Mi
conversión al catolicismo
He de confesarme: no creo en santos, ni en vírgenes, ni resucitados,
ni en todopoderosos. Por esos tiempos tampoco.
No tengo conciencia de quien era yo, ni de lo que me gustaba hacer
en esos años,
ni menos de qué edad tenía, según mi mamá eran seis.
Pero recuerdo bien que era un día azul, que el sol estaba arriba y que
mi familia se preparaba para ir a misa. Yo me inventé un dolor de guata
para que me dejaran faltar ese domingo, pero ellos siguieron insistiendo y tuve
que recurrir a las benditas tercianas. Sonó el teléfono y desde
mi pieza escuché que era Antonio, un amigo de mi papá que era médico,
diciendo que venía para mi casa. Ese día azul nadie fue a misa.
No entendía nada. Cuando llegó Antonio me dejaron sola con él,
yo no podía decirle que lo del dolor de guata era un invento para no ir
a misa. Sacó todos sus aparatos de médico y me revisó, luego
los guardó, movió la cabeza, se despidió de mí y
salió de mi pieza cerrando la puerta. Yo por mi parte cada vez me ponía
más nerviosa. Traté de escuchar lo que se tejía afuera de
mis cuatro paredes, pero sólo agarré algunas palabras: “muy
avanzada”, “urgente”, “operar”. Yo no entendía
nada, todos los que entraban en mi pieza me veían con lástima y
entre ellos se miraban con complicidad, mientras yo trataba de explicarles que
todo era una farsa y ellos se limitaban a un “cállate, debes descansar”.
A esa altura ya había perdido la noción del tiempo, no sabía
si había pasado un día o un mes entero. Dormí. Desperté en
un pabellón blanco, con un delantal blanco, en una camilla blanca con
sábanas blancas. Blanco, nunca me ha gustado el blanco. Las enfermeras
se paseaban todo el tiempo y me ponían inyecciones. Mi mamá me
miraba desde afuera y otra enfermera se encargaba de echarla. Yo trataba y trataba
de explicar, pero nadie me quería escuchar. Todo se puso más blanco
y me dormí de nuevo, pero esta vez con miedo. Cuando desperté toda
mi familia me estaba mirando con la boca y los ojos bien abiertos. Me quería
reír, pero sentí un dolor muy fuerte (ahora sí era verdad)
en la guata, me toqué y tenía un parche -¡qué me hicieron!-,
pensé. Me sentía cannsada, lo único que quería era
ir a misa en un día azul como había sido el que pasó y haberme
ahorrado todo este lío.
Así fue como me convertí al catolicismo a la fuerza, por mi propia
culpa. Duré así alrededor de cinco años, luego me aburrí y
crecí, dejando de creer en cosas porque sí o por temer sus
consecuecias.