Historia de los Imperios: Antiguos y Modernos
Analasis de la Poblacion
Analisis de la Economia
Analisis de la Historia
Analisis de la Geografia

/. . .
Estados Unidos Rusia Espania Europa





Rumania Rusia Mexico Canada Eurasia
Austria Estados Unidos Brasil Argentina Francia
Hungria Italia Iran Irak Inglaterra
Gales Europa America Oceania Gales
Asia China Hungria Austria Alemania
Africa Japon Rusia Eurasia Argentina


Inglaterra. Italia RomaEspania



Francia Austria Europa. Eurasia
InglaterraItaliaRomaEspaniaFrancia

Historia de los Imperios: Antiguos y Modernos: Paste



China Estado de Asia centro-oriental; 9.536.499 km2 , 1.165.700.000

hab. Cap. Pekín. Limita al E con Corea del N; al N con Mongolia y

Rusia; al O con Kazajstán, Kirguizistán, Afganistán y Pakistán; y al

S con la India, Nepal, Bhután, Birmania, Laos y Vietnam.



GEOGR. Geografía Física. China es el tercer país del mundo en

extensión, sólo superado por Rusia y Canadá. Una línea que se

extiende en dirección SO-NE, desde las mesetas del Yunnan hasta los

montes del Gran Xingan, divide este inmenso país en dos grandes zonas

bien diferenciadas. La China occidental comprende una sucesión de

elevadas mesetas y cuencas rodeadas por imponentes cordilleras

montañosas. La meseta del Tibet -la más elevada del mundo- está

integrada por altas montañas (3.000-4.000 m), dominadas por las

cordilleras del Karakoram (O), los Kunlun (N) y el Himalaya (S), que

están separadas por valles y depresiones lacustres. El Himalaya es la

cordillera que alcanza la mayor altitud, puesto que comprende el

Everest (8.846 m), la cima más alta del mundo, situada junto a la

frontera con Nepal. Hacia el E, el bloque tibetano es surcado por los

grandes ríos del Sureste asiático (Brahmaputra, Irawadi, Saluén,

Mekong), así como por el curso alto del Yangzi Jiang. Al NO de la

meseta del Tibet, la cordillera de los Kunlun (6.000 m) separa

aquélla de la cubeta del Tarim (Xinjiang), en cuyo sector central se

halla el desierto de Takla-Makan, uno de los más áridos del mundo;

los Tian Shan (7.000 m) se levantan al N de la cuenca del Tarim y la

separan de la depresión desértica de Dzhungaria, que se extiende, en

su sector septentrional, hasta el pie de monte de los Altai. Al NE

del Tibet, los Kunlun también dominan, en su vertiente N, amplias

cuencas (Tsaidam y Qinghai), las cuales están separadas, al N, del

macizo desértico de Alashan por la cordillera de los Nan Shan. Y en

el extremo NE de esta línea diagonal se elevan los montes del Gran

Xingan, entre el desierto de Gobi -que se extiende hacia Mongolia y

es el segundo de Asia en extensión, por detrás del Arábigo-, al O, y

la llanura de China del Nordeste, al E. La China oriental comprende,

por su parte, un conjunto de llanuras y colinas que descienden de O a

E, de forma escalonada, hacia el Pacífico. Entre los escalones

occidental (compuesto de N a S por el Gran Xingan, las mesetas del

Shaanxi, Sichuan y Yunnan) y oriental (Pequeño Xingan, montes del

Liaodong y del Shandong, Dabie Shan y Nan Ling), se extiende la

depresión central, que comprende, al N, la llanura de Manchuria y más

al S, los valles de los grandes ríos chinos que desembocan en el

océano Pacífico: el Huang He (4.845 km), por el mar Amarillo; el

Yangzi Jiang (el más largo de Asia, con 5.980 km), por el mar de la

China Oriental; y el Xi Jiang (2.000 km), por el mar de la China

Meridional. El último gran curso fluvial del país, el Amur (4.400

km), discurre al N del Pequeño Xingan, traza la frontera con Rusia y

desemboca en el mar de Ojotsk. Por otro lado, el contraste climático

entre la China occidental y la oriental es muy notable. La primera,

resguardada por el Himalaya de los monzones del E y el S, se

caracteriza por un clima extremadamente árido, con marcados

contrastes térmicos y escasísimas precipitaciones (por ejemplo, la

fosa de Turfan, en Xinjiang, recibe sólo 100 mm de lluvias al año).

La China oriental, por el contrario, recibe las influencias marítimas

desde el E (océano Pacífico), lo cual le evita la aridez: al N

predomina el clima continental -veranos húmedos e inviernos fríos-,

mientras que el resto del territorio está bajo la influencia de los

monzones, con un clima más húmedo y cálido cuanto más hacia el Sur.

