Creacionismo bíblico.

Antonio Vélez
Introducción.
Antigüedad del universo.
Evidencia fósil.
Especies extinguidas.
Imperfecciones de diseño.
Vestigios arcaicos.
Estructuras compartidas.
Palabras finales.

Imperfecciones de diseño.

Si hacemos honor a la exactitud, la evolución poco crea: modifica y modifica lo existente hasta darle una nueva presentación. El paleontólogo y ensayista Stephen Jay Gould dice que la selección natural es un cedazo, no un escultor. Y en otro ensayo agrega: “La evolución, desde el Cámbrico para acá, no ha hecho más que reciclar los productos básicos de su propia fase exploratoria”. La planta o el animal ya existen y poseen características dadas que deben modificarse gradualmente para adaptarlas a un nuevo nicho. El proceso evolutivo no tolera cambios tan grandes como los requeridos para alterar por completo el diseño básico. Habría que comenzar todo desde el principio, y esto no es posible. “La evolución -dice RRichard Dawkins - no emmpieza nunca a partir de una mesa de dibujo vacía”. Borrar y comenzar de nuevo es el procedimiento ideal, pero no le es permitido a la evolución. Su problema es un caso típico de máximos y mínimos con restricciones. Y lo resuelve de manera más que admirable.

Lo anterior, entonces, explica por qué en ocasiones, cuando observamos algunas formas vivientes, tenemos la sensación de que el diseño no es el mejor, pero, a pesar de todo, su funcionalidad y adaptación son de una perfección increíbles. Y más notable aún, cuando apreciamos su perfección dentro de limitaciones estrechísimas. Los ojos de los mamíferos y cefalópodos evolucionaron siguiendo caminos distintos y apartados, pero llegaron a resultados casi idénticos. No obstante, existen pequeñas diferencias anatómicas, resultado de los caminos evolutivos particulares, traducidas en grandes diferencias funcionales, con ventaja apreciable para los segundos. Pues bien, en los cefalópodos, los vasos sanguíneos que alimentan la retina, y los ramales nerviosos que parten de allí, están situados por debajo de ella, de tal manera que no interfieren con la luz incidente, como sí es el caso en los mamíferos, en los que el orden está invertido.

El futuro de las especies está severamente constreñido por su presente. Cuando se está localizado en una pequeña rama del árbol evolutivo, es imposible retornar al tronco principal, deshacer las transformaciones acumuladas y diseñar de nuevo el organismo. El pingüino debe nadar con sus alas, pues no tiene forma de convertirlas en aletas auténticas. No es permitido demoler y volver a construir sobre las ruinas. Cada novedad que aparece crea nueva historia a partir de la pasada. En el árbol de la vida no queda otra alternativa que seguir adelante y generar una nueva rama derivada de la anterior. Hasta las involuciones representan nuevas ramas. El árbol de las especies aumenta su fronda con el paso del tiempo, aunque la mayoría de sus ramas se secan en forma temprana.

En este punto vale la pena señalar una diferencia esencial entre el diseño humano y el que realiza la naturaleza. En el primero, por lo general, se diseña una pieza para cada función; mientras que la naturaleza va acumulando más y más funciones sobre los mismos órganos. De esto, el ejemplo más destacado lo proporciona el cerebro. En efecto, cada sección o zona cerebral tiene asignada alguna función principal y un conjunto amplio de funciones accesorias adicionales. En resumen: en el diseño de los ingenieros lo elementos constituyentes son unifuncionales; en el de la naturaleza, multifuncionales.

Una prueba fundamental en contra de un universo de formas vivas creadas una a una por un ser superior la aportan las extrañas y, a veces, arrevesadas soluciones que observamos en la naturaleza. Así escribe Gould en El pulgar del panda: “Si Dios hubiese diseñado una hermosísima máquina para poner de relieve su sabiduría, sin duda no hubiera utilizado una colección de partes con funciones normalmente diferentes. Las orquídeas no son obra de ningún ingeniero ideal; son ajustes provisionales hechos a partir de un juego limitado de piezas disponibles. Por tanto, deben haber evolucionado a partir de flores ordinarias”. Y en otro aparte de la misma obra escribe: “Las extrañas disposiciones y las soluciones singulares constituyen la verdadera prueba de la evolución. Caminos que un dios sensato jamás hubiera adoptado, pero que un proceso natural, constreñido por la historia, se ve obligado a seguir”.

