Inseguridad
El miedo es un sentimiento que se pasea por mi pasado, por mi ahora
y, seguramente, por mi después. Miedo a casi todo (a la
dudosapalabra
Todo). He de confesar que desde siempre (“siempre”, voy a tratar de no usar
conceptos que me queden grandes) he temido a la inseguridad, esa palabra que
para mí ya se ha convertido en un estilo de vida. La inseguridad se
me ha manifestado de varias maneras: una vez se me presentó con un ding
dong en el timbre, donde, al salir a mirar quién estaba en mi puerta,
me encontré con una señora que me empezó a hacer preguntas
de las cuales, según recuerdo, no entendí ninguna. Ahí se
me pararon los pelos de todo el cuerpo, las manos y la frente me empezaron
a sudar, el estómago casi se me vuelca y mi corazón latió a
mil por hora. Cerré la puerta sin decirle nada y me puse a ver tele
para evadir esa sensación pegajosa.
Otra vez se me manifestó la inseguridad como un “Adiós”.
Mi cuerpo recuerda un malestar parecido, pero mezclado con un nudo en el cuello
y en los lagrimales. También me dio un poco de asco. Desde esa vez odio
las despedidas cuando son eternas, más todavía si se trataba de
Cristóbal. Un día se fue y no se llevó nada más
que las huellas dejadas sin querer en mi casa.
También se ha presentado en varias oportunidades en forma de colores,
de gusanos, de variedades de bichos exóticos y de los fantasmas de mi
conciencia. La inseguridad ha tomado formas impensables, que a veces trato de
guardar en algún lugar para después dibujarlas o fotografiarlas,
pero sólo me acuerdo de algunas. Las otras se lograron escapar. A lo mejor
ahora están con Cristóbal.
Bien, como dije en un principio, el miedo ha estado presente en mi vida desde
tiempos remotos. Ha escarbado en mis rincones más secretos logrando aferrarse
como una garrapata. A veces creo que lo puedo olvidar, de hecho lo olvido, pero
sé que tengo que aprender a lidiar con él. Como en un lugar
de la ONU en un campo de batalla.