Geografía humana. Con más de 1.100 millones de habitantes, China es

el país más poblado del mundo. Más del 90 % de este contingente

humano es de etnia han (o china propiamente dicha), mientras que el

resto -unos 55 grupos étnicos, como tibetanos o uigures, por ejemplo-

se reparten por diversas áreas del occidente del país. El ritmo de

crecimiento demográfico ha descendido significativamente en las

últimas décadas (2,4 % de media anual entre 1965 y 1975; 1,9 % entre

1987 y 1992), como resultado de una sensible reducción en las tasas

de fecundidad (del 5,4 ô al 2,4 ô en los mismos períodos) y natalidad

(del 37 ô en 1953 al 18,2 ô en 1992), motivada en gran parte por la

política de control demográfico llevada a cabo desde el estado, a

través del fomento del matrimonio tardío, el hijo único o la

residencia distinta de los cónyuges. Debido a su enorme extensión,

no puede considerarse que China sea globalmente un estado superpoblado

, pues registra una densidad media de 118,5 hab./km2. Sin embargo, el

90 % de su población total se concentra en una sexta parte del

territorio tan sólo, lo cual ha motivado desequilibrios demográficos

y económicos. Las densidades más altas se registran en la mayor parte

de las provincias situadas al E del meridiano 90, como Tianjin (777

hab./km2), Jiangsu (670), Pekín (644), Shandong (550), Henan (512),

Zhejiang (414) o Anhui (401), con unos valores que contrastan

enormemente con los de otras provincias que comprenden grandes

regiones inhóspitas, como es el caso del Tibet, en el Himalaya (2

hab./km2), de Xinjiang, que integra las zonas áridas de Dzhungaria y

Takla-Maka, con 9 hab./km2, o de la Mongolia Interior, que engloba un

sector del desierto de Gobi y del Gran Xingan (18 hab./km2). El

extraordinario volumen demográfico de este país plantea una paradoja

significativa: China, un Estado cuya población urbana no representa,

en términos relativos, más que un 26,4 % del total nacional (es

decir, un valor discreto), aglutina, en cambio, la mayor población

urbana del mundo en términos absolutos, con más de 300 millones de

habitantes (es decir, mucho más que la población total de EE UU,

Rusia o Japón). En este sentido, desempeñan un papel destacado las

grandes aglomeraciones urbanas de Pekín (10,8 millones de hab.),

Tianjin (8,8) y Shenyang (4,3) al NE; Shanghai (13,3) en el sector

central del litoral pacífico; Wuhan (3,5) en el centro-SE, o Cantón

(3,3), al SE del país, sin olvidar el gran peso que tiene la red de

ciudades intermedias (más de 250 urbes superan con holgura los

100.000 hab.).Geografía económica. China, que ocupaba en 1992 el

noveno lugar mundial por el volumen de su PNB, con unos 442.346

millones de dólares, es un país con una potencialidad de desarrollo

económico de tal magnitud que pasa por ser una de las posibles

primeras potencias del s. XXI. La actividad agrícola ocupa al 66 % de

la población activa china y representa algo más del 30 % en la

estructura del PIB. A raíz del triunfo de la Revolución china (1949),

la producción del agro experimentó un gran desarrollo, debido, en

gran parte, a la mejora de las técnicas tradicionales, dentro de un

nuevo marco de estructura productiva: primero, la cooperativa y,

desde 1958, las comunas populares. Además, la regulación mediante

presas de cursos fluviales como el Huang He y el Yangzi Jiang ha

permitido controlar su caudal, limitar la incidencia de las temidas

inundaciones y desarrollar la irrigación, lo cual ha significado un

extraordinario aumento de la superficie cultivada. Hoy, el peso

específico de China en el ámbito económico de los productos agrarios

es muy importante. Es el primer productor mundial de cereales (poco

menos de 400 millones de t en 1992: alrededor del 20 % del total

mundial), entre los que destacan el arroz (35 % mundial aprox.), el

maíz y el trigo (ambos con el 15 %), cuyo cultivo se localiza en la

Cuenca Roja del Sichuan (arroz), en el bajo valle del Yangzi Jiang

(arroz y trigo) o en el O de la Llanura del Nordeste (maíz). Primer

productor mundial de algodón (con 56.630.000 q en fibras) y tabaco

(con 31.210.000 q en hojas), China ocupa también uno de los primeros

lugares del mundo en las producciones de mijo, sorgo y kaoliang, soja

, cacahuetes, té, sésamo, yute, lino, azúcar, patatas y cítricos,

cultivados en la Llanura del NE o en la China meridional marítima. En

la cabaña ganadera, destacan los ovinos y caprinos (en total 206

millones de cabezas), junto con los porcinos (1.º del mundo con 379

millones de cabezas), y las aves de corral. Por otro lado, el subsuelo

chino atesora una gran riqueza en minerales e hidrocarburos que,

completada con la energía derivada del aprovechamiento de su red

hidrográfica, constituye una sólida base para la industria nacional.

La localización de las fuentes de energía se distribuye en tres

grandes ámbitos: las regiones Norte y Noreste son ricas, sobre todo,

en carbón -mineral del que China es el primer productor mundial con

más de 1.000 millones de t anuales- que se extrae en Shanxi y Shaanxi

(Datong, Yangquan) y en el NE (Fuxin, Hebei, Anhui); en las regiones

Sur, Sureste y Centro se concentra el 70 % de la potencia

hidroeléctrica instalada del país (sobre todo, gracias al Yangzi

Jiang); por último, a lo largo del sector septentrional del país

(desde Xinjiang, al NO, hasta Heilongjiang, al NE) se localizan los

yacimientos petrolíferos más importantes: depresión de Turfan

(Xinjiang), cuenca del Tsaidam (Qinghai) y Yumen (Gansu) y, sobre

todo, Daqing (Heilongjiang). Quinto productor mundial de petróleo

crudo (138 millones de t), la producción china de gas natural es

también notable (Sichuan), a lo cual cabe añadir una destacadísima

producción de hierro (tras la desmembración de la URSS, es el segundo

productor mundial, después de Brasil, con 60 Mt) en Anshan

(Liaoning), Baiyunebo (Mongolia Interior), etc. Entre los metales no

ferrosos, China dispone de los yacimientos más ricos del mundo de

volframio (Daya, en el Jiangxi), antimonio (Hunan) y manganeso

(Guangdong y Hunan); además, en la industria extractiva destaca la

obtención de estaño, cobre, cinc, plomo, tungsteno y cinabrio,

minerales todos ellos en los que el país figura entre los primeros

productores del mundo. La industria china -todavía alejada de la de

su gran rival asiático, el Japón- ha conocido en apenas cuatro

décadas un impulso espectacular, basado en esta abundancia de

recursos naturales y humanos: en la actualidad ocupa a un 22,6 % de

la población activa, supone el 46,1 % del PIB y su gran desarrollo se

refleja en su posición de vanguardia en producciones industriales

como la de cemento (primer productor del mundo con 360 Mt), el ácido

sulfúrico (el segundo, con 13 Mt) o el acero (el cuarto, con 88,6

Mt). Desde el primer plan quinquenal (1953-1957), los esfuerzos

prioritarios se enfocaron hacia la organización de una potente

industria pesada que todavía conserva su preeminencia. La siderurgia

es la rama principal, con centros destacados en Manchuria (el

complejo de Anshan es uno de los mayores del mundo), China

septentrional (Baotou) y China central (Shanghai, Chongqing). La

industria mecánica es el segundo sector manufacturero del país, con

destacadas producciones de material de transporte y ferroviario,

maquinaria agrícola (Shanghai, Tianjin, Harbin, Wuhan y, sobre todo,

Changchun). La industria química, favorecida por la abundancia de

sales, fosfatos y azufre, tiene también gran notoriedad (Shanghai,

Shengyang, Chongqing, Jilin, Pekín). En el campo de la industria de

consumo destaca especialmente la textil (algodón, lana, seda),

asentada tanto en la tradición artesana como en las grandes fábricas

modernas (Xi'an, Shanghai, Pekín, Lanzhou). El comercio exterior

chino, monopolizado por el Estado, empezó a desarrollarse

aceleradamente en 1977, con el fin de cubrir una serie de necesidades

internas (adquisición de productos químicos, siderúrgicos y

energéticos, así como de material de transporte), imprescindibles

para completar la industrialización; estas compras fueron

compensadas, paralelamente, con un aumento sensible en las

exportaciones de carbón y petróleo, además de algunos productos

elaborados. Entre los puertos marítimos del país, cabe mencionar los

de Shanghai, Tianjin, Huangpu y Dalian. Japón es su principal

proveedor (17,3 % de las importaciones) y cliente (15,8 % de las

exportaciones), seguido de la UE y de EE UU. La balanza comercial

china arrojaba en 1992 un balance positivo: exportaciones por valor

de 80.517 millones de dólares, frente a 76.354 millones de dólares en

concepto de importaciones.



HIST. Prehistoria. El territorio de China estuvo habitado desde

tiempos muy remotos. El Sinanthropus pekinensis (hombre de Pekín),

cuyo primer resto fue hallado en la cueva de Zhoukoudian en 1920, es

uno de los homínidos más antiguos de los que se tiene constancia,

pues vivió hace 500.000 años aproximadamente. El posterior hallazgo

de otros yacimientos arqueológicos (como el hombre de Mapa, en la

provincia de Guangdong) ha permitido estudiar una serie de

sinántropos y sus culturas paleolíticas respectivas. El neolítico,

que penetró en China hacia el IV milenio a.J.C., presenta sus

primeras manifestaciones culturales al N del país y, especialmente,

en la cuenca media del Huang He (culturas «de Yangshao» o de la

alfarería roja, y «de Longshan» o de la alfarería negra). Según la

tradición, los primeros soberanos fueron Yao, Shun y Yu, este último

fundador de la dinastía de los Xia, a finales del III milenio a.J.C.

A esta civilización, de marcado carácter agrícola y patriarcal, se le

atribuye la formación del primer estado chino, que tuvo su capital en

Anyi y que abarcó una parte de las actuales provincias de Shanxi y de

Henan.De los Shang a los Han. Con la dinastía Shang (c. 1770-c. 1050

a.J.C.), que tuvo su centro en la región del actual Anyang (Henan),

el pueblo chino entró en la historia. Esta etapa representa la Edad

del Bronce china, en el transcurso de la cual surgió la escritura

ideográfica (c. 1100 a.J.C.) junto a una serie de cultos religiosos.