Y es también la reproducción diferencial, no la creación en un acto, la causante de todas las rarezas y curiosidades que aparecen en el mundo vivo. Stephen Jay Gould lo describe muy bien: “Hay que buscar las rarezas y las imperfecciones que sólo se producen si es la selección -basadaa en el éxito reproductivo de los individuos - y no algún otro mecanismo evolutivo lo que determina el camino de la evolución. Tan sólo el mundo de Darwin podría rellenar la naturaleza con curiosidades semejantes que debilitan algunas especies y van en contra del buen diseño, pero producen el éxito donde realmente importa en el mundo de Darwin, y sólo en él: en la transmisión de más genes a la generación futura”. Los caminos de la evolución suelen ser muy tortuosos, resultado de seguir en todo momento la dirección que hace máxima la eficacia biológica en el nicho particular que la especie ocupe.

Como lo entiende Gould, la clave para entender gran parte de los diseños de la naturaleza reside en lo que los franceses llaman bricolaje: el arte de modificar lo existente para que desempeñe una nueva función: hacer de un sombrero una canasta, de una caja una silla, de una bicicleta vieja una obra de arte. “Un cambio funcional -dice SStephen Gould - en ell seno de una continuidad estructural”. Los biólogos lo conocen como preadaptación. Un término desafortunado, pues sugiere que el proceso evolutivo ha sido planeado de antemano, y que las adaptaciones, de una manera precognitiva, se anticipan a las variaciones futuras del nicho ecológico. Pero ya sabemos bien que la evolución no posee misterios paranormales, no está basada en la precognición ni en la previsión, sino en el oportunismo. En un lenguaje simple, todo lo que ocurre no es, en el fondo, más que una oportuna e ingeniosa sustitución de funciones. En ocasiones, las nuevas funciones no destruyen las antiguas, y el órgano o la parte deviene multifuncional.

La naturaleza ha sido maestra en el arte del bricolaje. Las alas de las aves fueron patas delanteras en los reptiles que las precedieron, y esas mismas extremidades sirvieron como aletas a los peces que precedieron a los reptiles. Pero muchísimo antes de eso, en los protopeces, fueron simples pliegues cutáneos que se proyectaban a lado y lado para darle estabilidad dinámica al cuerpo del animal. En los pingüinos, las alas se conservan casi inalteradas, pero vuelven a su función primigenia: la natación. En los animales de vida subterránea, las extremidades anteriores se convirtieron en palas para excavar, y en el hombre se transformaron en manos, las herramientas naturales más finas y versátiles que se conocen, protagonistas importantes en la evolución de la inteligencia.

La aleta caudal de los peces primitivos se convirtió más tarde en la cola de los mamíferos. En algunos dinosaurios y en los pangolines se transformó en arma de defensa; en los canguros pasó a desempeñar el papel de palanca impulsora; en los perros y lobos es parte del equipo de señales sociales, mientras que en las ardillas es órgano de equilibrio; en los monos suramericanos se convierte en una quinta mano, fundamental para sus desplazamientos por las ramas de los árboles, y el ganado destina el mismo apéndice a una función más humilde: espantar moscas y otros bichos molestos.

La lengua comenzó siendo un instrumento alimentario. Además de colaborar en la recolección del alimento, se convirtió en una estación de selección de nutrientes apropiados y de rechazo de los inapropiados. En ciertos animales, la lengua se convirtió, además, en un órgano prensil, como ocurre en ranas, camaleones, ganado vacuno y caballar, o en el órgano de refrigeración de perros y lobos. En el hombre, la lengua adquirió un papel más distinguido: participar en el manejo de la parte verbal del lenguaje; y en algunos humanos especialmente dotados -Pavarootti, Plácido, Monserrat -, la llengua llega a ser parte de un auténtico instrumento musical. Y puede también desempeñar la excitante función de instrumento amoroso, por igual en hombres y bestias.

La sonrisa del hombre se debe a la transformación directa de un gesto de sumisión que poseían los primates que le antecedieron, y éste, a su vez, fue posible gracias a modificaciones menores en la musculatura de succión de los mamíferos. Las escamas fueron al principio células de la epidermis, endurecidas para servir de cubierta protectora; de ellas, por transformación directa, se derivaron las plumas de las aves y los pelos de los mamíferos terrestres. Los huesos articulares del maxilar inferior de los reptiles primitivos se desplazaron y convirtieron en los huesecillos del oído medio de los mamíferos. El galope del cuadrúpedo estepario se conservó, con ligeras modificaciones, y adquirió una nueva presentación: el elegante nadado ondulante de delfines, focas y ballenas; y en el menos elegante y mal llamado estilo mariposa de los nadadores olímpicos.

Vestigios arcaicos.