Introducción.
Antigüedad del universo.
Evidencia fósil.
Especies extinguidas.
Imperfecciones de diseño.
Vestigios arcaicos.
Estructuras compartidas.
Palabras finales.
Uno de los argumentos más socorridos por los creacionistas es el de la falta de formas intermedias. Pero resulta que este fenómeno es consecuencia directa de, por un lado, la improbabilidad de la fosilización y, por el otro, de la misma teoría evolutiva; esto es, que con ese argumento están validando la teoría darviniana. Y es que –sostiene la teoría - despu&eaccute;s de la aparición de una idea biológica nueva, sobreviene una etapa de variaciones acerca del mismo tema, que conduce a una febril y rápida ramificación, seguida de una fase de extinción en la que desaparece la mayor parte de las nuevas líneas. Porque es común que el portador del diseño original y todas sus variantes presenten desajustes importantes respecto al entorno. Problema de corta duración, pues en un breve periodo los organismos se modifican hasta lograr un apropiado ajuste con el medio, a partir de lo cual adquieren su estabilidad definitiva.
Dado el breve lapso que ocupa este repentino estallido de creatividad biológica, y por tratarse de poblaciones pequeñas –el progenitor y sus primeros descendientes–, la posibilidad de legar un fósil a la posteridad es muy baja. Las formas estables, una vez superado el periodo de innovación y selección, son las llamadas a dejarnos algunos recuerdos paleontológicos, auxiliadas por la gran duración de su periodo de estabilidad. En suma, el vacío fósil observado en los sitios de transición es consecuencia natural del modelo evolutivo, porque las novedades crean concentraciones de cambios en tiempos cortos, espacios limitados y poblaciones pequeñas; tres factores que, conjugados, hacen de la fosilización de las formas intermedias un fenómeno bastante raro.
No obstante la pobreza natural de formas intermedias, el azar a veces colabora y nos reserva algunos preciosos ejemplares correspondientes a esos agitados periodos de cambio. En 1861 se encontró en Alemania el esqueleto fosilizado de un animal del tamaño de una paloma, bautizado con el nombre de arqueópterix. Gracias a la delicada textura de las pizarras en las que se hallaba incrustado, pueden observarse detalles minúsculos del extraño animal. Con claridad se observa que este híbrido entre dinosaurio y ave, en tránsito hacia el vuelo activo, estaba cubierto de plumas, rasgo distintivo de las aves. Pero tenía dientes y cola reptílicos, y sus huesos eran macizos, como los de cualquier animal terrestre. Y todavía no tenía el esternón hipertrofiado, esa quilla prominente que les sirve a las aves modernas para el anclaje de los robustos músculos pectorales, característica ósea esencial para el vuelo activo, ni existían los sacos aéreos en el interior de los huesos, indispensables para el vuelo activo.
Conjeturan los paleontólogos que la ballena en cuyo vientre viajó Jonás como polizón desciende de un ungulado carroñero de hace sesenta millones de años. El primer paso evolutivo hacia el hábitat marino lo convirtió en un animal de costumbres anfibias, el Ambulocetus natans (ballena caminadora que nada), capaz de aventurarse en el mar costero. En sedimentos de un antiguo mar ubicado en Pakistán se encontraron algunos huesos fósiles de un espécimen de ésos, datados en más de cincuenta millones de años de antigüedad. Y se conocen fósiles de serpientes con huesos pelvianos y extremidades posteriores un poco atrofiadas, en los que se alcanzan a distinguir vestigios de la arquitectura ósea de los cuadrúpedos. El fósil de Pachyrachis problematicus (problemático animal de costillas gruesas) se descubrió a finales de la década del setenta cerca de Jerusalén, pero sólo en 1996 se pudo extraer de la roca que lo contenía, y así se reveló que pertenecía a un antepasado de las serpientes. El cuerpo era sinuoso y largo, con 140 vértebras, y poseía extremidades posteriores, muy cortas, tal como si ya éstas anduviesen en vías de desaparición.
Aunque la pobreza de fósiles con características intermedias es la regla, en la evolución humana se presenta una afortunada excepción: se dispone hoy de una rica colección de fósiles de prehomínidos y homínidos bípedos que describen una historia de más de cuatro millones de años de extensión, en la que se observan incrementos graduales de capacidad craneal, de tal modo que pueden ordenarse los fósiles existentes, de 50 en 50 mililitros, y no quedan vacíos. Esto es, contra todo lo que digan los creacionistas, en la historia humana existen más eslabones encontrados que perdidos.