La dinastía Zhou (c. 1050-c. 221 a.J.C.) fue fundada por el rey Wu

Wang, caudillo del principado de Zhou, establecido en el valle del

Wei y con capital en Sian. En una primera fase (la de los Xi Zhou o

Zhou del Oeste), la sociedad china quedó organizada según esquemas

feudales, bajo la autoridad del rey (o wang). Pero la invasión de los

bárbaros del N (c. 770 a.J.C.) obligó a los Zhou a trasladar su

antigua capital a Luoyang (provincia de Henan), iniciándose la etapa

de declive del poder real, que se vio confirmada a lo largo del

período siguiente, el de los Dong Zhou o Zhou del Este, llamado

también de «Las primaveras y los otoños» (722-481 a.J.C.): los

señores establecidos en las áreas marginales del reino Zhou, apoyados

por pueblos bárbaros, aumentaron gradualmente su independencia con

respecto a aquél, sentando las bases de poderosos estados autónomos -

Qin (provincia de Shaanxi), Jin (Shanxi), Qi (Shandong), Chu (Hubei)

y Song (Henan)- que serían conocidos como los «cinco supremos». De

esta época data el surgimiento de los grandes movimientos filosóficos

chinos (confucianismo, taoísmo). Entre 481-221 a.J.C. tuvo lugar el

período «de los Reinos combatientes», en el que se desvaneció la idea

de un wang principal (la dinastía Zhou abdicó en 249 a.J.C.), al

tiempo que proliferaban las guerras de anexión por parte de los

grandes reinos (el Qin, al NO, y el Zhou al S) sobre los Estados más

débiles. Desde finales del s. IV a.J.C. los príncipes de Qin,

establecidos en Shaanxi, extendieron sus dominios desde Mongolia

hasta más al S del Yangzi Jiang. La ocupación en 221 a.J.C. del

reino de Qi marcó el final del sistema feudal y el inicio del primer

Imperio chino, bajo el mandato de Qin Shi Huangdi (221-210 a.J.C.).

Éste ordenó levantar en su frontera N la Gran Muralla (de más de

2.000 km de longitud), con el fin de defenderse de los bárbaros

xiongnu. Pero sus principales aportaciones se plasmaron en la

organización política del Estado, en la que destacó el gran ministro

Li Si (de la escuela de los legalistas). La creación de una burocracia

centralizada, el debilitamiento de la nobleza, la división del

Imperio en 36 provincias, la fijación de fronteras, la supresión de

aduanas internas, la represión política y cultural (quema en 213

a.J.C. de libros «clásicos») y la unificación de la escritura, fueron

medidas impuestas desde la capital, Xianyang, para unificar el

Imperio. Pero a la muerte del emperador (210 a.J.C.), la dinastía Qin

no tardó en disolverse. En un contexto de vacío de poder, Liu Bang,

un gran hacendado agrícola, se hizo proclamar emperador (Han Gaozu,

206-195 a.J.C.), fundando un nuevo linaje (los Han) y reunificando el

Imperio en torno a la capital Chang'an (actual Xi'an). Dentro de la

dinastía de los Han hay que distinguir dos períodos. Los Qian Han

(Han anteriores u occidentales) reinaron entre 206 a.J.C y 23 d.J.C.

El emperador más importante fue Wudi (140-87 a.J.C.), que reforzó el

carácter centralista del Estado con la creación de «consejeros» en

cada uno de los principados locales y la designación de funcionarios

por concurso, dando así origen al mandarinato. Por otro lado, el

confucianismo fue reconocido como doctrina oficial gracias al

filósofo Dong Zhongshu. El Imperio alcanzó durante este reinado su

mayor expansión territorial, abarcando desde Tonkín (al S) hasta

Corea septentrional (al NE) y Ferganá, en Uzbekistán (al O). Se

consiguió asimismo el dominio de la ruta de la seda, al ser vencidos

los xiongnu en 119 a.J.C. Tras la breve usurpación del poder por

parte de Wang Mang (9 d.J.C.-23 d.J.C.), Guang Wudi reinstauró la

estirpe de los Han -denominada Hou Han (Han posteriores u orientales,

23-220)- y trasladó la capital Chang'an a Luoyang (Henan). Gracias a

la ruta de la seda, el Imperio Han consolidó su comercio exterior,

entablando relaciones con Europa y la civilización hindú (penetración

del budismo). La invención del papel, junto a los avances en campos

diversos del saber, como la astronomía, la alquimia, la medicina y la

cirugía completan la visión global de esta etapa de esplendor

cultural, que coincidió con el reinado de Mingdi (fines del s. I

d.J.C) y en la que también destacaron las campañas militares que

llevó a cabo el general Ban Chao por el Asia central.De los Tres

Reinos a los Song. Con el derrumbamiento de la dinastía Han

(«revuelta de los Turbantes amarillos»), se abrió una fase de luchas

políticas, conocida como el período «de los Tres Reinos» (220-316).

El imperio quedó fragmentado en tres partes: el reino de Shu Han (al

SO), el de Wei (al N) y el de Wu (al SE). El intento de unificación

por parte de la estirpe de los Xi Jin (procedente del reino de Wei),

en torno al año 280, quedó truncado por las invasiones de los xiongnu

que, desde el N, penetraron hasta el recodo del Huang He. En 308 uno

de estos jefes bárbaros se proclamó emperador y tres años más tarde

el emperador Xi Jin fue hecho prisionero. Desde entonces (311), el

imperio se circunscribió a la China meridional, con capital en

Nankín. Durante la época de las Seis Dinastías (316-581), China

mantuvo una marcada dicotomía. El N estuvo ocupado por pueblos

bárbaros, ya de origen turcomogol (los xiongnu hasta 352), o bien

turcotungú (los xianbei, hasta 507). Estos últimos, también conocidos

como tabghach, fueron quienes fundaron el reino Bei Wei (386-556),

famoso por la aceptación que tuvo en él la cultura budista (santuario

rupestre de Yungang). El S, por su parte, vivió un relevo continuo de

familias reales: en 420 los Xi Jin fueron sustituidos por los Song

(420-479) y éstos por los Qi (479-502). En 502 subió al poder el

linaje de los Liang, que reinó hasta 577, en que fue derrocado por la

familia Cheng (577-589). La dinastía Sui (581-618), instalada en el N

de China, fue la encargada de recomponer la unidad del Imperio, una

vez completó la conquista del S en 589. Wendi y Jangdi -su hijo y

sucesor- llevaron a cabo una política de expansión hacia Asia central

y Corea, al tiempo que reforzaron la cohesión interna con la apertura

del Gran Canal, que conectaría el Huang He y el Yangzi Jiang. Pero el

fracaso de la campaña de Corea ocasionó una revuelta general (616) y

el fin de esta estirpe. En un contexto de anarquía generalizada, Li

Yuang fundó la dinastía de los Tang (618-907), inaugurando uno de los

períodos más brillantes de la historia de China, en el que ésta se

convirtió en la principal potencia económica, política y cultural de

Asia, alcanzando su población los 50 millones de individuos y

llegando su capital, Chang'an, a albergar dos millones de almas.

