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No pude saber su nombre Esa mañana desperté más temprano que de costumbre, desperté por culpa de un sueño que en el mismo instante en que abrí mis ojos intenté recordarlo, pero no pude, todo fue en vano. Me bajé de la cama, el piso, para variar estaba frío y me costó muchísimo rato encontrar mis pantuflas. Me metí a la ducha y el agua quemaba, champú, jabón, más agua, secarme, buscar ropa, vestirme y desayunar, hacía mucho que no comía en las mañanas. Salí a tomar la micro, se me pasó una y en la siguiente subí por atrás y no pagué el pasaje. Quedé junto a un señor de ojos bizcos, el que tenía una bolsa blanca con blancos huevos en su interior. Quería sentarme y leer, mas me era imposible, todos los asientos estaban ocupados. Traté de recordar el sueño pero fue más imposible que sentarme, así es que en mi cabeza se posaron las melodías que siempre aparecen cuando estoy aburrido. Iba en lo mejor de una canción de los tres, cuando la ví en la escalera de la puerta de adelante, era la segunda vez que la veía, pero la primera vez fue distinto, continuaba igual de hermosa, pero se veía como si esa fuera la última mañana de su vida: sus ojos estaban perdidos más allá del infinito, era como si estuviera viendo pasar las imágenes que supuestamente uno ve antes de morir, quizá estaba viendo toda su vida, estaba absorta quizá en su niñez o en la vez en que hizo por primera vez el amor, no losé, sus ojos no estaban con ella. Como lo dije antes, era hermosa y esa mañana lo estaba más aún, se notaba que había salido apurada, ya que la vez anterior iba peinada y maquillada, esta vez iba al natural y su pelo estaba salvajemente desordenado, era como si la muerte la hubiese vestido con su velo de hermosura. Estaba preocupada, se notaba, tanto mirarla logré sacarla de sus meditaciones, me miró por menos de un segundo y alcancé a divisar en sus labios un pequeñísimo esbozo de sonrisa. Después de un rato me volvió a mirar, quería advertirme de algo, miré a mi alrededor y en lugar del señor y su bolsa con huevos, estaba un tipo feo y mal oliente con una de sus manos dentro de uno de los compartimentos de mi bolso, cuando lo miré sacó su mano, por suerte vacía, y se corrió. Cuando quise mirarla nuevamente, ella y su belleza ya no estaban en la escalera de la puerta de la micro, mis ojos desesperadamente la buscaron y la encontraron tratando de avanzar hacia donde yo estaba, se detuvo, me miró y sonrió, yo, como todo un caballero, le correspondí a su mirada y a su sonrisa. Ella no pudo avanzar más, si bien la micro estaba ya un poco más vacía, el tipo que antes había querido robarme, algo le decía a ella. Me miro asustadísima, yo empecé a moverme hacia donde ella estaba, mas ella se devolvió a la puerta de adelante, lo hizo muy rápido, le dijo algo al chofer y el ladrón se devolvió hacia el fondo de la micro, luego volvió hacia la hermosa, pero ella asustada le gritó algo al chofer, éste se asustó y frenó la micro muy bruscamente. Yo la busqué entre la gente que estaba en la micro y no la encontré. El bus comenzó a moverse nuevamente, la gente le gritaba al chofer que se detubiera, lo hizo y retrocedió unos cuantos metros el vehículo; fue ahí cuando la vi tirada en el suelo, bajo su cabeza había una gran mancha roja, yo no quería que fuera sangre. Mucha gente bajó de la micro y otros que no iban en ella se instalaron alrededor de la hermosa, todos querían ayudarla pero ya era muy tarde. En eso dos tipos tan feos como el ladrón anterior, le robaron las monedas al chofer, él dejó a la hermosa sola, por ir a defender sus sucias monedas. Yo no pude bajar de la mico, lo hice sólo hasta que un hombrecillo vestido de verde me lo pidió, bajé y su cuerpo hermoso ya había sido tapado. El hombrecillo de verde me preguntó mi nombre, yo le pregunté el de ella, él me contestó que no lo sabía. Ella no era muy alta, tenía el pelo como la noche, sus ojos tenían la profundidad del mar, tenía la piel blanca y transparente, sus labios eran simplemente una pincelada del viento. Después volví a verla cayendo de la micro, creo que la mostraron más de treinta veces en la televisión, mostraron su muerte y el robo de las monedas del chofer. Los periodistas hablaron de ella, los sociólogos y los políticos hablaron de la delincuancia de mi paías y su cuerpo siguió cayendo una y otra vez en las pantallas de todos lados y todos lo comentaron. Yo pregunté su nombre cientos de veces y nadie lo sabía. Sin embargo, supe que estudiaba medicina y que el ladrón, que antes de hacer que cayera de la micro tenía su mano dentro de mi bolso se había entregado a la justicia. Yo no compré los diarios, ni vi la televisión, tampoco encendí mi radio, no quería verla morir, sólo quería saber su nombre y escuchar un momento su voz. |
Diez años antes / Don Ernesto / La luz entra por las ventanas cerradas / Una palabra / Último día / Calles y micros I / Día antes del día 28 / Pequeñitas palabritas / Temor / Desaparecidos / Urgente silencio / Ahora / Ya casi no quedan cielos nublados / Me quedé dormido