubierta en Francia, que tienen un poco más del triple de la edad bíblica de la Tierra. Y de antigüedades que duplican los diez mil años bíblicos hay pinturas y variedad de utensilios y objetos elaborados con gusto exquisito por nuestros antepasados humanos.

En la datación del primer australopiteco afarense, hallado en Etiopía, se utilizó el método del argón–potasio, complementado por el de trazas de fisión y el paleomagnetismo. El resultado final, al que apuntaron simultáneamente los tres procedimientos, fue una antigüedad cercana a los 3,7 millones de años. Resultado que nos permite afirmar con gran seguridad que estos antepasados caminaban erguidos hace 37.000 siglos, contra los cien del Universo del texto sagrado.


Evidencia fósil.