Durante el imperio de Taizong (627-649) se desarrolló el comercio

(té) al hilo de la expansión de la economía monetaria (creación de

bancos y de las primeras formas de moneda fiduciaria) y las ciudades

del S adquirieron un rango económico y cultural hasta ahora nunca

conocido. En tiempos de Xuangzong (712-755) la vida artística

floreció y las letras conocieron un momento de renovado impulso de la

mano de poetas como Du Fu, Bo Juyi o Li Bo. En política exterior,

Xuangzong intentó prolongar la expansión de Taizong por el Tibet

(cuenca de Tarim) y, de este modo, ocupó la meseta del Pamir (747-

750); asimismo, acudió en ayuda de los reyes de Ferganá, Samarcanda y

Bactriana frente al empuje árabe (715), hasta caer derrotado en la

batalla de Talás (751). En 755 fue derrocado por un golpe militar que

dio paso a una etapa de guerra civil cuyos efectos a nivel

socioeconómico repercutieron de forma negativa en el período de

restauración del poder Tang (763). En efecto, vacías las arcas del

Estado, se implantó un sistema tributario opresor sobre campesinos y

mercaderes, que tuvo como resultado la generalización de los motines,

la reducción masiva de propietarios agrícolas y el desarrollo de un

feudalismo de tipo hereditario. El malestar popular se manifestó

violentamente en la revuelta campesina encabezada por Wang Xianzhi y

Huang Chao (874), este último protagonista de la toma de Chang'an

(881) que obligó al emperador a huir hacia Sichuan. Una vez suprimido

el linaje de los Tang en 907, los príncipes feudales recuperaron sus

feudos y se inició una fase de anarquía y atomización del poder,

conocida como período «de las Cinco dinastías» o Wu Dai (907-978). La

nueva reunificación llevada a cabo por la dinastía Song (960-1279),

fundada en Kaifeng por Zhao Guangyin, se apoyó en una ideología

neoconfucianista marcadamente autoritaria que se plasmó en un rígido

despotismo imperial. Conquistados entre 963 y 979 todos los reinos

chinos -salvo el de Khitan de Pekín-, el nuevo emperador revalorizó

los valores tradicionales y dio un nuevo impulso al mandarinato. El

centro de gravedad del Imperio se estableció en las ciudades

comerciales del SE, en cuyo seno adquirieron cada vez mayor

notoriedad social los «capitalistas» de los gremios comerciales. Ya

en el s. XI, y en un contexto de crisis agrícola, el emperador Wang

Anshi (1021-1086) y sus consejeros «innovadores» intentaron aumentar

la producción del campo con una reducción de impuestos, pero esta

política reformista chocó con la oposición del mandarinato

conservador, defensor de los intereses de los grandes latifundistas.

Fue a lo largo de este siglo cuando tuvieron lugar grandes

descubrimientos como los de la pólvora, la brújula o el compás

magnético. Los Song no llevaron a cabo ninguna conquista en Asia; en

cambio, en 1126 las invasiones de tribus mogolas y tártaras, junto a

la creación del reino Kin, motivó el traslado de la capital desde

Kaifeng a Lin'an (actual Hangzhou), al S del Yangzi Jiang. En 1206 la

coalición de tribus turcomogolas bajo la égida de Gengis Kan marcó el

inicio de una etapa de terror sobre China: en 1215 Pekín quedó

arrasada; en 1233 Kaifeng fue tomada y en 1234 el reino Kin

desaparecía. Entre 1258-1279 se completó la ocupación de la China de

los Song, bajo el mando de Qubilay Kan, nieto de Gengis Kan, que

recibió en su corte a Marco Polo. De los mongoles a los manchúes.

En 1280 Qubilay Kan se proclamó emperador de China e instauró la

dinastía Yuan (1280-1368) en la nueva capital Khanbalik (actual

Pekín), lo que significó el primer triunfo de una estirpe extranjera

en China. El país se hallaba asolado por las guerras. La población

china había descendido de 100 millones a tan sólo 60 millones de

individuos. Se intentó reconstruir la economía con la recuperación de

las rutas comerciales (creación de una zona de libre cambio,

relanzamiento de la ruta de la seda a través del imperio mogol), la

reconstrucción del Gran Canal, el uso del papel moneda y la

legislación del Código de los Yuan, que favorecía a los más pobres;

pero fracasó y el hambre asoló el país, que terminó por sublevarse

(rebelión de los «Turbantes rojos», 1351) y acabó finalmente con la

dinastía mogol en 1368. La revuelta popular entronizó a Zhu

Yuanzhang, un campesino que, con el nombre de Hongwu, reinó entre

1368 y 1398, implantando un nuevo linaje, el Ming (1368-1644). En

prevención de nuevos ataques mogoles, se reconstruyó la Gran Muralla

y se trasladó la capital de Pekín a Nankín, más al S. El gobierno de

los Ming, y en especial el de su emperador Yongle (1403-1424) -quien

en 1409 devolvería la capitalidad a Pekín-, se caracterizó por la

corrupción, el lujo y la opulencia. Durante esta era, la ampliación

del funcionariado -ya no circunscrito tan sólo a la aristocracia

terrateniente- redundó de manera negativa sobre las clases populares,

que tuvieron que soportar mayores cargas fiscales. La agricultura

experimentó un renovado impulso gracias a una serie de medidas tales

como el establecimiento de graneros públicos, la asignación de

tierras a los soldados, la extensión de los regadíos y la

obligatoriedad del cultivo del algodón (1394). La riqueza del

comercio chino atrajo la atención de los piratas japoneses, cuyas

incursiones sobre las costas del E y del S se prolongaron hasta

finales del s. XV. Por otro lado, en las décadas iniciales del s. XVI

se registró la llegada de los primeros europeos (portugueses) y, algo

más tarde, se asistió a la fundación por primera vez de

establecimientos con carácter comercial (Macao, 1557). Años después,

durante el mandato de Wanli (1573-1620), fueron autorizadas

oficialmente las misiones extranjeras (Mateo Ricci, 1582). Al NE del

Imperio Ming se estableció en el s. XVII un potente reino manchú. Las

disensiones internas de los chinos facilitaron la penetración de los

manchúes: éstos ocuparon Pekín en 1644 y proclamaron una nueva

estirpe, la de los Qing (1644-1840), que fue reconocida en toda China

quince años más tarde. Uno de sus emperadores más célebres fue Kangxi

(1662-1722), impulsor de las letras, las ciencias (matemáticas,

cartografía) y las artes (reconstrucción de la ciudad imperial de

Pekín). A lo largo de su reinado, que fue uno de los más largos de la

historia china, el Imperio se equiparó técnicamente a Europa. Kangxi

emprendió una importante transformación del campo, expropiando

grandes propiedades y parcelando las tierras, y tuvo que afrontar

asimismo las revueltas internas de Cantón y del Yunnan. En el plano

exterior, ocupó la isla de Formosa (1683), impuso un protectorado

sobre Mongolia (1696) y Tibet (1720), y fijó las fronteras con el

imperio ruso (Tratado de Niérchinsk, 1689). El continuador de la obra

de Kiangxi fue Qianlong (1736-1796), que prosiguió la expansión hacia

Asia central y consiguió que su imperio igualara en extensión a los

de las épocas más gloriosas del pasado chino (dinastías Han y Tang):

