Creacionismo bíblico.

Antonio Vélez
Introducción.
Antigüedad del universo.
Evidencia fósil.
Especies extinguidas.
Imperfecciones de diseño.
Vestigios arcaicos.
Estructuras compartidas.
Palabras finales.

Vestigios arcaicos.

El código genético es un tablero mal borrado: se destaca netamente lo último que se ha escrito, pero se alcanzan a leer vestigios de lo anterior. Afirmaba Darwin: "Los órganos rudimentarios pueden compararse con las letras de las palabras que aún figuran en su ortografía y han acabado siendo fonéticamente inútiles, pero aportan una pista para la localización de su origen". El aprendizaje molecular o evolutivo es lento, e igualmente lento es desaprender en este mismo sentido. Las estructuras y características determinadas por el genoma, desarrolladas para hacer máxima la eficacia biológica en un nicho dado, al transformarse sustancialmente éste, tienden a permanecer por un tiempo adicional y, a veces, más de la cuenta. Raras son las que se extinguen definitivamente, muchas las que apenas se desvanecen y se manifiestan en forma de residuos vestigiales, siglos después y cuando ya no tienen ninguna funcionalidad o no aportan nada a la eficacia biológica en las nuevas condiciones.

El desarrollo embrionario de los vertebrados, incluido el hombre, muestran un extraordinario parecido. Y no es de sorprendernos cuando sabemos que compartimos extensa regiones del genoma. En la primera fase del desarrollo del embrión humano son claramente visibles las agallas, vestigios ancestrales embrionarios que delatan nuestro pasado marino; también es notoria la cola reptílica que nos acompaña hasta la segunda fase, para luego recogerse internamente en actitud sumisa. La ley de recapitulación de Haeckel postula que la ontogenia recorre la filogenia, esto es, que durante el desarrollo, el embrión va recorriendo las mismas etapas evolutivas que recorrió su especie: si presentamos agallas, fue que en un pasado remoto vivimos en el agua; si el embrión tiene cola, nuestros antepasados la tuvieron.

La similitud entre los pasos ontogénicos y los filogenéticos se puede explicar si se tiene en cuenta que una parte considerable del cambio evolutivo se debe a modificaciones en las estructuras ya existentes, más que a la adición de nuevas, y estas modificaciones, a su vez, se materializan por medio de cambios en las velocidades relativas de crecimiento durante la fase del desarrollo, y en la duración de esta última. Los resultados morfológicos finales pueden ser tan disímiles que uno se niega a conceder fácilmente que todo el proceso haya partido de un solo punto u origen común. Así, una disminución en la velocidad de crecimiento de los huesos de la cara y los maxilares puede transformar el rostro de un hombre en el de un simio (las caritas de los simios se parecen bastante, en su forma general, a la de los niños, parecido que se pierde rápidamente al crecer). Si se acortan período de crecimiento y velocidad, se puede convertir fácilmente un animal de la talla de un caimán, en una simple lagartija.

Son numerosos los rudimentos arcaicos aún presentes en el hombre moderno. La sal disuelta en la sangre es una herencia marina antiquísima que, además, nos permite conocer con precisión cuál debió ser el grado de salinidad de los mares primitivos. El lanugo o vello de los recién nacidos, que nos recuerda un pasado de monos peludos. Los huesos del cóccix, restos de nuestra antigua cola reptílica, y los músculos del pabellón auricular, ya atrofiados, que tuvieron su momento de importancia cuando aún no poseíamos la fantástica movilidad de la cabeza que exhibimos actualmente. Son claros vestigios de nuestro paso por la selva el pie simiesco del recién nacido, vuelto hacia adentro y sin arco; el llamado reflejo del mono o capacidad prensil que exhiben los bebés, posible residuo de nuestras andanzas por los árboles; una sola cría por parto, clarísima herencia de primate arborícola, ya que es una tarea casi imposible esa de viajar por las copas de los árboles con dos o más monitos aferrados a la pelambre; las raíces profundas de los caninos, desproporcionadas para el tamaño de éstos, que nos sugieren un pasado de grandes colmillos. Las siempre problemáticas muelas cordales, que ya no encuentran sitio libre en un maxilar que se ha acortado demasiado al desaparecer el hocico de primate cinocéfalo, para liberar todo el espacio que requiere un cerebro en rápida expansión.

Probablemente de un pasado más antiguo heredamos los músculos para erizar el cabello en momentos de intenso miedo -las peelículas de terror nos hacen recordar su presencia -, adapptativo en épocas remotísimas pues nos permitían, como se lo permiten al gato doméstico actual, aumentar el tamaño aparente y así volvernos más "amenazantes" y "peligrosos" ante los ojos de nuestros enemigos. De la misma época pueden provenir los músculos que erizan los vellos de todo el cuerpo cuando hace frío -"carnee de gallina" - y quee de esa manera pretenden, inútilmente pues ya no somos monos peludos, aumentar la capa térmica de aire retenida entre piel y pelambre. De antigüedad parecida pueden ser los impulsos hacia la desparasitación y el acicalamiento que aún nos acompañan, pero transformados en el gusto inocuo por acariciar pieles, osos de peluche, perros lanudos...

Estructuras compartidas.