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Núm 29, II Época - Diciembre 2000 - Edita FE - La Falange |
Cartas a
Napoleón Una
mirada de Quebec a España César
Vidal Atentado
en Cantabria |
La prueba de la gangrena cultural, ética, moral... que sufre nuestra civilización es la existencia de programas aclamados por las masas como El Bus (la versión aún más tonta si cabe de Gran Hermano), Tómbola, Cincuenta por Quince, etc. Estos programas y concursos sólo logran su éxito al dar la oportunidad a los mediocres, a aquellos que por su propio esfuerzo nunca habrían llegado a destacar en el seno de la sociedad, de lograr fama, popularidad y algún dinero. Los poderes mediáticos convierten en héroes a aquellos que ni siquiera en sueños podían aspirar a lograr alguna de las virtudes que deben portar éstos. Triunfo de la mediocridad Nos enfrentamos al triunfo de la mediocridad. Los perdedores han logrado que otros, gracias al relativo concepto de la audiencia, conviertan su fracaso en aparente éxito, pues al convertir la incompetencia, la incultura y la carencia de estilo en un valor aparentemente real, piensan que se encuentran ya por encima de la inteligencia, la habilidad, la cultura o la belleza. Revolución pendiente En España ya no hay que hacer la revolución, pues nos guste o no el corazón económico de nuestra revolución azul mahón se llevó adelante durante los cuarenta años de gobierno del general Franco. Con la Dictadura los españoles lograron tener casa propia, automóvil, sanidad estatal, seguridad laboral y derecho al desempleo, calidad de vida..., en resumidas cuentas, se superó la atrasada España alfonsina del siglo XIX para entrar de pleno el siglo XX. Ya no hay proletarios en nuestra patria. Han desaparecido para dar paso a una amplia clase media. Eso es en buena parte, aunque no en todo, fruto de aquella revolución que propiciamos los falangistas. Nuevas amenazas surgen en los albores del siglo XXI. Los nuevos proletarios van de chaqueta y corbata, llevan teléfono móvil y tienen un buen nivel de vida. A cambio de todo esto han renunciado a los derechos y libertades propias de una sociedad verdaderamente libre. La libertad verdadera de prensa es un imposible, al igual que la independencia judicial y la igualdad ante la ley. La igualdad de oportunidades ha desaparecido a cambio de una aparente excepcional calidad de vida. Muchos de los viejos valores por los que el hombre lleva siglos luchando están en nuestras constituciones pero son una utopía, como ocurre con buena cantidad de los logros sociales e ideales que han movido a la humanidad a lo largo de su historia. Tarea histórica La revolución pendiente del siglo XXI radica en luchar contra el atontamiento y conformismo de la jaula de oro en que vivimos. En combatir la globalización y a los poderes fácticos del mundo de los grandes negocios que nos imponen suavemente una vida material alejada de nuestras esencias nacionales e individuales. Hay que recuperar el concepto de elite que siempre ha propugnado el falangismo, los fascismos en general, como un concepto nuevo, propio y de futuro. Frente al injusto y falso concepto de elite tradicional, por el cual un grupo minoritario accede al poder político, social y económico por herencia, matrimonio o coyuntura social, los falangistas proponemos la existencia de una elite verdadera para encabezar la sociedad. Una elite abierta y justa, a la que se accede únicamente por méritos propios. Nuestra sociedad tiene que ser liderada por los mejores, sean quienes sean éstos. Por aquellos que, como al principio de la historia de la humanidad, obtienen el liderazgo por su valor, inteligencia, sacrificio y capacidad para el mando. Por los partidarios de una idea de patriotismo radical. Estamos a favor de las elites. De unas elites que surgen de la verdadera igualdad. Nos oponemos a aquellas que surgen como consecuencia de que un tatara-tatarabuelo ganó la batalla de las Navas hace mil años. Nos oponemos a los financieros nacidos de herencias que les sitúan al frente de consejos de administración de grandes bancos o empresas que nos atañen directa o indirectamente a todos. Nos oponemos a aquellos que llegan al vértice de la pirámide social con el único mérito de ser amigos del colegio del presidente del gobierno o compañeros de francachela de alguna testa coronada. Debemos volver a la defensa de los valores verdaderos. Defender el concepto de elite justa, dentro del irrenunciable concepto de estado ético, oponiéndonos al triunfo de los falsos famosos, monarcas y nobles de pacotilla, de artistas del camelo, de todos aquellos que hacen su agosto a costa de nuestro trabajo y esfuerzo, a pesar de que sean divertidos, elegantes o sencillamente simpáticos. Por todo ello los falangistas debemos empezar eligiendo a los mejores de entre nosotros y luego acatar su mando con disciplina. El espíritu marcial, disciplinado y lacónico que nos caracterizó en el pasado tiene que ser nuevamente una realidad. España espera una nueva revolución. Esa revolución puede nacer en las filas del movimiento azul siempre y cuando el nivel de exigencia y compromiso sea el que España y los españoles exigen. Emilio Luis Sánchez Toro |