desde el Himalaya a Siberia y del río Rojo al Pamir. Por otra parte,

favoreció la actividad mercantil con Europa (organizada desde el

puerto de Cantón: gremio Cohong), confiscó las grandes propiedades y

estimuló el reparto de tierras. Fomentó también la vida artística y

cultural. Sin embargo, tras estos dos grandes reinados, se inició la

etapa de decadencia Qing. A lo largo del s. XIX, China se encerró

sobre sí misma y se desfasó técnicamente con respecto a Europa, al

vivir ajena a la Revolución Industrial. En 1830 fueron expulsados los

últimos misioneros y en 1834 se produjo la primera intervención

británica contra las autoridades chinas, que ponían trabas al

comercio de la Compañía de las Indias Orientales (la cual ostentaba

el monopolio de la seda y el té chinos). Dicho episodio fue el

precedente de la «Guerra del opio» (1839-1842), a partir de la cual

la intromisión europea en los asuntos de Estado chinos se convertiría

en un fenómeno omnipresente hasta entrado el s. XX.Las injerencias

extranjeras. A lo largo de la segunda mitad del s. XIX se produjo la

expansión mundial de las potencias imperialistas occidentales. La

victoria británica en la «Guerra del opio» se tradujo en una serie de

ventajas comerciales, reflejadas en el Tratado de Nankín (1842):

cesión de Hong Kong como base naval y comercial, apertura al comercio

inglés de cinco puertos (Cantón, Shanghai, Ningbo, Amoy y Fuzhou),

regulación de los derechos de aduana (que no podían exceder de un 5 %

del valor), etc. Otros tratados similares se firmaron con EE UU y

Francia, con lo que China quedó desde entonces a merced de los

comerciantes foráneos. En 1851 Hong Xiuquan encabezó el movimiento

religioso Taiping («Paz celeste»): con el apoyo del campesinado

consiguió organizar un Estado independiente en el S, que se rebeló

contra los excesivos impuestos y los abusos de los extranjeros, y que

se extendió hacia Nankín (1853), donde situó su capital. En 1856

estalló la ÍI Guerra del opio», que concluyó con el Tratado de

Tianjin (1858). Pero la no ratificación de éste por parte de China

provocó una nueva intervención europea (incendio y saqueo del palacio

de verano de Pekín, 1860), que forzó la aceptación de nuevas

concesiones por el Tratado de Pekín: apertura de once nuevos puertos,

libertad de culto, independencia de los extranjeros respecto a la

legislación china, etc. Fue entonces cuando los occidentales se

decidieron finalmente a apoyar a Pekín en la sofocación del

movimiento Taiping (1860-1864), que había entorpecido notablemente la

actividad comercial. Durante el gobierno de la emperatriz Ci Xi -que

se inició de facto ya en 1861- se produjeron, por un lado, las

contundentes acciones represivas sobre el campesinado del N y sobre

los musulmanes del Yunnan y del Xinjiang, y, por otro, el conflicto

armado con Francia (1884-1885), cuyo prólogo fue la matanza de

Tianjin (1870) en la que perecieron el cónsul francés y diez

religiosas de la misma nacionalidad. En 1894, y como consecuencia de

los intentos chinos por restablecer su hegemonía en Corea, se desató

la guerra chino-japonesa. Con la firma, un año después, del Tratado

de Shimonoseki, se ponía fin al conflicto, en el que resultó vencedor

Japón, el cual obtuvo de China la isla de Formosa, las islas

Pescadores y, en un principio, la península de Liaodong (Port

Arthur). La intervención diplomática de los países occidentales

(temerosos del empuje que manifestaba la nueva potencia nipona)

propició que Liaodong fuese devuelta a China, pero en cambio la China

del litoral fue repartida entre aquéllos (1897-1898): para Alemania

la bahía de Jiaozhou, para Francia el área de influencia del Yunnan y

la bahía de Guangzhouwan, para Gran Bretaña la zona de influencia de

la cuenca del Yangzi Jiang y la cesión del puerto de Weihaiwei, y

para Rusia el arrendamiento de Port Arthur y la concesión del

ferrocarril transmanchuriano. En ese momento, el país, asolado por la

miseria y la corrupción, se convirtió en un mercado de feroz

competencia financiera y comercial. El mandarín Kang Youwei y un

grupo de letrados reformistas intentaron reaccionar ante la

situación, proponiendo al emperador Guangxu la «Reforma de los Cien

Días», necesaria para europeizar el país. Pero la emperatriz Ci Xi,

ayudada por el general Yuan Shikai, retomó el poder y abolió las

reformas, haciendo prisionero al propio emperador. En los años que

jalonan el cambio de siglo, se produjo un movimiento popular (los

bóxers) que desde Shandong lanzó una violenta campaña xenófoba,

saldada con el asesinato de varios misioneros y la destrucción de

propiedades extranjeras, y que llegó hasta las puertas de Pekín. La

ciudad, asediada, fue controlada por las potencias occidentales,

quienes impusieron una serie de sanciones al gobierno chino, cada vez

más sujeto a las directrices foráneas. Tras este violento episodio,

fue la propia Ci Xi la que encabezó, junto a Yuan Shikai, una reforma

de la enseñanza, el ejército y la administración, según patrones

occidentales. A la muerte de Ci Xi y de Guangxu (1908), Pu Yi fue

nombrado emperador con tan sólo tres años de edad, aunque el período

de regencia abierto desde entonces tan sólo duró tres años, puesto

que la dinastía Qing -la última familia real china- fue derrocada por

una revolución de signo burgués, entre 1911-1912.De la república

nacional al socialismo (1911-1949). El movimiento revolucionario,

iniciado a fines de 1911 por el Partido Nacional del Pueblo (o

Guomintang) y dirigido por Sun Yat-sen, se extendió desde Wuchang al

resto del país, favorecido por el clima de animadversión existente

con respecto a la dinastía manchú, que simbolizaba el servilismo

frente a los intereses foráneos en el país. El 29 de diciembre de

1911 Sun Yat-sen fue nombrado presidente de la recién creada

República y a comienzos de 1912 tuvo lugar la abdicación de Pu Yi, el

último emperador chino. Derrocada la monarquía, se imponía articular

la unidad nacional con la expulsión del colonialismo occidental y

modernizar el país con la instauración de un régimen democrático y

con el fomento del desarrollo económico y social. Pero Yuan Shikai -

el sucesor de Sun Yat-sen-, apoyado por los sectores más

conservadores de la sociedad, acabó por imponer un régimen dictatorial

que duró hasta su muerte (1916). Entonces, la anarquía y el desorden

se impusieron, sobre todo en el N, donde los «señores de la guerra»

(los dujun, como Zhang Zuolin, en Manchuria) se enzarzaron en

cruentas luchas por la hegemonía provincial, regionalizando el poder

y debilitando el papel del Estado. En el S, Sun Yat-sen rechazó el

régimen de los dujun y creó un gobierno republicano con capital en

Cantón (1918). Esta situación de conflictividad interna fue

especialmente perjudicial para el campesinado, aniquilado al paso de

los ejércitos, que saqueaban y cobraban onerosos impuestos en

beneficio de los nuevos amos provinciales. El 4 de mayo de 1919 tuvo

lugar la primera revolución cultural china, en la que un movimiento

estudiantil mostró su rechazo al nepotismo y a los valores

tradicionales de la sociedad. A principios de los años veinte se

produjo, por un lado, el surgimiento del Partido Comunista Chino

(1921) y, por otro lado, la reorganización del Guomintang (1923), el

cual se disgregaría pronto, al fallecer Sun Yat-sen (1925). Su sector

más moderado, cuya cabeza visible era Chang Kai-shek, rompió los

lazos diplomáticos con la URSS (1927), reorganizó la China del S (con

capital en Nankín) e inició la denominada «expedición hacia el

norte», de signo nacionalista, y caracterizada por la represión

sistemática contra los comunistas. El repliegue de éstos (guiados por

Mao Zedong y Zhou Enlai) hacia las montañas del Jiangxi y del Hunan

propició la impregnación del ideario comunista entre el campesinado,

ávido de una reforma agraria. Poco después de que Chang Kai-shek

llegara a Pekín (1928), se organizó una república soviética en el

Jiangxi, presidida por Mao Zedong, en el mismo año en que Japón

ocupaba Manchuria (1931). Pero, atacada por las fuerzas del

Guomintang, la república de Jiangxi tuvo que retirarse hacia Shensi

(la «Larga marcha», de 1934-1935). Desde 1936, y después de que su

jefe político, Chang Kai-shek, cayera en manos de las tropas

comunistas -quienes lo liberaron por orden de Stalin-, el partido del

Guomintang cesó en su ofensiva anticomunista, en un intento de aunar

esfuerzos frente a la seria amenaza nipona. En efecto, Japón -que

había penetrado por el N- llegó hasta Pekín en 1937, obligando al

gobierno nacionalista a retirarse, primero a Hankou y, una vez

ocupada ésta en 1938, a Chongqing. Pero la intervención japonesa en

la II Guerra Mundial (1941-1945) debilitó sus posiciones en China.

Una vez concluida aquélla con su derrota, comunistas y nacionalistas

chinos reanudaron la guerra civil. El triunfo final del comunismo dio

lugar a la instauración de la República Popular de China -proclamada

por Mao Zedong el 1 de octubre de 1949-, mientras que las fuerzas

nacionalistas de Chang Kai-shek se refugiaron en la isla de Formosa,

donde se constituyó el Gobierno de la China nacionalista (Taiwan).

Durante el período en el que China vivió bajo la influencia de Mao

Zedong se pueden distinguir tres etapas diferenciadas. En la primera

de ellas, que abarcaría desde 1949 hasta 1953, se consolidó el nuevo

régimen sobre la idea de una verdadera integración nacional, a partir

de un órgano político común a todos los partidos democráticos, la

«Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino». Ésta fue la

encargada de elaborar una legislación para los órganos

administrativos centrales y locales, organizar la nacionalización de

empresas, iniciar la reforma agraria y lanzar una serie de reformas

sociales y consignas morales básicas. En este sentido, cabe destacar

las campañas de las «tres anti» (corrupción, burocratismo y

despilfarro) y de las «cinco anti» (soborno, fraude fiscal, sabotaje,

robos de bienes estatales, consecución de forma ilegal de secretos de

Estado), del año 1952. La segunda etapa (1953-1965) estuvo marcada en

sus inicios -hasta finales de los años cincuenta- por la influencia

soviética. En el plano político quedó definida la estructura interna

del nuevo Estado socialista, a partir, básicamente, de la promulgación

de una nueva Constitución (1954), de carácter muy centralizado, a

imagen de su homónima soviética. A partir de ella se estableció una

asamblea única (Congreso Nacional del Pueblo), se concedió cierta

libertad religiosa y una autonomía parcial a las minorías nacionales

(«centralismo democrático»). Mao Zedong fue elegido presidente de la

República (1954-1959) y Zhou Enlai ocupó el cargo de primer ministro.

Paralelamente al proceso político se llevó a cabo la reconstrucción

económica del país, que, sobre la base de los planes quinquenales (el

primero de los cuales entró en vigor entre 1953-1957), otorgó

prioridad al sector industrial -y dentro de éste, a la industria

pesada- sobre el agrario. El fracaso de este modelo económico dio

paso a otras campañas, como las de las «Cien flores» (1956-1957), la

del «Gran salto adelante» (1958-1965) y la de las comunas populares.

En 1959 Liu Shaoqi sustituyó en la presidencia de la República a Mao,

quien desde entonces se dedicó por entero a su cargo de jefe del

Partido Comunista. En un contexto de crisis aguda, Liu Shaoqi dio un

vuelco a la política económica china, al acentuar la importancia del

sector agrario sobre el industrial (contrariamente al modelo

soviético). En el mismo año, China rompía sus relaciones con la URSS,

que le retiró su apoyo militar y técnico (1960), pese a lo cual China

pudo realizar su primera experiencia de explosión nuclear en 1964. La

última etapa (1965-1976) estuvo presidida por la «Revolución

cultural», que nació como una necesidad para mantener el impulso

revolucionario (idea de la «revolución permanente») y que quedó

plasmada en la Constitución de 1975. Sus defensores, pertenecientes

al bando doctrinario (Mao, Lin Biao y Chen Boda), recibieron el apoyo

de los «guardias rojos» y de la juventud china para hacer frente al

sector crítico (Liu Shaoqi y Peng Zhen, alcalde de Pekín), que sería

depurado tanto en sus círculos militares como políticos e

intelectuales. Tras el intento de golpe de estado y muerte de Lin

Biao (1971), Zhou Enlai emprendió, desde su puesto de primer

ministro, una política más moderada que buscó el apaciguamiento del

país, si bien tuvo que enfrentarse a los sectores más radicales (Jian

Qing, esposa de Mao, y los «jóvenes» de Shanghai) en el llamado

movimiento Pilin Pikong. En 1976, la muerte de Zhou Enlai abrió la

crisis política, agravada poco más tarde con el fallecimiento de Mao

Zedong. En política exterior, la China de Mao buscó la expansión e

influencia hacia el O: anexión del Tibet (1951), protección económica

sobre Bhután, intervención en Nepal (1960), guerra con la India

(1962). China fue base de apoyo para diversas revoluciones

socialistas en el Oriente asiático: intervención en Corea del Norte

(1950-1953), en Vietnam (1947-1954). En los años setenta mejoraron en

general las relaciones exteriores chinas, con una cierta apertura (

admisión en la ONU, 1971; mejora de las relaciones con EE UU y

Japón), aunque quedaron congeladas sus relaciones con la URSS -ya

deterioradas desde principios de los años sesenta-, llegándose,

incluso, al enfrentamiento fronterizo en 1969. Tras la desaparición

de Mao (1976), el lobby político se hallaba fragmentado en tres

tendencias: el ala adversaria de la política cultural (Deng

Xiaoping), la facción izquierdista de Shanghai y la coalición

dirigida por Hua Guofeng. Este último, sucesor dentro del partido de

Mao Zedong y de Zhou Enlai, fue quien detuvo en octubre de 1976 el

complot radical de la «Banda de los cuatro» (o grupo de Shanghai),

que fue encarcelada. Asimismo, fue quien impulsó la campaña de las

cuatro modernizaciones (agricultura, industria, defensa nacional y

ciencia y técnica), que preconizaba una apertura al exterior tanto

económica como cultural. El polémico juicio de este grupo radical,

que concluyó en enero de 1981 con la condena a muerte de Jian Qing -

conmutada dos años después por la de cadena perpetua-, significó el

inicio de la caída en desgracia de Hua Guofeng. Desde entonces, se

asistió a un proceso de progresiva «derechización» dentro del

partido. Éste, marcado por la influencia creciente de Deng Xiaoping y

por el ascenso político de antiguos «contrarrevolucionarios», lanzó

una dura campaña de descrédito hacia la obra de Mao Zedong

(«desmaoización») e, incluso, organizó una purga contra los maoístas

que habían estado en el poder en tiempos de la «Revolución cultural».

Paralelamente, el Gobierno liberalizó la Constitución (1983),

modernizó la economía (conversión de la economía rural de colectiva a

familiar; intento de instalación de una economía dual socialista-

capitalista, sobre todo, en el ámbito industrial), abrió el mercado

al capital extranjero y llevó a cabo una reforma dentro del sector

castrense. Desde 1986 la presión popular -en especial, desde el

movimiento estudiantil- en favor de la democracia fue en aumento a

medida que se constataba fehacientemente que la economía y la

política no seguían los mismos caminos ni ritmos de liberalización.

La intransigente respuesta del politburó chino alcanzó sus tintes más

violentos cuando en mayo de 1989 se produjo la matanza de la plaza de

Tiananmen de Pekín, en la que la represión militar acabó con la vida

de más de 5.000 estudiantes. Por otro lado, en política exterior, los

acontecimientos más significativos desde la muerte de Mao han sido el

enfrentamiento bélico con Vietnam (1979 y 1984), el aumento de las

relaciones diplomáticas y económicas con los países occidentales

(relaciones con EE UU, desde 1979; entrada en el Fondo Monetario

Internacional, en 1980) y con Japón (1975-1984). En este sentido, la

firma de un acuerdo con Gran Bretaña (1984) garantizó la devolución

de Hong Kong a China en 1997. En 1983 se firmó un pacto comercial con

la URSS, que sería ampliado en 1985, año éste en el que se llegó

también a un acuerdo de cooperación tecnológica con EE UU. En la

actualidad, la reivindicación china de la república autónoma de

Mongolia Interior y de la de los Buriatos -esta última, en Rusia-

puede generar conflictos regionales. El clima de buen entendimiento

con EE UU y los países occidentales, debilitado tras los

acontecimientos de Tiananmen, volvería a recuperarse progresivamente,

sobre todo después de la permisiva actitud china en la ONU ante las

iniciativas occidentales para expulsar a Iraq de Kuwait (1991). A la

muerte de Deng Xiaoping, acaecida en febrero de 1997, Jiang Zemin

mantenía la Jefatura del Estado, cargo al que accedió en marzo de

1993.



LIT. La historia literaria de China está marcada por la presencia

de dos tendencias, cuya prioridad varía según las épocas: una

tendencia moral, política, democrática, que tiende a favorecer un

estilo simple, ligada al confucianismo, y una tendencia esteticista y

aristocrática, inspirada en el espíritu taoísta. Durante más de 20

siglos, la literatura clásica china redujo su propio acervo a unos

moldes arcaizantes, gracias a los cuales fue capaz de mantener una

sorprendente estabilidad. Las primeras obras significativas son los

jing, obras clásicas o canónicas, que sirvieron de base en la

enseñanza y en las escuelas imperiales. Los clásicos más importantes

son: Shujing (del s. XI al VII a.J.C.), que incluye edictos y

discursos pronunciados por el soberano o por altos dignatarios;

Shijing, colección de canciones amorosas y de himnos religiosos

recogidos por Confucio; Yiling, manual de arte adivinatoria; Chunqiu,

primera crónica fechada, que abarca el período de 722 a 481 a.J.C., y

Liji, formulario de ritos y tradiciones religiosas. A estos cinco

clásicos se agregan los Cuatro libros: Lunyu, recopilación de

sentencias orales; Zhong-yong y Daxue, que versan sobre las virtudes

que distinguen al hombre superior, y Mengzi, alegato en favor de las

ideas de Confucio. Otros textos importantes de este período son la

obra filosófica Zhuangzi (s. III a.J.C.), de inspiración taoísta, y

la antología poética Elegías del país de Chu, que reúne poemas de Qu

Yuan, el poeta más famoso de la China antigua. La prosa china alcanzó

su madurez en la época de los Han, con importantes obras históricas,

entre las que cabe mencionar el monumental Shiji (Memorias históricas)

, de Sima Qian, fuente principal para el conocimiento de la historia

de China y de Extremo Oriente. Sin embargo, el género que mejor

representa este período es la prosa rítmica del fu, cuyo máximo

exponente es Sima Xiangru. Los mejores poetas de la época, durante la

cual apareció el verso pentasílabo, son Cao Cao, su hijo Cao Zhi,

«los siete sabios del bosque de los bambúes» y, sobre todo, Tao

Yuanming. Al período de las Seis dinastías corresponden los primeros

grandes teóricos de la literatura, en especial Liu Xie, con su obra

Wenxin diaolong. La era Tang fue una época de florecimiento cultural.

La poesía, que vivió un verdadera edad de oro, se caracteriza por el

verso regular y por la prosodia difícil y cuenta con una importante

pléyade de poetas, entre los cuales cabe citar a Li Bo, Du Fu, Bo

Juyi y Li Shangyin. Los prosistas más destacados son Han Yu y Liu

Zongyuan, creadores de la denominada «prosa antigua». La época Song

vio surgir el género enciclopédico, favorecido por la difusión de la

imprenta y por el alto nivel cultural alcanzado. Los eruditos más

notables fueron Ouyang Xiu (que dirigió la Nueva historia de los Tang

y la Nueva historia de las Cinco dinastías), Wang Anshi y Su Dongpo,

autor de caligramas, de pinturas, de prosas y de poesías. El período

Yuan es notable por el florecimiento de un nuevo género: el teatro,

cuyos antecedentes pueden buscarse en las danzas litúrgicas, en los

«relatos cantados» y en las pantomimas. El autor más fecundo y

versátil fue Guan Hanqing. La novela (histórica -Historia novelada de

los Tres reinos-, de aventuras -El viaje a Occidente- y costumbrista -

Jin Ping Mei-) y el teatro (La guitarra) son los géneros por

excelencia de la época Ming. Los escritores Qing, con anterioridad al

descubrimiento de la literatura occidental en el s. XIX, sólo

sobresalieron en el ámbito de la novela (El sueño en el pabellón rojo

) y del teatro, que, de modo paulatino, derivó hacia el estilo

popular de la llamada ópera de Pekín (jingxi). La introducción de los

estilos y de los temas occidentales conllevó la bipolarización de los

escritores en función de su aceptación o de su rechazo de los

influjos foráneos. Con la fundación de la República, la literatura se

abrió a la lengua viva, llamada baihua, por oposición a la clásica

muerta. Los principales defensores de esta innovación fueron Hu Shi

y, sobre todo, Lu Xun, fundador de la nueva literatura china, cuyos

importantes títulos (La verídica historia de Ah Q, El diario de un

loco) propiciaron la eclosión de los notables autores de la década de

los treinta: Mao Dun (Medianoche), Ba Jin (Familia), Lao She (El

muchacho del rickshaw), Yu Dafu, Ye Shengtao, Zhang Tinyi y Ding

Ling. El teatro de este período aportó la adaptación de las obras de

estilo occidental (La tormenta, de Cao Yu), que no llegaron, sin

embargo, a cuajar entre el gran público, adepto de la ya citada ópera

de Pekín. En la poesía de los años treinta se aprecia el influjo

francés (Dai Wangshu, Ai Qing), anglosajón (Xu Zhimo) y clásico (Wen

Yiduo). La ocupación japonesa supuso el desarrollo de una literatura

patriótica, de resistencia y edificante, sometida a las premisas del

realismo socialista y dirigida a las masas. Sus exponentes más

representativos son Ding Ling, Wang Shiwei y, sobre todo, Zhao Shuli (

Los cantos rítmicos de Li Youcai). Esta función ideológica de la

literatura, expuesta por Mao Zedong en su Discurso sobre las artes y

la literatura (1942), topó con la oposición de un amplio sector de

escritores; no obstante, la balanza, en especial a partir de 1949, no

tardó en inclinarse del lado del poder establecido y la literatura

entró en un claro período de estancamiento: ningún género quedó a

salvo de las rígidas imposiciones ideológicas y estéticas. La muerte

de Mao propició un tímido clima de apertura: la nueva literatura

oficial posibilitó el surgimiento de obras menos sometidas a las

exigencias de la Revolución cultural (cabe citar, por ejemplo, a Lin

Xinwu). Los últimos treinta años, sin embargo, no han visto el

surgimiento de figuras verdaderamente destacables.



ARTE. El arte chino es una síntesis de equilibrio, de mesura y de

sensibilidad. Estas características definitorias vienen impuestas por

un profundo humanismo y por una gran capacidad de plasmar lo esencial

con pocos medios y de una forma inmediata, sin recargamientos

estéticos superfluos. El arte chino adquiere contornos precisos a lo

largo del II milenio a.J.C., durante el cual las diferentes muestras

de las culturas neolíticas halladas en la cuenca del río Amarillo se

caracterizan principalmente por su cerámica, clasificada en tres

tipos: la de Yangshao, cerámica de arcilla roja cocida con

decoraciones simbólicas, la de Longshan, cerámica negra de superficie

pulida, y la de Xiaotun, menos labrada que las anteriores y de color

gris. Las mejores obras de la cerámica Yangshao iban destinadas al

culto funerario; en ellas y en la exquisita cerámica negra se

muestran las primeras expresiones del gran arte oriental. La

civilización del bronce tuvo su origen durante la dinastía Shang o

poco antes y se desarrolló en época de los Zhou. Los restos

conservados más representativos provienen de las excavaciones de

Zhengzhou, primera capital Shang, en el Henan, y de Anyang, segunda

capital Shang: abundante material funerario, caballos enjaezados,

carros, bronces (recipientes de usos rituales), esculturas (en mármol

y jade) e inscripciones adivinatorias (sobre hueso o caparazón de

tortuga). En el s. IX los Zhou extendieron la civilización del

bronce, sin grandes innovaciones técnicas ni formales, hacia el S

(valle del Yangzi Juang) y hacia el N (Mongolia); sus obras reflejan

un empobrecimiento decorativo y una pérdida de elegancia y de

equilibrio. Durante la época de los reinos combatientes, se

desarrolló una intensa actividad artística, caracterizada por la

renovación de las técnicas (en especial de la fundición y del

cincelado) y por el afán de lujo y de ornato (bronces, jades,

cerámicas, pinturas sobre seda), apreciables en la tumba de la

marquesa Tai; a este período corresponden los primeros tramos de la

Gran Muralla, pronto unidos por Qin Shi Huangdi, cuya sepultura,

descubierta en 1974, está custodiada por 6.400 figuras de soldados de

tamaño natural. El arte de los Han es esencialmente funerario: las

tumbas, que reproducían la morada terrestre del difunto, aparecen

repletas de objetos mobiliarios y decorativos en los más variados

materiales (madera, metal, terracota, laca, etc.); el mejor de los

ejemplos es la tumba del príncipe Liu Sheng y de su esposa Dou Wan,

descubierta en el Hebei en 1968. Durante este período se elaboró una

nueva técnica cerámica (la de las protoporcelanas, gres pardo,

oliváceo o amarillento cocido a alta temperatura) y las estatuas

monumentales de animales comenzaron a preceder las sepulturas. La

caída de los Han supuso la desmembración del imperio. En el S, se

desarrolló una importante tarea pictórica, cuyas técnicas se reflejan

en lafloración de esculturas y de santuarios, influidos por las

tendencias del Asia Central, entre los cuales cabe citar los de

Yungang y de Longmen. Las obras más notables del período Sui son el

Gran Canal y dos nuevas capitales, en las que se aprecian nuevas

concepciones urbanísticas: Chang'an y Luoyang, en la primera de las

cuales se establecieron los Tang, durante cuyo reinado China vivió

una importante actividad artística; los frutos más notables de este

período son las figuras monumentales, los frescos de Dunhuang, los

paisajes de Wang Wei, Wu Daozi, Li Sixun y Li Zhaodao y el

extraordinario desarrollo de las artes decorativas (en especial de la

orfebrería, de la joyería y de la cerámica). Las cortes locales de la

época Song continuaron siendo activos centros pictóricos; los

pintores más destacados del período fueron, en el s. X, Jing Hao,

Dong Yuan, Li Cheng, Fan Kuan; en el s. XI, Xu Daoning, Guo Xi y,

sobre todo, Li Tang, cuyo impresionismo paisajístico y decorativo es

el antecedente de la corriente lírica de Ma Yuan y Xia Gui en el s.

XIII. La producción cerámica Song, refinada y de gran perfección

técnica, se centró en el Hebei, Henan y Shaanxi, con el desarrollo de

las porcelanas blancas, del craquelé, de la decoración floral, de los

esmaltes y de los celadones. La dinastía Yuan no aportó grandes

innovaciones al arte chino, excepto en el campo de la pintura,

caracterizada por un arcaísmo deliberado y por una gran economía de

medios (Qian Xuan, Zhao Mengfu, Wu Zhen, Huang Gongwang, Ni Zan y

Wang Meng) y de la cerámica (llegada del azul de cobalto, procedente

de Irán). El establecimiento de los Ming en Pekín supuso el

desarrollo y el embellecimiento de la ciudad (Ciudad Prohibida,

palacio de verano, Altar del Cielo). Este período constituye la edad

de oro de los jardines particulares (destacan los de Pekín, Yangzhou,

Nankín, Suzhou y Hangzhou). La pintura siguió un estilo ecléctico de

gran perfección técnica; se aprecian dos tendencias: la heredada del

paisajismo Yuan (Shen Zhou, Wen Zengming) y la seguidora de los

líricos Song. Las artes menores experimentaron también un notable

desarrollo (alcanzaron su apogeo la técnica cerámica de los blancos y

de los azules, la alfarería arquitectónica y el mobiliario de madera

dura). La pintura de la época Qing, inspirada en los maestros

antiguos, alcanzó una gran maestría técnica, palpable en las obras de

los «cuatro Wang» (Wang Shimin, Wang Jian, Wang Hui y Wang Yuanqi),

Bada Shanren, Shi Tao, Kun Can, Hongren y Gong Xian, cuyas

aportaciones culminaron, en el s. XVIII, en la exuberancia plástica

de los «ocho excéntricos de Yangzhou». Las artes decorativas, antes

de entrar en un período de decadencia, alcanzaron un último destello

de grandeza bajo el reinado de Kangxi. En el campo de las artes

menores, se registró un considerable aumento de la producción de

esmaltes alveolados, cuyas formas y gama de colores se enriquecieron,

no así la decoración floral, reiterativa y poco espontánea; otras

aportaciones importantes fueron el desarrollo de la técnica del

esmalte pintado, introducida hacia 1710, y del trabajo del jade y del

marfil, materiales que conocieron una revitalización formal y

técnica, a menudo excesivamente virtuosa. Durante el s. XX, las artes

menores se siguieron cultivando en China, en particular a raíz de la

reapertura al turismo. La pintura contó con una primera mitad de

siglo diversa en tendencias y artistas: pervivieron tendencias

tradicionales (Huang Binhong, Pu Xinyu) junto a influjos occidentales

(Xu Beihong, llamado Jupeon). Se recuperó también el interés por la

estampa y por el grabado sobre madera (Luxun, Zheng Zhenduo) y hacia

fines de los años cincuenta se desarrolló un arte campesino, marcado

por los planteamientos ideológicos del realismo socialista.



DiegoyGabriel@aol.com